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análisis ap - balance del mandato de luis barcala tras la dimisión de gabriel echávarri

El año del PP: la oportunidad de 'los números'; la duda de si 'los números' bastarán

19/04/2019 - 

ALICANTE. El Partido Popular (PP) cumple hoy un año de gobierno en el Ayuntamiento de Alicante en el que ha gestionado con solo 8 concejales en una corporación de 29 ediles. Su candidato, Luis Barcala, se convirtió en alcalde como aspirante de la lista más votada en las municipales de 2015, después de que ningún partido con representación política sumase los 15 votos que resultaban necesarios para que su alcaldable fuese investido por mayoría absoluta, tras la dimisión del socialista Gabriel Echávarri

La historia ya está escrita: tras meses de controversias que condujeron a la ruptura del tripartito (PSOE, Guanyar y Compromís), Echávarri se vio forzado a renunciar al cargo (también al acta de concejal) al verse abocado a juicio por dos asuntos distintos, el caso Comercio (que se juzgará entre septiembre y octubre) y el caso despido (en enero de 2020). Pese a la defensa de la presunción de inocencia y de semanas de resistencia, el PSPV y el propio Echávarri convinieron que debía dar un paso a un lado para no perjudicar a la marca.

A partir de ahí, el plante de Ciudadanos (Cs), que votó a su propia candidata, Yaneth Giraldo, y el giro hacia el transfuguismo de la exedil de Guanyar, Nerea Belmonte, hicieron el resto. A la postre, su abstención -tres años después de haber votado a favor de la investidura de Echávarri- precipitó la toma de posesión de Barcala y brindó al PP una oportunidad tan atractiva como arriesgada: un año de mandato antes de la ahora inminente cita con las urnas del próximo 26 de mayo.

¿En qué se ha empleado ese año? A grandes rasgos, la acción más evidente ha sido la del manejo de los números. Los populares han tratado de exprimir el recurso hasta cierto punto más rápido que tenían a su alcance: optimizar los balances económicos de los que disponían a su llegada al poder, tras la labor emprendida por sus predecesores en la senda de la cancelación de deuda durante tres años seguidos (en parte, por no haber ejecutado por completo sus propios presupuestos). 

Así, pese a que la premisa inicial era mantener una línea continuista para no perder tiempo y esfuerzos en una hipotética corrección del rumbo, el PP ha impulsado hasta tres cambios sobre el presupuesto de 2018 elaborado por el PSOE. Todo con tres objetivos básicos que se han acabado consiguiendo: la cancelación del llamado Plan de Ajuste que exponía al Ayuntamiento al control del Ministerio de Hacienda; la reforma fiscal, con una rebaja lineal del IBI del 5%, además de bonificaciones para la instalación de empresas; y la aprobación de un presupuesto propio para este ejercicio 2019, con 18 millones en inversiones (8 más que en los años precedentes, precisamente por los límites que imponía el Plan de Ajuste) y el compromiso de impulsar otro listado de obras por valor de 50 millones más.

En esos proyectos a los que se consigue dotar de financiación (o se les compromete), en parte, también se ha sacado rédito del trabajo de redacción, planificación y elaboración de pliegos ya heredado, como el tripartito también pudo aprovechar la labor desarrollada en el mandato precedente por el PP.

Además, es cierto que todos esos acuerdos han sido posibles con el concierto (por acción o, en este caso, por abstención) del resto de grupos de la oposición, a los que se ha expuesto ante la tesitura de tener que retratarse: podían haber impedido su aprobación con su voto en contra (como de hecho, hizo el PSOE, tras expresar su falta de confianza en el PP), pero han acabado permitiendo que se aprobasen con el argumento de la responsabilidad y la lealtad institucional.

Y no es menos cierto que la mayoría de esas inversiones quedan en manos de la próxima corporación y del próximo equipo de Gobierno. Es decir, el PP llega a las municipales con el trabajo político y administrativo preparado, pero no ejecutado. Es más, algunas de esas actuaciones posiblemente quedarán aplazadas hasta el próximo presupuesto, ya que, el nuevo Gobierno tomará posesión en junio y apenas tendrá cinco meses para cumplir las previsiones incorporadas en esa planificación económica.

