Cine

Charli XCX mata a su criatura lima limón en la Berlinale

La cantante, protagonista del fenómeno 'brat' en 2024 y 2025, presenta en el festival internacional de cine un mockumentary con el que arranca una nueva etapa creativa, vinculada al cine

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VALÈNCIA. En el verano de 2024, anglosajones y foráneos aprendimos por sobreexposición que la palabra brat significaba mocosa en inglés y contenía descaradas multitudes. Con su sexto álbum homónimo, Charli XCX no solo entregó una colección de himnos de electrónica pop hedonista, sino que detonó un fenómeno cultural y estético que desbordó la música y colonizó la moda, la mercadotecnia y hasta la política, tiñéndolo todo de verde lima limón. 

La británica definía en TikTok a las adeptas a ese estilo de vida como “esa chica un poco desastre que ama la noche, a veces dice tonterías, se siente poderosa pero también puede tener un bajón y continuar de fiesta”. 

Los esenciales de lo que acuñó como el verano brat eran “un paquete de cigarrillos, un mechero Bic y un top blanco de tirantes sin sujetador” que funcionaban como manifiesto irónico de una feminidad descuidada, dosmilera y contradictoria, donde se hablaba sin tapujos de drogas y de resacas, y el ego, la desvergüenza y la inseguridad se tomaban de la mano.

El fenómeno alcanzó un punto álgido cuando la propia XCX tuiteó que la candidata demócrata era “brat”. De pronto, Charlotte Emma Aitchiso dejó de ser “la favorita de tus artistas favoritos” para ser invocada en los mitines de Kamala Harris. Fue entonces cuando la campaña de la vicepresidenta de Estados Unidos adoptó la estética verde lima como fondo visual, y uno de sus temas, 365, que hace referencia a los días del año que Charli se entrega a la fiesta (esto es, todos) se convirtió en la banda sonora de los vídeos oficiales en las redes sociales. La cultura rave y el engranaje electoral se fundían y confundían, como ser una chica hoy en día.

En abril del año pasado, la artífice de esta euforia febril se despedía en el festival Coachella de su brat Summer con una secuencia estrobóscopica de pantallazos donde proponía a 26 artistas para tomarle el relevo. Entre sus favoritos había directores de cine consagrados, como David Cronenberg y Paul Thomas Anderson, grupos de música de ayer y de hoy, caso de Pulp, These New Puritans y las Haim, y solistas y amigas, como Lorde y Rosalía, que se plantó en su fiesta de cumpleaños con un ramo de cigarrillos. 

Entre los y las nominadas a la sucesión se hallaban también un realizador y un director de fotografía que un año y medio después la han escoltado en el audiovisual autoparódico con el que esta semana finiquita aquel estío interminable.

The Moment va de estirar el chicle y parodiarlo

Tras su paso por Sundance, la artista ha aterrizado en la Berlinale para presentar en la sección Panorama The Moment, un mockumentary con el que pone punto final a aquella era y de paso, se ríe de ella misma y sospechamos que también del Eras Tour de Taylor Swift, a tenor del beef que se trae con la estadounidense, explicitado en las letras de Sympathy Is a Knife, de la una, y Actually Romantic, de la otra.

“Cuando lanzas una obra al mundo y alcanza a un público amplio, y en mi caso fue el público más amplio al que he llegado nunca, el trabajo empieza a transformarse y a cambiar su significado -desarrollaba la protagonista durante la rueda de prensa de Berlín-. Nunca lo había experimentado a esta escala, y eso me hizo pensar mucho en cómo comunicamos el arte, en qué momento deja de estar en tus manos y pasa a las del público, y cómo te hace sentir eso como creadora”.

El responsable de dirigir este documental jocoso es Aidan Zamiri, un fotógrafo y hasta ahora realizador de videos musicales escocés, entre cuyos galones están los vehículos audiovisuales de los temas Birds of a Feather de Billy Eilish, 360 y Guess para Charli, la sesión de fotos de Timothée Chalamet para Rolling Stone y toda la campaña de marketing viral para la promoción de la película que con toda seguridad va a coronar al actor con su primer Óscar, Marty Supreme

Lejos del concierto filmado al uso, con sus momentos fisgones en el backstage y sus interioridades y catarsis en la vida privada de sus retratados, The Moment propone una sátira sobre la industria musical y la presión por capitalizar el éxito y estirarlo como un chicle que al final acaba insaboro e incoloro, por mucho que inicialmente sepa a cítrico refrescante lima limón. 

