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vals para hormigas / OPINIÓN

Veinte días de trabajo

29/05/2019 - 

Mi amigo Alfonso es poeta. Es más cosas, pero sobre todo, poeta. Su labor consiste en demoler a versos todos los muros que la vida le pone por delante. Que no son pocos. Publica como escribe, a dentelladas, a remonte de río, desde los callejones oscuros de su día a día, como quien no sabe dictar una sola excusa. Imprime sus textos con sus propios medios, incesante, hasta que alguien lo remedie. Pero no para de escribir. Nunca. La idea es no dejar que la vida le gobierne. Sabe que ni siquiera la rutina tiene la coraza suficiente para resistir un ataque nuclear, mucho menos el coraje de quien cuenta sus historias a parrafadas, con las vísceras y el objetivo de no dejar de respirar mientras haya un bolígrafo y un cuaderno a mano. He pensado mucho en él estos días, los de interregno electoral. Esos días en los que la mayoría de los políticos están tejiendo pactos con las segundas partes contratantes. Esos días que, en muchas ocasiones, son lo único que se escapa de la rutina de cuatro años a la que se ven abocados los que buscan algo más en las cajoneras de los despachos oficiales. Casi siempre, otro despacho oficial. Para Alfonso, todos los días hay que respirar.

Quedan en torno a veinte jornadas de sembrado y vendimia de acuerdos hasta que se constituyan los ayuntamientos. A uno le da por pensar en los dos candidatos más votados de Alicante, Luis Barcala y Paco Sanguino. Lector y poeta, respectivamente, dos oficios que se parecen bastante porque solo están separados por el fino tabique de una página. Tienen apenas tres semanas para controlar los nervios y la angustia, para saber el cargo que deben poner en las tarjetas de visita y para medirse los zaragüells, por si acaso les toca representar a la ciudad durante las mascletás. Barcala dispone de veinte días para sabotear todos los movimientos que se generen fuera de su ámbito de actuación; Sanguino los tiene para conjurar tormentas que rompan la encalmada desde las sedes nacionales de PSOE  y Ciudadanos. Todo puede pasar, uno está en un oficio que consiste en contar cada día lo que no sucede todos los días. Los cuatro años restantes serán, previsiblemente, un soneto de réplicas y contrarréplicas. En Alicante o allá donde premien al futuro perdedor.

No todos son así. Ni todos los poetas ni todos los políticos. He hablado últimamente con dos alcaldes elegidos por sus conciudadanos en municipios muy pequeños de la provincia de Alicante. No necesitan pactos, han avasallado en sus respectivas localidades. Y los dos me han contado lo mismo. Que no han parado desde la primera vez que se hicieron con la vara de mando. Que han aprendido oficios a los que no tenían previsto echar ni un ojo, como fontanería o encofrado de materiales. Uno de ellos, incluso, puede poner en su currículo que tiene conocimientos básicos de enterrador. Ambos coinciden que su trabajo consiste en escuchar a sus vecinos y atender sus necesidades. Todos los días, todo el día. También en las calles de un pueblo tranquilo puede a uno asaltarle la sorpresa de que la vida no se detiene, hasta en plena siesta. También en un pueblo tranquilo puede arrinconarte la certeza. Pero hay vocaciones de servicio que encuentran una rima en un bancal de cerezos y un cigarro al atardecer. Y contra eso no hay angustia que valga.

@Faroimpostor

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