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COSAS QUE DEBERÍAN VOLVER… O NO

Mel Brooks presenta… Christopher Cross y Supertramp

4/02/2019 - 

ALICANTE. Esta sección se podría haber titulado Regreso al futuro… ¿pa qué? o Educación cultural sentimentaloide para millennials y especies añejas de memoria débil, pero al final se ha optado por el mucho más políticamente correcto y poético Cosas que deberían volver… o no. En una realidad de cinismo incontestable, pretendemos recuperar la memoria de corrientes estéticas “amables” y/o ingenuas que han pretendido ser un agujero rosa, burbujas de buenrollismo en medio del espectáculo del mundo.


Después de no provocar demasiado tsunami hater con una tímida reivindicación de la new age (lo que demuestra que José Miguel López no nos lee), vayamos en esta segunda entrega con más droga dura: soft rock y comedia chusca. Apóyense, apóyense, que vamos.

Existe una “corriente de pensamiento” que aboga por la identificación absoluta entre Adult Oriented Rock (AOR) y Soft Rock, cosa ante la cual uno tiene sus dudas, incluso se puede ver en algún sitio a Radiohead como heredero del AOR/Soft Rock, así, con dos zigotos.

El AOR fue el desarrollo comercial (buscado o no) de esa otra etiqueta llamada Rock sinfónico, y por comercial se entiende que los temas que pasan de 6 minutos son difíciles de vender en las emisoras de radio, el canal principal por el que se promocionaba la música en los años setenta y principios de los ochenta, justo antes de la consolidación de la MTV, nacida en 1981, como la nueva vía de difusión masiva, y el videoclip adquiriera entidad propia.

El soft rock, sin embargo, toma prestadas las estructuras melódicas y rítmicas de aquel, para desarrollarlas en píldoras con más menudas (lo que ni quita que algunos de los temas se vayan a los 5 o 6 minutos), con estribillos más definidos, pegadizos, rifs fácilmente reconocibles (no siempre de guitarra), músicas de producción y arreglos exquisitos y que, en el caso de los cantantes solistas, se apoyan en la gran tradición de songwriters británica y norteamericana, como Andrew Lloyd Webber o Gilbert O’Sullivan: el propio O’Sullivan es ejemplo, como lo es Al Stewart, pero hemos decidido utilizar como paradigma al para muchos melífluo, para muchos otros tierno, Christopher Cross.


Cross era un tipo tímido con cierta tendencia a la depresión y una voz de timbre agudo que mantiene el tipo en una amplia tesitura, cuya escucha siempre ha provocado una cierta sorpresa en los primeros acordes, pero cuya capacidad melódica es capaz de fundir la coraza más sólida. Tras un éxito relativo de su primer álbum, publicado en 1979, que contiene temas como Never be the same o Sailing, recibe el encargo de componer el tema principal para la película Arthur, el soltero de oro, dirigida por Steve Gordon y protagonizada por Dudley Moore y Liza Minnelli, con música incidental del gran Burt Bacharach. El tema, Best That You Can Do, gana el Oscar a la Mejor Canción Original, y Cross, cuyo nombre real es Christopher Geppert, un carácter sensible, no digiere muy bien la exposición pública que ello supone. No será hasta 1983 que publicará su segundo álbum, Another Page, que, a pesar de contener hits como All Right o Think of Laura, no mantiene el tipo en los charts. En paralelo al movimiento soft, la irrupción en paralelo del punk y el recrudecimiento social y político de los 80 hacen que cada vez haya menos espacio para la ingenuidad de letras como esta estrofa de All Right: Love will find us./ The past behind us then we're on our way. /

Time and time again I see people so unsure like me, / We all know it gets heard sometimes You can give it one more try, / Find another reason why you should pick it up, / You should kick it up and try it again.

