VALÈNCIA. Lo que empezó siendo una excepción, ahora ya es norma. Se podría decir que todo empezó con Perdidos: una serie viral antes de las redes sociales, comentada y especulada en directo en foros de Internet, cuyo final decepcionó ampliamente a su base de fans más acérrimos. Luego vinieron los finales de Gossip Girl, Dexter, Cómo conocí a vuestra madre, o el de Juego de tronos, quizás el más odiado de todos.
Ahora le ha tocado a Stranger Things, la serie que empezó siendo un homenaje a la estética ochentera del terror y el fantástico, y devino su propia máquina de nostalgia. Esta pasada Nochevieja se estrenó un capítulo final —titulado The Rightside Up—, de dos horas de duración, a modo de gran colofón de unas aventuras que habían durado casi una década. Nueve años viendo crecer a sus protagonistas, prácticamente una suerte de experiencia análoga para el streaming de lo que fue ver en el cine, año tras año, transformarse en adultos a Daniel Radcliffe, Emma Watson y Ruper Grint en Harry Potter.
Pero durante el lanzamiento de los episodios previos al final ya pudo vislumbrarse una dinámica hoy muy naturalizada: aquello iba a acabar mal. Especialmente para quienes decían amar la serie: sus propios fans estaban descontentos con cómo iba desarrollándose la última temporada y The Rightside Up no iba a ser la excepción. La ‘season finale’ fue valorada como uno de los peores capítulos de la serie por la comunidad, y la quinta temporada es la que mayor distancia refleja entre la crítica y el público en agregadores como Rotten Tomatoes. La crítica la valora con un 83% de reviews positivas, pero el público casi la suspende con un 53% de valoración.
Los finales no están bien vistos en la cultura pop actual. La fórmula siempre es la misma: a mayor popularidad de una serie, mayor es la expectativa que genera. A mayores expectativas, más grandes son las posibilidades de traicionarlas, pues la expectativa solo está en la mente del espectador. No existe. Y los creadores y creadoras no pueden hacerse cargo de lo que cada uno de sus espectadores tiene en la cabeza. No deben. Solo pueden hacer las cosas lo mejor que sepan. Pero hete aquí el asunto: ¿Por qué da la sensación que hoy ninguna serie termina ‘como debe’?

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De admirar a adueñarse
El final de Juego de tronos pasará a la historia como un hito de la cultura pop contemporánea, por como sintetizó un cambio de tercio con respecto a lo que significaba un fenómeno fan, y cómo se comportaba. Hoy en día el fenómeno fan ha mutado lo suficiente como para exigir cambios a los guionistas y las plataformas, iniciar campañas en redes, peticiones formales a través de change.org, e incluso provocar despidos o cambios fundamentales en los diseños y concepciones de una película.
Existían precedentes, como el caso del final del videojuego Mass Effect 3 que señalaba el periodista Jose Antonio Luna en este artículo sobre el fenómeno fan. Pero en el cine pocos ejemplos resultan tan sintomáticos como el cambio de diseño de Sonic para una película que hoy es una saga de cine familiar con tres títulos, a cada cual más resultón que el anterior. El personaje del veloz erizo azul cambió completamente su ‘look’ tras publicarse un tráiler que la comunidad recibió con chanzas, burlas y mofas.
Las redes sociales, en aquel caso, funcionaron como correctivo prácticamente censor que les indicaba a los creadores cómo hacer su trabajo. Con fortuna tal, en este capitalismo que exprime hasta los descartes, que el diseño ‘malo’ luego se recuperaría en la película Chip y Chop: Los guardianes rescatadores. Pero sentaba un precedente: dejaba claro que las redes sociales tenían suficiente poder como para cambiar los productos audiovisuales a demanda del consumidor.
Desde entonces es muy habitual que se registren fuertes campañas en redes por parte de comunidades de fans descontentos con las decisiones de los creadores de —supuestamente— sus series o universos creativos favoritos. Se persiguió la innovación en el ‘lore’ del episodio ocho de Star Wars, Los últimos jedi, se intentó boicotear el estreno de películas como Captain Marvel o The Marvels, y se hizo ‘review bombing’ a Los anillos de poder.
No es casualidad que todas fueran tachadas de ‘woke’, propaganda izquierdista y feminazi, o cualquier otro muñeco de paja que, de nuevo, no existe. El ‘review bombing’, el fenómeno organizado mediante el cual usuarios online intentan hundir la reputación o recepción crítica de objeto cultural con avalanchas coordinadas de críticas negativas y malas puntuaciones, tiene detrás casi siempre una intención ultraconservadora. Algo que Stranger Things también ha padecido: la salida del armario del personaje de Will Byers produjo un inmediato ‘review bombing’ en webs como IMDB.
Las razones de esta progresiva transformación del fandom son diversas y dan para tesis, pero baste apuntar un par de cosas. La primera es que la audiencia conservadora es alérgica a las sorpresas, y la segunda es que las redes sociales son un arma de doble filo. Las series como Stranger Things se han beneficiado, y mucho, de campañas publicitarias prácticamente gratis realizadas por sus fans en redes. Vídeos editados, teorías, comentarios, análisis, meses de conversación que beneficiaba a las plataformas y se transformaba en atención —el gran valor de mercado—, y eventualmente en audiencia. Pero igual que te encumbran, las redes también te pueden destruir.
“A las compañías de medios este adueñamiento del contenido que hacen los fans les viene muy bien, porque al final los seguidores se convierten en embajadores de ese contenido”, decía la profesora de la Universitat Oberta Catalunya (UOC) Elena Neira, en el artículo antes mencionado. Y a su vez avisaba de que, “creemos que tenemos derecho al pataleo y a exigir que estén alineados en el umbral de nuestras expectativas. Nos hemos vuelto increíblemente intolerantes a las sorpresas”.