Charli interpreta una versión ficcionada e hiperbólica de sí misma, atrapada en el torbellino de su propio brat summer y forzada a decidir entre preservar su visión artística o claudicar y entregarse al lado oscuro de la comercialidad.

“Hacer esta película ha sido, en cierto modo, una forma no solo de comentar el arte y su longevidad, su ciclo de vida, sino también de enfrentarme a mi experiencia muy personal como artista y a cómo me he sentido en la industria musical”, profundizaba en su proceso personal durante la concepción y el rodaje del largometraje.

El punto de inflexión en la trama lo marca un director cringe y condescendiente al que da vida un desternillante Alexander Skarsgård (lo mejor de la película), que es contratado para filmar la gira y perpetuar el brat summer forever. Es entonces cuando la Charli real se enfrenta y trastabilla ante el espejo deformante de su propio, inesperado éxito.

Tocado con un gorro de lana, el rictus contrariado, el aura de genio paternalista y cabezota en su idea de lo que más le conviene a esa gira, el realizador propone una visión coreografiada y sospechosamente cercana a las giras de estadio que dominan el pop contemporáneo. 

En paralelo, vemos a Charli hastiada de los compromisos promocionales, con entrevistas en late-night talk shows, eternas sesiones de maquillaje y retahíla de anuncios que van del vino a una tarjeta de crédito y una línea cosmética. 

Una actriz de método arropada por sus besties Kylie Jenner, Rachel Sennot y y Kate Berlant

“En cierto modo he estado entrenándome para interpretar este papel toda mi vida, supongo que he sido una actriz muy de método desde el día en que nací”, se reía, para añadir que, sin duda, había vivido de cerca las circunstancias que va ilustrando The Moment.

Por supuesto, ha conocido versiones de los personajes que toca la película. Por descontado, ha replicado vivencias propias: “¿He tenido una crisis nerviosa en la parte trasera de un Mercedes Viano mientras fumaba un millón de cigarrillos? Sí”, concedía.

El tono es de falso cinéma vérité, con su dosis de confesiones incómodas, cámara nerviosa y celebridades que aparecen como versiones irónicas de sí mismas. Entre los cameos figuran Kylie Jenner, Rachel Sennott, Rosanna Arquette y Kate Berlant. 

Zamiri confesó en la rueda que no podía creer que la bombástica Kylie aceptara participar, subrayando el placer de jugar con elementos reconocibles de la cultura pop. “Hay mucho cruce en esta película entre el mundo real y la ficción. Ojalá dentro de 20 años nadie sepa qué fue verdad y qué no. Se lo dejaremos a los arqueólogos del futuro”, bromeó.

Además de protagonizar y coproducir The Moment, Charli amplía su presencia en el cine con papeles en I Want Your Sex de Gregg Araki y The Gallerist de Cathy Yan, además de firmar la música de la tan controvertida como taquillera versión de Cumbres borrascosas de Emerald Fennell, gracias al cual, según sus propias palabras en un post de Instagram, le ha permitido “escapar a algo nuevo, sumergirme en una historia que no era la mía”, y de un “thriller psychokiller pop” de estreno inminente liderado por Anne Hathaway, Mother Mary.

Este desembarco en el cine conecta con el cambio abrupto que ha sido el motor creativo de su carrera. Ya lo tanteó en 2021 con el estreno del documental Alone Together, sobre la gestación de su disco How I’m Feeling Now en plena pandemia. Forzada por el confinamiento, la cantante abrió en ese momento su proceso creativo a sus fans LGTBIQA, sus ángeles de Charli, a través de Zoom, mostrándose como una adicta al trabajo confesa, consciente de su vulnerabilidad y de sus conflictos.

Si Alone Together era íntimo y colaborativo, The Moment es expansivo y satírico. Pero ambos comparten un eje común, el control del relato. 

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