Al margen del manejo de la contabilidad, ha habido intentos de mejorar la prestación de algunos servicios, como el que atañe al controvertido contrato de la limpieza viaria y recogida de la basura. Sin embargo, pese a la reorganización de las dinámicas de trabajo, la coordinación de las programaciones, los refuerzos puntuales en algunas zonas de especial tránsito y el aumento de la inspección municipal, nadie puede asegurar a ciencia cierta que se haya producido un avance radical con resultados acreditados. Entre otras cosas, porque ni siquiera se ha llevado a cabo la manida evaluación (la llamada erróneamente auditoría, no económica) de la prestación y cumplimiento del contrato que se viene anunciando desde la etapa del extinto tripartito.

Sí se ha dado carpetazo a los episodios de enfrentamiento y disputa interna que lastraron la gestión PSOE, Guanyar y Compromís, aunque también han estallado episodios de controversia como los protagonizados por algunos de los asesores municipales: los casos de Miguel Ángel Redondo, un conocido de la exedil del PP, Elsa Martínez, y de Nerea Belmonte (con investigación en Fiscalía de por medio, ahora ya archivada), y el de Jorge Crespo, que optó a un contrato municipal a través de una de sus empresas e incurrió en un supuesto de incompatibilidad. Ambos, eso sí, fueron destituidos con rapidez.

Los populares también han reorganizado el sistema de trabajo en la Concejalía de Urbanismo tras situar a un nuevo jefe técnico al frente del departamento. Y aunque han decaído las quejas públicas sobre la demora en la concesión de licencias entre los promotores, no existe todavía dato objetivo y contrastado conocido sobre si se ha reducido o no el tiempo de tramitación de las solicitudes respecto a la etapa del tripartito. Además, pese al trabajo interno, tampoco se han registrado avances visibles sobre la tramitación del nuevo Plan General (el actual es de 1987), entre otros motivos porque en un año resultaba materialmente imposible. Al menos, si lo que se pretendía era deshacer el trabajo heredado, fuese el que fuese (el catálogo de protecciones sí estaba elaborado, aunque fue rechazado antes de la llegada del PP a la Alcaldía).

Poco se ha cumplido por lo que respecta a la normalización de los procesos de diálogo en busca del consenso a través de la Junta de Portavoces. Dicho órgano no se ha reunido semanalmente, como se había llegado a anunciar, y básicamente, los procesos de negociación se han limitado a cuestiones contables. Además, al margen de la modificación de los planes especiales del Centro Tradicional y Casco Antiguo, no se ha aprobado ninguna regulación adicional sobre el ocio, como la ordenanza del ruido, también comprometida. Se trata de un proyecto que está sobre la mesa, pero que no se ha debatido en pleno. 

Por último, en el debe figura la resolución del futuro de las grandes contratas municipales: al margen de la discutida prestación de la limpieza viaria, no se ha despejado la licitación del contrato del transporte público (cuya vigencia expira en junio); tampoco se ha zanjado la polémica sobre la contrata de limpieza de colegios y edificios públicos municipales, y la única gran licitación que se ha lanzado en este año -la de mantenimiento de zonas verdes, por 22 millones- acaba de quedar anulada por el Tribunal Central de Recursos Administrativos, dependiente del Ministerio de Hacienda, tras la impugnación de la asociación de empresas del sector.

En el plano institucional, en cierto modo se ha emulado la postura defendida desde la Diputación Provincial en defensa de las posiciones de Alicante frente a la gestión y las propuestas de otras administraciones de otro color político. En algunos episodios, el motivo de la confrontación ha llegado a rayar el absurdo, como las reticencias a la entrada del Consell en la comunidad de bienes del Teatro Principal.

Ahora bien, lo que está por ver es si todo ese balance puede resultar suficiente para que la candidatura del PP pueda mantener el poder tras las municipales del 26 de mayo. En el seno del partido se trabaja con la hipótesis de que se alcancen al menos los diez concejales, dos más que en 2015. Pero lo cierto es que la competición electoral se augura reñida y, además, va a estar más contaminada que nunca por los resultados de las generales y autonómicas del 28 de abril.

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