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Stranger Things no tiene un final perfecto, pero tiene un final
Con esta columna no estoy diciendo que el final de Stranger Things sea el mejor final posible: me gusta por lo imperfecto y caótico que es. Es criticable que existan agujeros de guion —el asunto de los demogorgons en la batalla final, o el del experimento con madres embarazadas, nadie supo qué fue de aquello—, da un poco de pena el abandono del humor por un aumento de pretendida oscuridad —por eso celebro cada chiste de la última temporada—, y es incluso risible la sobreactuación de algunos de los protagonistas —soy de los que piensa que la progresiva perdida de importancia del personaje de Once le ha venido bien a la serie porque descansamos de Millie Bobby Brown—.
Me interesa más reflexionar sobre por qué, aparentemente, no hay final bueno en una serie lo suficientemente popular en el ‘mainstream’ de hoy. Por un lado, existe una evidente transformación del fenómeno fan empoderado por las redes sociales, sí, pero también cada vez más asimilado a la figura de cliente: en tanto que paga por un servicio, quiere que ese servicio le satisfaga. Y la cultura no funciona así, o no hasta ahora. Sin embargo, un espectador decepcionado grabando un ‘reel’ sobre el final de Stranger Things no dista mucho de un aficionado que cabreado cuando su equipo de futbol pierde.
Antes uno se podía quedar a cuadros con quién mató a Laura Palmer, incluso escribir cartas airadas a Telecinco o al defensor del espectador sobre cómo Twin Peaks le había jodido las neuronas. Pero ahora uno tiene cierto sentido de ‘propiedad’ de los productos culturales porque paga por acceder a todos ellos —pagamos Netflix por Stranger Things de la misma forma que pagábamos por HBO cuando Juego de Tronos o Prime con Los anillos de poder, todas series insignia de sus respectivas plataformas—.
Con todo, no cabe la nostalgia. Pues resulta que esta podría estar detrás de todo lo que hemos hablado. La nostalgia, convertida en un producto de consumo masivo, remite siempre a un pasado mejor, en la forma que este quiera adquirir. Los episodios de Star Wars que coincidieran con tu infancia o adolescencia, la trilogía de El señor de los anillos, las primeras temporadas de Juego de Tronos… siempre hay un antecedente en el tiempo que ‘estaba bien’ y que se ha ido al garete según nuestro imaginario. Especialmente cuando está por escribir su punto final. ¿Por qué?
Quizás, rodeados de nostalgia cultural, llevamos peor las despedidas. Las definitivas. Las que son para siempre. Los finales. Y quizás por eso las industrias culturales se han rearmado con un constante producir subproductos derivados de aquel objeto cultural que nos generó un recuerdo feliz. Transformados en spin-offs, secuelas, nuevos remakes o precuelas, ya no tenemos por qué decir adiós a ninguno de los universos creativos de los que hemos hablado aquí. Ejemplos los hay a patadas.
El ensayista Grafton Tanner lo llamó ‘porsiemprismo’: una adaptación de las industrias culturales a la estandarización de la nostalgia como valor de mercado. Según él, si la nostalgia es la emoción que se experimenta cuando algo ausente se hace momentáneamente presente, la presencia continuada del pasado en la cultura contemporánea no es tanto nostalgia como ‘porsiemprismo’.
Es la intención de que todo producto creativo dure para siempre. De que nada cambie en Nunca jamás. Que siempre tengas no solo acceso a aquellas películas y series que te gustaron hace años, sino que sigan presentes en tu día a día a través de otras películas y series. Decía Tanner que ‘prsiemprizar’ algo no es solo preservarlo o restaurarlo, sino reanimarlo para asegurar su supervivencia. “Es producir nostalgia de manera artificial para explotarla según los mandatos capitalistas de trabajo y producción ilimitada”.
Por eso, produce un placer especial poder despedirse de un producto cultural que es, evidentemente, hijo natural de la nostalgia ochentera. Stranger Things se ha terminado. No de la mejor forma, quizás no con un final perfecto. Pero celebro poder terminar algo. Y más con el juego metanarrativo de una partida de Dragones y Mazmorras, que la serie plantea en sus últimos compases: puede que no haya terminado tal como hemos visto con nuestros propios ojos, pero desde luego ha terminado. Es lo que tiene jugar, que hay un momento que dejas de hacerlo. Es lo que tiene crecer, al fin y al cabo.

- Rodando la partida de Dragones y Mazmorras del final de la serie