Tal vez la frontera entre el AOR y el Soft Rock en los grupos sea más difícil de definir, si hemos optado por utilizar como referente a los británicos Supertramp ha sido porque, al contrario que algunos de sus coetáneos norteamericanos, como Chicago, Toto, Boston, Surviror, Foreigner o los tardíos Asia, no buscaban repetir el modelo de one hit wonder disco tras disco, sino que, con los mismo fundamentos que los solistas del soft: buenas melodías, una pizca de virtuosismo en los instrumentistas, gran producción, arreglos extraordinarios y un directo espectacular, construyeron una carrera con algunos discos conceptuales de factura perfecta y la publicación en 1980, en formato doble LP, de su directo en The Pavillion, en París, el 29 de noviembre de 1979, todo un hito tras cuatro larga duraciones, los que hacían los números 3, 4, 5 y 6 en su carrera, que habían ido dejando un songbook memorable: Crime of the Century (1974), Crisis? What Crisis? (1975),  Even in the Quietest Moments (1977) y  Breakfast in America (1979). “School”, “Bloody Well Right”, “Dreamer”, “Ain’t Nobody But Me”, “Just A Normal Day”, “Give A Little Bit”, “Fool’s Overture”, “The Logical Song”, “Breakfast in America”, “Take the Long Way Home”... chicos celosos de sus cosas y con tan buen olfato por los derechos de autor y los royalties como George Lucas con el tema del merchandinsing, pocas versiones se pueden encontrar de sus temas que no estén hechas por ellos mismos o miembros de la banda, una vez se produjo la disgregación Rick Davies- Roger Hodgson, el bipolarismo del combo cuya alargadísima sombra ha ocultado la aportación de los diferentes músicos que han formado parte de la banda y, en especial, del núcleo de París:  Dougie Thomson, John Helliwell y Bob Siebenberg.


Aunque no lo parezca, no hemos elegido a Supertramp por las similitudes entre el timbre vocal de Roger Hodgson y Christopher Cross, no.

Y tal vez os penséis qué hace aquí Mel Brooks… su voz ronca no tiene nada que ver con la de Cross y Davies, no hizo Adult Oriented Films ni nada soft que se le parezca, su humor siempre ha tendido al chascarrillo y las pinceladas finas sobre una gruesa capa de gotelé. Mel Brooks está aquí porque el público objetivo de sus películas se corresponde con bastante exactitud con los oyentes del soft rock, esa clase media que quiere escuchar una buena canción y reírse con un buen par de aldabas. Aunque solo fuera por El jovencito Frankestein y la colección de coletillas que nos ha dejado en herencia, Mel Brooks y sus compinches Gene Wilder, Teri Garr y Marty Feldman (quien no ha dicho alguna vez “ayúdese, ayúdese”, “vaya par de aldabas”, “a… normal”, “podría ser peor… podría llover”) deberían estar presentes cada vez que se habla o se escribe sobre buen rollo, humor blanco de ironía gruesa y parodia de la modernidad pop.

Mel Brooks tomó el relevo de ese otro judío errante que fue Charles Chaplin y se enfundó en el bigotillo ridículo de Hitler para largarse un rap en plena explosión del género, en 1983, en su film To be or not to be. Previamente ya se había reído de un clásico de la literatura y el cine de terror, en El jovencito Frankenstein (1974), y del cine histórico clásico tipo Ben-Hur y las grandiosas producciones de ciencia ficción filosófica, como 2001, una odisea espacial, en La loca historia del mundo (1981), como después haría del gran boom de la ciencia ficción heroica en La loca historia de las galaxias (1987), cuyo título original era Spaceballs.


Comparado con todo lo que estaba creciendo alrededor (punk, new wave, cine de autor, el vuelco que para la industria cinematográfica supuso la aparición de Lucas, Spielberg o Coppola), ni el soft rock ni el humor desprejuiciado de Brooks eran más que meras zapatillas de estar por casa… ¿pero quien no tiene un par de zapatillas viejas reservadas para esos momentos de intimidad tranquila?

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