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socialmente inquieto / OPINIÓN

Los gansos del Capitolio

21/09/2020 - 

Se abre el telón. Todo el público en silencio en el patio de butacas, en los palcos, en el anfiteatro, en el gallinero. Expectantes. Esperando la aparición de los actores. Tanta atención, a veces tanta tensión, se rompe con las primeras palabras de quienes empiezan la obra. Todo sobre el escenario. Imaginación, talento, sabiduría, humor, interpretación, …

“Los alicantinos que hemos vivido el teatro como espectadores, siempre hemos tenido la impresión de que en nuestra ciudad hay mucha afición teatral”, así se expresaba Pedro Romero Ponce cuando era presidente del Patronato Municipal de Cultura de Alicante. Y añadía que el “veneno por el teatro que se vive en Alicante es superior al de otras ciudades”. Efectivamente, la afición era y es mucha. Vean.

Esta vez sitúese en la primera década del siglo XX en Alicante. En aquellos años una de las actividades de ocio más importantes en la ciudad era el teatro. A principios de siglo estaba en plena transformación. “El tránsito del siglo XIX al XX implica cambios en la estética general y en la del teatro en particular”, en palabras del cronista Vicente Ramos, y añade que “en el complejo mundo del modernismo, al penetrar en los ámbitos ideológico, religioso, literario y musical, se hace igualmente ostensible en los gustos teatrales, provocando un predominio de lo sentimental que ocasionó el declive del hasta ahora victorioso género chico, que tuvo que ir dando paso a la revista y al cuplé”.

Además del Teatro Principal, el coliseo más importante de la ciudad, fueron muchas las salas donde se podía disfrutar de representaciones teatrales en Alicante: las del teatro Circo, el Ramón de Campoamor, Calderón de la Barca, Recreo Alicantino, de Verano, etc.

El teatro era un espectáculo popular. En 1901, la entrada por persona era de 0,60 a 1 pesetas según la Compañía del cartel. Con la de María Guerrero, esta entrada tenía el precio de 1 peseta, y llenaba. Con la representación de la ópera Tosca por la Compañía Arturo Baratta, esta entrada fue de 1,25 pesetas (1903). En cambio, los palcos principal y plateas, el precio sin entrada oscilaba entre 20 a 31 pesetas.

Las obras de teatro de aquella época tienen que ser interpretadas en su contexto, lo que entonces pudiera ser gracioso hoy puede ser irreverente. A su vez, tenían personajes característicos que se convirtieron en tópicos cotidianos de la escena. El señorito de pueblo, altanero, pero que solía salir “trasquilado” al terminar la obra, lo que para algunos espectadores despertaba sentimientos de lástima.  El tímido, enamorado de una mujer, no era capaz de manifestárselo. No podía faltar el chulo, el que vive del valor que le dan sus secuaces, valiente, atrevido, que parece que todo lo puede, pero no puede nada cuando se enfrenta a la realidad. El hortera y cursi dependiente de comercio. La dueña de la casa de huéspedes méteme en todo, rácana, incluso arisca con sus huéspedes, generando conflictos. El estudiante desplazado, vago, golfo, juerguista, mentiroso, que vive de familiares y amigos. Todos ellos eran reflejo de una sociedad que iba al teatro a divertirse, a pasar un buen rato.

El siglo XX se inicia en el Teatro Principal con la zarzuela Don Lucas del Cigarral, con texto de Tomás Luceño y Carlos Fernández Shaw, y música de Amadeo Vives. Fue representada del 12 al 25 de enero de 1900 por la agrupación de Ricardo Sendra y Lucio Delgado. El afamado primer actor Ventura de la Vega, con su cuadro lírico, en el que destacaba Filomena García, actuaron en el Teatro Principal del 1 al 19 de marzo, estrenando con gran éxito La Cara de Dios, drama lírico de los dramaturgo y músico alicantinos Carlos Arniches y Ruperto Chapí respectivamente. Y un largo etc de obras y representaciones en este y en los años venideros, como les dejo cuenta de algunos de ellas en este escrito.

