Cultura

CRÍTICA TEATRAL

La importancia de lo pretérito

  • Yo solo quiero irme a Francia
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ALICANTE. ¿Existe la posibilidad de vivir un auténtico reencuentro con el pasado y perdonarse con él? ¿Es posible ponerle palabras a toda una cadena de silencios, arrastrada por generaciones y generaciones de una misma familia? Estos interrogantes, cercanos, en mayor o menor medida, a cada uno de los espectadores, fueron los que sobrevolaron el Teatro Principal este pasado viernes, 27 de febrero. La causante fue Yo solo quiero irme a Francia, una de las últimas apuestas teatrales de Contraproducións.

Escrita y dirigida por la popular actriz Elisabeth Larena, la obra presenta un prometedor punto de partida. En un velatorio celebrado en una casa de pueblo, aún habitada por el espectro de la recientemente fallecida Pilar, terminan por coincidir, de una forma del todo inesperada, dos jóvenes: Leo, la nieta de la hosca anciana, e Inés, que, sin tener la más remota idea de la historia de aquella casa y las mujeres que la habitaron, se ve convertida en su heredera. Así, lo que comienza como una extraña herencia de tipo material termina transformándose en una compleja herencia emocional. Unidas por el pasado, que regresa preñado de una infinidad de preguntas y respuestas, las chicas se sumergen en una memoria que, hasta entonces, había permanecido completamente silenciada. Las heridas causadas por la Guerra Civil o los años vividos por la propia Pilar en la Sección Femenina son algunos de los hilos que Inés y Leo emplean a la hora de llevar a cabo la ardua pero reparadora tarea que implica retejer una genealogía.

Una carga emotiva de este calibre ha de verse correspondida por unas interpretaciones que estén a la altura. En este sentido, no puede ser más acertada la elección de la tétrada de actrices que da vida a esta intrincada sociedad matriarcal: María Galiana, Nieve de Medina, Anna Mayo y Alicia Armenteros. Realmente, el trabajo de las cuatro intérpretes queda ejecutado con una gran sensibilidad, que brilla, eso sí, con una intensidad algo mayor en lo que respecta a la labor realizada por Galiana, recibida con una ovación por parte del público nada más poner los pies sobre el escenario. Y es que, si la actriz ya cuenta con esta presencia inconfundible a los ojos de sus espectadores, en el caso de este nuevo trabajo, a aquella se le añade una actuación dignamente cimentada. De este modo, Galiana es capaz de encarnar al personaje más espinoso de la obra: Pilar, que, como mujer de ayer, es la mayor encerradora de unos duros secretos que llegan a determinar el destino de las mujeres de hoy.

Como otras aportaciones resaltables, pueden destacarse las de Fernando Bernués —escenografía—, Nacho Martín —iluminación— y Ana Turrillas —vestuario—. Con todo esto, mención aparte merece la ya referida labor doble que lleva a cabo Elisabeth Larena: dirección y dramaturgia. Si bien en el que es su debut como directora la bilbaína también demuestra poseer unas buenas facultades, por esta vez, es en su faceta de dramaturga donde Larena hace gala de una mayor personalidad: en buena parte, Yo solo quiero irme a Francia emociona por ser un texto enternecedor, fresco, conciliador y, sobre todo, recordativo; capaz de hacer recordar a los espectadores la importancia de lo pretérito, la importancia de darles voz a las más silenciadas realidades del pasado, que, con el legítimo otorgamiento de unas pocas palabras, pueden clarificar tantas y tantas realidades del presente.

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