El segundo mandato de Donald Trump llegaba, según los más sesudos analistas geopolíticos, con una novedosa agenda política con amplias repercusiones en el plano internacional. Antiglobalista, nacionalista, con vocación de repliegue estratégico, Trump II iba a poder llevar a cabo sus políticas sin las cortapisas de su primer mandato, cuando se dejó aconsejar por el establishment republicano.
Cuando llevamos, más o menos, un tercio del segundo mandato, la cosa ha dado para mucho, sobre todo en el terreno de las soflamas, pero no únicamente ahí. Trump ha intentado ser Premio Nobel de la Paz y, al no conseguirlo, se ha apropiado del que le dieron a Maria Corina Machado, lamentable galardonada de 2025; ha impuesto aranceles a todo el planeta; ha secuestrado a un jefe de Estado para enjuiciarlo en Estados Unidos y ha colocado a su segunda como representante de un nuevo protectorado estadounidense en Venezuela; ha contratado a los desechos de la sociedad estadounidense, cientos de miles de macarras del barrio, acomplejados, rencorosos e ineptos, y les ha dado poderes e impunidad para ejercerlos, en materia migratoria o en lo que convenga al presidente de EEUU, para asolar a la población; sobre todo, a la población de las ciudades demócratas. Y, finalmente, y aquí estamos ahora, ha montado una sanguinaria operación con Israel para asesinar a los líderes de otro país -con los que estaban negociando, e incluso mientras se reunían para negociar- y a miles de personas, en Irán y en Líbano.
Todo esto no corresponde a un maquiavélico plan muy meditado, sino a los impulsos del presidente de Estados Unidos, que es, al igual que sus esbirros de ICE, un matón acomplejado. Así que sus políticas se basan en la imposición ventajista de sus caprichos, con la amenaza nada latente de ejercer distintas formas de violencia contra los díscolos. El esquema siempre es el mismo: Trump exige concesiones por razones falsas o inventadas, y amenaza con desatar el armagedón en caso de no atender a sus apetencias. Si los antagonistas (a menudo, supuestos "amigos y aliados" de Estados Unidos) se amedrentan, Trump se hace con lo que pidió, o con parte de lo que pidió, y se queda contento... por un tiempo. "The Art of the Deal", o el arte de robarle el almuerzo a un niño pequeño en el colegio.
Sin embargo, como el esquema ya se ha repetido muchas veces, y es siempre el mismo, los antagonistas han aprendido cuál es la respuesta más conveniente: no, siempre no. Si se le dice "no" a Trump, éste amenaza con mayor agresividad, se muestra dispuesto a todo, y finalmente... se amedrenta y se baja los pantalones ante su interlocutor. Los ejemplos más palmarios son la batalla comercial contra China por los aranceles, en la que los chinos se mantuvieron firmes y Trump dio su brazo a torcer; la resistencia europea a ceder Groenlandia (ya es patético que "resistir" sea negarse a ceder una parte de su territorio para atender a los caprichos del nuevo Nerón, pero algo es algo); y, sobre todo, el actual conflicto con Irán.
En dicho conflicto, Trump, arrastrado por voluntad propia a una guerra en la que a Estados Unidos no se le ha perdido nada, en exclusivo beneficio de Israel, ha bombardeado a discreción Irán, incluyendo objetivos civiles (desde el primer día, en el que asesinaron a doscientos niños de un colegio, hasta el último); ha amenazado con destruir infraestructura civil esencial (y, de hecho, ha comenzado a hacerlo); y, en la fase final de "The Art of the Deal", ha anunciado que los iraníes son animales y que iba a aniquilar una civilización (recuérdese que cuando comenzó la operación, se suponía que el objetivo era "ayudar" al "buen pueblo iraní sometido a un régimen tiránico"). Unos términos que sólo los nazis emplearon en su día, y antes de ellos Gengis Kan.
Por fortuna, Irán resistió el envite, no se impresionó por las soflamas de Trump, ni por los bombardeos sanguinarios de EEUU e Israel, y mantuvo cerrado el estrecho de Ormuz. ¿El resultado? Un nuevo TACO de Trump (Trump Always Chickens Out). Como buen matón de tres al cuarto, a la hora de la verdad, si se le planta cara Trump siempre se acobarda. Esta vez también, suplicando un alto el fuego en el que básicamente Estados Unidos no consigue ninguno de sus objetivos e Irán pasa a montar un sistema de aranceles, a medias con Omán, para permitir el tránsito de buques por el estrecho de Ormuz.

- Imagen aérea del estrecho de Ormuz.
- Foto: MODIS TEAM / NASA GSFC / ZUMA PRESS / CONTACTOPHOTO
En el camino, se ha demostrado que los bombardeos "de precisión" no son suficientes para imponer la voluntad de los poderosos; que las potencias medias pueden aspirar a plantarles cara si cuentan con alguna baza estratégica, como es el caso; que, además, la guerra actual permite reducir distancias entre contendientes de desigual poder, por la imposibilidad de defenderse de ataques de misiles y sobre todo drones que pueden producirse en masa y con una inversión muy baja, por contraposición con los carísimos sistemas de defensa antiaérea que manejan, en este caso, Israel y Estados Unidos; y que, en fin, es imposible defender el entramado de bases remotas con que cuenta Estados Unidos en la coyuntura bélica actual, lo que reduce enormemente su valor estratégico. Estados Unidos quería dar un puñetazo en la mesa para demostrar quién manda aquí y se ha dado un puñetazo en el estómago, demostrando que tiene los pies de barro también en el que sigue siendo su principal activo diplomático: su poder militar.
Esperemos que los aspirantes a genocidas que han montado esta guerra, Donald Trump y Benjamin Netanyahu, tengan que afrontar ahora las consecuencias de sus actos. Por supuesto, electoralmente (perdiendo las elecciones previstas en ambos países a final de año); pero también judicialmente, porque el castigo será la mejor garantía de que el próximo "líder providencial" dispuesto a asesinar a miles de personas por su interés electoral o su sed de sangre o notoriedad se lo piense dos veces antes de activar sus jueguecitos de guerra. Y, mientras esto sucede, esperemos que los líderes europeos, definitivamente, hayan aprendido la lección de qué clase de individuo es Trump y cómo hay que relacionarse con él. En esto, felizmente, los españoles no tenemos mucho que reprocharnos, porque, así como otros quieren ganar elecciones bombardeando y asesinando, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, busca reactivar sus maltrechas perspectivas electorales por la vía de resistirse y mostrar firmeza frente a la gente más desagradable, malvada e inepta del planeta.