• Arenga de Santiago Carrillo en la plaza de toros de Tolosa, 1936
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ALICANTE. En un artículo anterior comentaba que, hoy día, supone un reto escribir algo nuevo sobre la Guerra Civil que atraiga al lector, ya que abordar las manidas temáticas pueden alejarlo de su lectura. Razonaba, también, que este objetivo es complicado de llevar a cabo, pues queda muy poco por descubrir de una etapa de nuestro reciente pasado que ha sido analizada a fondo por los historiadores. Apunté, sin embargo, que todavía es posible descubrir temas que, aún conocidos, apenas han sido divulgados por las más diversas razones.

En este artículo trataremos uno de ellos que, además, encierra una paradoja: a pesar de ser conocido, parece existir un acuerdo tácito entre buena parte de los historiadores y periodistas especializados en la materia para correr un tupido velo. Explicaremos su titular mediante el análisis de las tres iniciativas surgidas para impedir el golpe militar del 18 de julio de 1936 que fueron despreciadas por el Gobierno republicano.

El intento de Alonso Mallol

El Gobierno del Frente Popular nombró director de la Dirección General de Seguridad —el organismo equivalente al CNI actual— a José Alonso Mallol, cuya mayor preocupación desde que aceptó el cargo fue evitar que se produjera un golpe de Estado, tal y como recoge el ensayo del historiador Pedro L. Angosto. Para ello tejió una red de espionaje sobre los militares y civiles sospechosos de conspirar: pinchó sus teléfonos, instaló avanzada tecnología de espionaje en sus viviendas e infiltró informantes en los cuarteles. Logró descubrir sus alias, contraseñas, así como el santo y seña de la sublevación, interceptando incluso la nueva clave cuando la cambiaron.

Cuando tuvo toda la información bien atada, mantuvo un encuentro con Manuel Azaña, quien acababa de asumir la presidencia de la República en mayo, y con Santiago Casares Quiroga, investido también ese mismo mes como presidente del Consejo de Ministros. Les presentó una relación de los más de quinientos implicados, solicitando formalmente su detención inmediata.

Casares subestimó el riesgo de que hubiera un golpe, porque estaba convencido de que controlaba la situación. Le dijo que no quería mártires y que deseaba que se produjera la sublevación, porque así mataría dos pájaros de un tiro: aniquilar a los militares y a las derechas golpistas y, al mismo tiempo, debilitar el empuje de la izquierda radical que hacía la vida imposible al Gobierno.

Azaña, por su parte, también pensaba que el golpe podría reprimirse sin dificultades. De hecho, no estaba nada preocupado: siguió acudiendo al teatro, a conciertos, a los toros…

  • José Alonso y su esposa Concepción Sellés paseando por Alicante antes de la Guerra Civil. -

La carta de Franco al presidente de Gobierno

Antes de abordar esta segunda iniciativa, cuya interpretación ha sido objeto de debate entre los historiadores, conviene echar la vista atrás y recordar dos momentos de la biografía de Francisco Franco que, a mi juicio, nos pueden ayudar a entenderla: un episodio acaecido al inicio de la Segunda República y su posicionamiento personal sobre una posible sublevación tras las elecciones de febrero.

Unas semanas antes del fallido golpe del general José Sanjurjo en 1932, este se reunió en secreto con Franco para pedirle su apoyo. La respuesta de Franco fue tan ambigua que Sanjurjo, según se cuenta, pensó que podría contar con él: “No le prometo a usted sumarme a ese movimiento; veré lo que pueda hacer según las circunstancias”.

El segundo momento se inició a primeros de marzo cuando Franco fue convocado a una reunión clandestina con varios generales. Esta concluyó con el acuerdo unánime de organizar un alzamiento militar para derribar al Gobierno. Desde entonces, sus compañeros sediciosos lo consideraron implicado en la causa golpista.

Sin embargo, su conducta posterior siembra dudas sobre su compromiso. Así se conocen varios hechos que secundan esta suposición. Unas semanas más tarde, un destacado político golpista se topó en un pasillo de las Cortes con Ramón Serrano Suñer, que estaba casado con una hermana de la esposa de Franco, y le preguntó: “¿En qué está pensando tu cuñado? ¿Qué está haciendo? ¿No se da cuenta de cuáles son las cartas?”. También por esas fechas, el mismo Sanjurjo en un encuentro con otro político relevante, vinculado con los conspiradores, le dijo: “Franco no hará nada que le comprometa; estará siempre en la sombra, porque es un cuco” (sus hembras ponen los huevos en los nidos de otros pájaros, cuando no están).

Y analizando, por fin, el contenido de dicha misiva fechada el 23 de junio, cabe señalar que los historiadores coinciden en calificarla como ambigua y laberíntica, y que su tono es de aparente lealtad institucional, pero sembrada de insinuaciones. En cuanto a su interpretación, la mayoría considera que el objetivo de Franco era poner en conocimiento del jefe de Gobierno el descontento que reinaba en la cúpula militar por sus reformas militares y su dejadez ante los desórdenes públicos, así como el ruido de sables que se mascaba consecuencia de esa situación. Asimismo, sugería de un modo sutil que no quería sumarse al posible golpe y que podría controlar la situación si depositaban su confianza en él, pues los militares disidentes se calmarían bajo su propio liderazgo.

Según parece, jugaba a dos bandas: por un lado, postularse como fiel a la República; y, por otro, construir un relato de justificación, en el sentido de que si se ignoraba su advertencia (como así sucedió), él podría argumentar ante sus compañeros de armas que la vía del diálogo estaba agotada y que la rebelión era la única salida.

Casares Quiroga minimizó el aviso y guardó la carta en un cajón.

Lo importante de esta iniciativa, independientemente de las intenciones de Franco, es que alertaba al Gobierno de un posible golpe de Estado.

Durante las semanas siguientes, Franco siguió mostrándose distante a la posibilidad de unirse a la insurrección. Así, unos días después confesó a su buen amigo Pedro Sainz Rodríguez que estaba pensando irse de vacaciones a Escocia para mejorar su estilo en el golf y de paso practicar el inglés. Y para dejar claro su posicionamiento, el 12 julio envió un mensaje al general Emilio Mola, uno de los artífices del golpe, que contenía solo tres palabras: “Geografía poco extensa”, cuya significado es transparente: la situación no está madura. Se cuenta que Mola, irritadísimo, dijo: “Franco no va”.

Como es sabido, cuando el golpe ya estaba en marcha, Franco se unió a los facciosos.

  • Francisco Franco, director de la Academia Militar de Zaragoza, 1928

Y el tercer aviso (muy taurino) de Santiago Carrillo

Santiago Carrillo relata en sus memorias que el 13 de julio, tras el asesinato de José Calvo Sotelo, acudió con una delegación de formaciones políticas y sindicales a visitar al presidente del Gobierno para advertirle del alto riesgo de que se produjera una insurrección. Casares Quiroga trató de convencerlos de que el ejecutivo dominaba la situación y que la amenaza no era tan grave. Acto seguido, añadió —bajo la estupefacción general— que deseaba que se sublevaran para poderlos aplastar, repitiendo casi las mismas palabras que dijo a Alonso Mallol. A Carrillo, al escuchar su negativa y su bravuconería, no se le ocurrió otra cosa que decirle: "Ya lo lamentará cuando empiece la corrida".

 

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