Andan revueltas las aguas entre el empresariado de la provincia de Alicante. No de ahora, sino de hace tiempo, pero quizás esta semana la tensión ha alcanzado niveles inesperados que ponen, de nuevo, el foco en las distintas asociaciones empresariales y cuál debe ser la interacción y la integración entre ellas. Y todo ello con un añadido, que quizás no tenga nada que ver en su origen, pero que ejerce de telón de fondo: la relación entre la CEV y la Presidència de la Generalitat Valenciana, a raíz de la Dana y los acontecimientos que se han producido posteriormente.
Salta a la vista que el principal punto de fricción es la relación entre la CEV y la Cámara de Alicante, personalizada en sus presidentes, Salvador Navarro y Carlos Baño, respectivamente. El segundo no cree en el modelo empresarial de la CEV, de un liderazgo regional y tres organizaciones provinciales dependientes de éste. No viene de ahora, como he dicho antes. La lista de agravios de Baño con la CEV viene de otros ejercicios. Al presidente cameral de Alicante no le gustó que la CEV vetara la toma de Fundesem tras el concurso de acreedores; los fichajes o nombramientos de determinados perfiles por parte de la CEV, bien porque procedían de Facpyme, la patronal del comercio que preside Baño, o bien para completar el organigrama directivo tras la salida de Marián Cano para ser consellera. Hay más en la lista de Baño, pero quizás esos sean los más destacados. En un segundo nivel, otras cuestiones, más formales, que tocarían tangencialmente a otras asociaciones sectoriales. Del lado de la CEV (y de otros muchos) huelga decir que tampoco gustan ni las formas ni las excentrecidades verbales de Baño.
El hartazgo de Baño se ha consumado esta semana por dos vías. La salida de su empresa, Tescoma, de la CEV Alicante, aunque Baño seguiría en el organigrama de la patronal por ser miembro de Comfecomerç. Y la salida de IFA de la CEV, y otras organizaciones empresariales como Cedelco (patronal de Elche) y de Ineca (el servicio de estudios). Esta última con la venia del Gobierno valenciano, en concreto, de Marián Cano, que avaló la operación, algo que su antecesora, Nuria Montes, en principio frenaba.
De ahí que en este pulso de fuerzas aparezca la Presidencia de la Generalitat como tercer elemento, lo que lleva al conflicto a plantearse como una especie de triángulo, o de un duelo, pero con aliados. La relación entre el presidente de CEV y ciertos cargos de Presidencia de la Generalitat —-quién sabe si también Carlos Mazón— no pasa por el mejor de sus momentos. Sobre todo, a raíz de la DANA. Navarro no se ha callado ni una tras la riada y ha considerado oportuno decir que Mazón debería dejar el cargo por su gestión del día 29-0 y sucesivos. También le ha arreado al Gobierno de Pedro Sánchez, por el retraso en la llegada de ayudas (entre otras cosas), pero hay menos distancia entre la sede de la CEV y el Palau que entre la sede de la CEV y la Moncloa. A ello se suman otras rencillas, como que desde Presidencia se filtrara, en un primer momento, que el president comió el día de autos con el propio Navarro, algo que se desmintió a las horas, pero sin disculpa al daño hecho, o que el líder empresarial tuviera un encuentro con Núñez Feijóo días posteriores a la Dana, lo que enervó todavía más los ánimos en la planta noble de la calle Cavallers de València.
Sea como fuera, con influencia o sin ella, la cuestión es que un organismo del sector público de la Generalitat ha decidido salirse de la CEV (habría que preguntarse si de verdad debía estar), aprovechando que Nuria Montes ya no está, y que Baño y algunos otros empresarios ya no disimulan su malestar con el propio Navarro y determinadas decisiones y maneras de actuar de CEV Alicante.
Entre ellas, no ha sentado bien el nombramiento de Javier Reina como consejero de la Presidencia de Joaquín Pérez, al frente de CEV Alicante, o las incorporaciones al comité directivo de la organización provincial, por no reunir el perfil que los críticos consideran o no haberse ejecutado de manera consensuada. Es decir, que el desagravio es formal y de contenido hasta el punto en que este grupo de empresarios —porque Baño no está solo— considera que la CEV, y la CEV Alicante, ya no son herramientas útiles, no prestan los servicios y las herramientas necesarias que debe hacer una patronal.
De ahí que desde hace años la Cámara se quiera arrogar ese papel, de ahí que la entidad cameral haya llegado a acuerdos con el CEU para ofrecer formación a sus asociados, de ahí que Baño y su comité directivo hagan camino sin esperar a nadie, aun reconociendo que la representación empresarial la tiene la CEV. Es decir, una especie de Transnistria dentro de Moldavia.
Y así está el panorama, que a veces coge pulsión en función de lo que también pasa en el Palau. La tensión tiene, en estos momentos, vasos comunicantes, por lo que se ve. U otras intenciones. ¿Qué puede pasar en el futuro? En el peor de los casos, que todo siga así o vaya a peor. Ni siquiera el horizonte electoral de la CEV Alicante, previsto para febrero de 2026, tiene visos de calmar esta tensión que la Dana ha elevado, como el nivel del agua el fatídico 290. Aquí no hay Cecopi que valga, pero salta a la vista. Ni la continuidad de Joaquín Pérez en la CEV, ni el hipotético relevo con Reina, ni la integración de Uepal, que muchos dan por hecha, parece arreglar esto. Esto es cuestión de personas, de perfiles y de liderazgos, y de momento se están aprovechando las debilidades de cada cual para tensar la cuerda. Solo una mayoría cualificada, en una misma dirección, puede calmar lo que parece un divorcio a todas luces. Y que el divorcio puede seguir, pero la tensión, como la de esta semana, es irrespirable para ellos mismos. El gran error —otro más— para el empresariado alicantino sería tener que elegir entre papá y mamá. Y este tipo de resolver el conflicto, en cualquiera de los ámbitos, como se ha visto en el pasado, nunca fueron buenas porque dejan mucha huella. De momento, a contemplar, pero las cartas están marcadas.