Cine

EL CABECICUBO DE DOCUS, SERIES Y TV

¿Ha llegado el cine post-woke?

Los personajes ya no son banderas de posiciones morales, no hay discursos subrayados, no se pone énfasis en tesis. Quizá el cine esté cambiando

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VALÈNCIA. Es ya bastante evidente que la efervescencia moral que se vivió en los años 10 está de capa caída. Ahora hay una ofensiva frontal contra todo lo que se denominó woke y el dinero, que es el mejor indicador, -una veleta infalible-, se inclina por mostrar familias tradicionales en sus campañas publicitarias. En Estados Unidos, muchos deportistas LGTB están perdiendo patrocinadores y las marcas también se retiran de eventos como el Orgullo Gay de diferentes ciudades. 

Aunque yo comparta los fines con todo eso que llaman woke, nunca me gustaron los medios. Me lo habrán leído en esta columna quinientas veces durante la década pasada. Sin embargo, me hace gracia que ahora haya llegado el momento de los que vienen a darle duros golpes a su enemigo cuando ya está muerto tirado en el suelo. Sí, aquel torquemadismo milenial era incómodo –eso pretendía, por otra parte-, pero también hipócrita –de ello dan fe muchos inquisidores caídos- y superficial, el seguidismo acrítico era desesperante. Pero la alternativa tiene una pinta cojonuda, si se me permite el adjetivo. 

Ahora en los campus estadounidenses ya no se habla de interseccionalidad, ni teoría de género ni identity politics, lo que se está imponiendo es la Biblia. Hay casos de alumnos que han presentado trabajos explicando o analizando fenómenos con el evangelio y al que se ha empurado es al profesor por suspenderlos. Los temarios se están adelgazando para evitar las quejas de los alumnos conservadores, que son ahora los que tienen la piel sensible, y hay clases de desinformación sanitaria que han dejado de impartirse porque son “problemáticas”. El trasfondo ya lo tienen ustedes reflejado el aumento de los casos de sarampión. El antielitismo de la nueva derecha, el tú no mandas en mí, que ha venido a suceder la era woke, tiene una pinta maravillosa. 

Entretanto, la cultura comienza a mostrar el cambio. No hay productos alineados con esta estrategia de confusión y terror para alimentar el resentimiento de la población, pero sí se nota qué no quieren hacer los cineastas. No he visto todo el cine de 2025, pero en lo que va cayendo se notan otras maneras. Por ejemplo, Left-Handed Girl, de Shih-Ching Tsou, con guión de Sean Baker, con quien ya había codirigido la extraordinaria Take Out, muestra una mirada humanista sin discurso moral, consignas ni tesis que aceptar. Tampoco hay víctimas ejemplares ni opresores claramente definidos, ni mucho menos héroes morales. Las decisiones que se toman no buscan demostrar nada, no hay una lección detrás de ellas. 

La chica zurda, así titulada en España, habla de la precariedad y la vida cotidiana cuando no hay dinero. Sobre todo, hay espacio para la ambigüedad. No se subraya ningún discurso. Y lo más importante, los personajes no son bandera de nada, su identidad no es trascendental. A mí me recuerda a los hermanos Dardenne y diría que a Ken Loach si Baker no estuviese contaminado al cien por cien por la cultura estadounidense, país donde manda el dinero y esa jerarquía sus habitantes la llevan marcada hasta en el tuétano. Sus películas me parecen tan geniales como penosas sus declaraciones sobre los trabajadores del sexo. Dejó varias tras el éxito de Anora y aquí en España no se le repreguntó mucho.  

  • Blue moon, de Richard Linklater

Otra película donde he arqueado la ceja por los modos alejados de ciertos tics es en Blue Moon. La sexualidad del protagonista es importante, pero pasa rápido a un segundo plano. El peso del guion está sobre la creación artística, el talento, la demanda del gran público y el papel del dinero en todo ello, siempre inclinando la balanza hacia la masa y más bien dándole una patada en el culo al creador genuino. 

Llegar a la mayoría tiene mucho mérito, pero generalmente importa ser audaz más que genial. El sentimiento de fracaso y la inseguridad de un autor desplazado y que ya no tiene nada que ofrecer a un público mediocre, aborregado por el chovinismo derivado de la guerra en este caso, es lo que está en el centro de la película. Es una introspección que toca muchos temas simultáneamente y en ninguno de ellos se hace activismo, se trata la condición humana, su patetismo, pero el relato no está organizado como una lucha moral. 

Y el remate de esta tendencia lo encontramos en Caza de Brujas de Guadagnino. En 2020 ya dije yo por estos lares que el italiano le había tomado la medida al moralismo estadounidense que se replicaba en España de forma inclemente. El autor de la aclamada Call me by your name había firmado en la serie We are who we are una crítica corrosiva a todos esos esquemas y yo me quedé con la sensación de que nadie se había dado cuenta. 

Con Caza de brujas sus intenciones son explícitas. Trata el tema directamente y se nota que en muchos diálogos pone en los personajes lo que le gustaría gritar públicamente, pero la estabilidad de su carrera y pecunio no le aconsejó hacer. Incluso así, para mi gusto, no hay una enmienda a la totalidad. El retrato generacional es también muy fino y yo entendí que una de las muchas ideas que quiere reflejar es que los milenials no estaban dispuestos a tragar muchas cosas que los boomers no debieron haber tragado y que, al hacerlo, les pervirtió también a ellos. En contraposición, los milenials son unos fantoches, pero cuando tienen razón, diría Guadagnino, se les da. Aunque es una película deliberadamente ambigua, yo entendí que iban por ahí los tiros. Y me gustó por fin ver cómo se empieza a enfocar y repensar la década que dejamos atrás. 

  • Caza de brujas, de Luca Guadagnino

A la fiesta por Una batalla tras otra no me voy a sumar, Paul Thomas Anderson ha conseguido que me haya dejado de gustar hasta Magnolia, pero Radu Jude, con Kontinental ’25 sí que ha logrado emocionarme con un cine del que no se olvida. También está alejado de los citados moralismos, que en el excelente cine rumano contemporáneo nunca han tenido que rascar, porque son películas marcadas por la inteligencia. Detestan el sentimentalismo y muestran, con un realismo extremo, las ironías de la vida. Nadie es intocable en cada joya que esculpen. En esta ocasión, se trata de la crisis de una mujer que ha participado en un desahucio. La protagonista trata de resolver su problema con diferentes personajes, una amiga, su madre, un cura, un repartidor y los diálogos son para tomar nota. El personaje del repartidor, con un cartel que indica que es rumano para que los coches le respeten, no como a los de Bangladesh, es histórico. En fin, la economía rumana crece, el país va como un tiro y la primera consecuencia de eso debería ser conocida: es la desigualdad. 

Pero para desigualdad, lo que me he encontrado hoy en plena Plaça de Catalunya. Una lona recubriendo un edificio entero anunciando Melania. El impacto visual me ha hecho recordar otra serie, pero de forma trágica, me he dicho a mí mismo: “¿Por qué hoy se parece todo tanto a V?”. 

  • Kontinental '25, de Radu Jude
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