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vals para hormigas / OPINIÓN

Ingenuidad con bombín

8/03/2017 - 

Cada año pasa lo mismo. Durante la velada posterior a la entrega del Premio Azorín de Novela, alguien me pregunta por la limpieza de los galardones literarios. Generalmente, ante el hastío que provoca que se suceda en el palmarés una serie de nombres que traen el eco ronco y largo de la editorial Planeta, coorganizadora de la cosa. Da la impresión de que conservamos la ingenuidad de los concursos radiofónicos en los que con una simple llamada y con una sencilla respuesta, podías llevarte a casa la Magefesa con la que siempre habías soñado. Y no. El medallero de las letras casi nunca surge de una competición, sino de un negocio. Nadie debería pensar que la mayor empresa editorial en castellano es capaz de invertir tan grandes cantidades de dinero en productos que no les vayan a generar beneficios. O, como poco, que carezcan de la coraza suficiente para absorber el impacto de un fracaso de ventas. Si no ha caído el artificio de los certámenes, si continúa la tramoya y el suspense, es, en mi opinión, porque en el fondo las empresas saben que entre los manuscritos que les pueden llegar siempre habrá algo interesante que puedan utilizar más adelante. De otra manera, no se entiende que los premios literarios se sigan celebrando como un truco de gran prestidigitador hasta que se abre la plica. Y todo se desmorona.

La cuestión en el caso del Azorín es que el dinero que se invierte pertenece a la Diputación de Alicante. Es decir, proviene de nuestros impuestos. Y no sé hasta que punto tiene gracia que el certamen dedicado al autor de un ensayo titulado Los valores literarios se dedique, como en la última edición, a rescatar a una autora de la casa con un considerable impacto mediático y una cada vez menor repercusión en las librerías. Y, además, con una novela histórica (otra) que coincide con el aniversario de turno. Si hace dos años Fernando Delgado triunfó con una historia sobre Santa Teresa en plena celebración de su quinto centenario, esta vez Espido Freire ha tenido a punto un texto sobre los Romanov, justo un siglo después de la Revolución Rusa. Siempre es igual. Todo está demasiado empaquetado, con el lazo demasiado cuidado y la dirección demasiado correctamente apuntada como para pensar que se trata de una sorpresa sin premeditación.

A mí, personalmente, me da lo mismo. Los premios que concede Planeta (como los de la mayoría de las grandes editoriales) son como las cadenas de televisión. No hay más que hacer zapping hacia otras propuestas más interesantes. Además, creo que en la literatura, como en el cine o la música, hacen falta las plusvalías de las superproducciones para que existan los proyectos minoritarios e independientes. Pero otra de las frases que se repite cada año durante la gala es que el certamen honra al escritor que le da nombre. E imagino que a algún lector de Azorín se le deben de abrir las carnes al ver que se han reducido los rasgos azorinianos al uso de un bombín. Igual habría que aprovechar la convocatoria de la vigésimo quinta edición (el año que viene) para apretar las tuercas de un galardón que ya no produce más que bostezos. La Diputación podría proponer que los 45.000 euros de premio se destinaran a autores menores de 35 años, por ejemplo, ya que Azorín comenzó a publicar cuando apenas cruzaba la veintena. O a textos con base de investigación más apegada a la realidad actual, ya que fue periodista. O, simplemente, a autores incapaces de hilar más de dos oraciones subordinadas, ya que fue un virtuoso de la sencillez, ese estilo tan complejo. El escritor monovero supo enamorarse del cine después de haberlo criticado agriamente en sus inicios. Quizá también Planeta pueda aceptar algunos riesgos ahora que el galardón está consolidado. Aunque, seguramente, pensar así sea más ingenuo que lo de la Magefesa.

@Faroimpostor

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