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tribuna / OPINIÓN

Que viene el lobo

6/10/2019 - 

Innumerables son las voces que nos avisan de que viene el lobo. Son numerosos los organismos internacionales y nacionales que vaticinan una desaceleración económica que culminará en una inevitable crisis económica. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) augura que el crecimiento de la economía mundial y europea en 2019 se producirá a su ritmo más bajo en la última década, ralentizándose, respectivamente, en un 2,9% y 1,1%

Los indicios que señalan que viene el lobo son evidentes. Por un lado, la ralentización de la locomotora alemana que únicamente crecerá un 0,5%, y la deja próxima a la recesión técnica. La guerra comercial y arancelaria entre China y Estados Unidos. La repercusión sobre el mercado del crudo de los presuntos ataques a las refinerías de Arabia Saudí que Estados Unidos atribuye a Irán. Y, como no, el Brexit, del cual la reciente quiebra del turoperador británico Thomas Cook ya nos ha adelantado cuales pueden ser los efectos de una salida de la Unión Europea sin acuerdo.

Para España, el futuro no es mucho más halagüeño. El Banco de España ha reducido en un 0,4% la previsión del crecimiento del Producto Interior Bruto en 2019, fijándolo en un 2% Los datos del desempleo no son tampoco nada alentadores. El Instituto Nacional de Estadística muestra la reducción a la mitad en los últimos meses del ritmo de creación mensual de empleo va suponer que la tasa de paro caiga al 14,1%. España, con una tasa de desempleo que duplica la media de la Unión Europea, es el segundo país con la tasa más alta. El consumo de los hogares se ha estancado y los bienes y servicios producidos por las empresas se redujeron en un 4,2% en el primer semestre de este año respecto a lo previsto.

De ahí que el Fondo Monetario Internacional y, fundamentalmente el Banco Central Europeo hayan instado tanto a los gobiernos europeos como al español a adoptar medidas para estimular la economía y prepararse para lo que pueda suceder. Sin embargo, España, con una previsión para el 2019 de déficit público del 2,4% y una deuda pública cercana al 100%, tiene escaso o nulo margen de maniobra para poder para hacer frente a la crisis. Nada que ver con Alemania, que cerca de la recesión ha inyectado en la economía 50.000 millones de euros en gasto público.

Y la pregunta es, ante este previsible escenario tan adverso ¿Qué van a hacer nuestros políticos? ¿Van a hacer oídos sordos de que viene el lobo? Curiosamente, nos encontramos ante una situación similar a la crisis de 2008, cuyas consecuencias fueron y aún siguen siendo dramáticas. La historia se repite. De forma idéntica, entonces también estábamos ante la convocatoria de unas elecciones generales. Sin embargo, esperemos que no ocurra igual que entonces. Nuestros gobernantes, para no generar alarmar ante las elecciones, negaron que se tratara de una crisis y aseveraron que únicamente era una fuerte desaceleración, un frenazo. La tardanza en reaccionar y adoptar medidas para contrarrestar la crisis supuso agravar sus efectos devastadores, sobre todo en las clases más desfavorecidas. Según la Oficina Europea de Estadística, en 2008 el número de españoles en riesgo de pobreza o exclusión social aumentó de un 23,8% a un 26,6% en 2017. Es decir, más de 12 millones, ocupando el tercer puesto de los países de la Unión Europea.

Esperamos que ahora, no se vuelva a caer en el mismo error y prevalezca el interés general de la ciudadanía en lugar de los intereses partidistas. Sin embargo, escuchar al Presidente del Gobierno que podemos estar tranquilos, puesto que España aún tiene margen de maniobra, ya que comenzó su recuperación mucho después que el resto de países de Europa y que aquí llegará más tarde, no es nada alentador. El que nuestros políticos nos hayan abocado a las cuartas elecciones en cuatro años y que, probablemente, haya que prorrogar por tercera vez los presupuestos del Estado, dice poco de nuestros gobernantes. Y, desgraciadamente, son síntomas de que se va a volver a repetir la misma historia. Lo importante no es velar por el interés de la ciudadanía, sino por el egoísmo partidista. En lugar de dialogar y llegar a acuerdos, es más importante enzarzarse en luchas dialécticas improductivas de quién duerme bien por las noches, de recomendar que cambies el colchón, si antes eras mi amigo a ahora no te quiero, contigo no voy a ninguna parte… No en vano, el último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) sitúa a los políticos, como el segundo problema del país, con un 45,3% de los encuestados, por detrás del desempleo.

 

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