El interés de los espectadores era grande, aunque pesaba mucho el contenido ideológico de la obra. Esto condicionaba que se llenara o no el teatro. Así, “el sábado 26 del pasado mes de octubre – menciona el periódico alicantino El Independiente el 15 de noviembre de 1907 – abrió sus puertas el decano de nuestros coliseos, debutando la Compañía dramática dirigida por Enrique Araixa. Como siempre ocurre en este teatro, la gente de palcos y de butacas se halla retraída, siendo el pueblo, la clase media y la obrera, la que asiste a las funciones”. En otra noticia, el mismo periódico manifiesta que “en la semana que acaba de finalizar ha continuado la Compañía que dirige el primer actor, señor Araixa, poniendo en escena obras sumamente sugestivas tales como “La catedral”, “Los niños del hospicio”, “La mujer adúltera”, …. A pesar de estos y de grandes esfuerzos, toda la Compañía interpretándolas bastante bien, el público de palcos y butacas ha contribuido en su inexplicable retraimiento. Si las obras puestas en escena desde el principio de la temporada hubiesen sido los Autos Sacramentales de Calderón de la Barca u otras obras por el estilo, no hay duda que hubiera acudido cierta clase de gente, pero con obras con resabios democráticos y hasta anticlericales, … ¡Vade retro!” (24.09.1910).  

El comportamiento de los espectadores en el teatro era ejemplar salvo los de siempre, entre los que estaba el gracioso, el follonero o el gamberro que - acompañado de su cuadrilla – llamaba la atención de una manera o de otra. En los teatros de aquella época los hubo muy ruidosos, reflejado en la prensa alicantina, como aquél 4 de marzo de 1901 durante una representación de la Compañía de Pablo Gorgé en el que el periódico El Noticiero manifestaba “¿si no se podía hacer comprender a esos genízaros de las galerías altas que se entretienen en disparar proyectiles de papel sobre las butacas lo inconveniente de tal distracción? Porque allí arriba siempre hay varios agentes de la autoridad y si no están para evitar tales molestias a los espectadores y bromas tan poco cultas, ¿cuál es su misión en la tierra?”. Ya ven que en todos sitios cuecen habas, sea de la época que sea. Es cierto que hay gente para todo, pero esas actitudes en una representación teatral no pasan de ser una actitud pueril.

Las representaciones teatrales en Alicante fueron clasificadas como cotidianas, extraordinarias, de beneficio y las de Caridad. Entre las primeras, permitan que les cite “María Estuardo”, de Schiller, versión de Félix G. Llana y José Francos Rodríguez, interpretada por un importante elenco de artistas entre los que destacaba María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza (31 de enero de 1901). Entre las extraordinarias, les citaré dos, la representada el 1 de mayo de 1902 en la que se homenajeó a los jefes y oficiales del acorazado Pelayo que estaba fondeado en el puerto de Alicante, en la que la Compañía de Francisco García Ortega representó la obra “La Gobernadora”, de Jacinto Benavente; y la ocurrida con gran revuelo y asistencia del todo Alicante, con el Teatro Principal a rebosar de gente, por la presencia del Rey Alfonso XIII, en la representación de la obra “Las flores”, de los Hermanos Quintero (14 de abril de 1905). Al final de la temporada se solían hacer funciones de reconocimiento de los actores o actrices principales de las Compañías de teatro, así como funciones “a beneficio” del público con la finalidad de atraerlo al teatro con entradas más económicas.

Por su parte existieron las llamadas representaciones de caridad, como la que se hizo el 2 de marzo de 1903  “a favor de las Sociedades Obreras y al honrado pueblo de Alicante” participando artistas de varietés de la Compañía de Gabriel Aragón; o la del 6 de junio de 1908 en la que “jóvenes de la buena sociedad alicantina” hicieron una función para recaudar fondos a favor de familias sin recursos, interpretando Los gansos del Capitolio, de Emilio Mario (hijo) y Domingo de Santoval;  así como la del 16 de agosto de 1908 en que la Compañía dirigida por Emilio Duval representó en el Teatro Circo una función a favor de las familias de los reservistas heridos o muertos durante la guerra de Melilla. Participó la banda de música del Regimiento de la Princesa, el Orfeón de Alicante y la banda “la wagneriana”, poniendo en escena La viejecita con texto de Miguel Echegaray y música del compositor Manuel Fernandez Caballero, y El fonógrafo ambulante con texto de Juan González y música de Ruperto Chapí.

Ya ven que no se aburrían, fue una época muy fructífera en contenidos de entretenimiento con importantes Compañías para representar obras para todos los gustos.

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