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TRIBUNA INVITADA / OPINIÓN

Política: emoción, razón y posverdad

5/03/2017 - 

Desde hace varias décadas, la psicología científica viene defendiendo y demostrando (y quizá advirtiendo) que la realidad no desencadena directamente emociones en los seres humanos.

Nuestras emociones (ira, alegría, tristeza, asco, miedo, sorpresa y sus combinaciones) no se activan por la mera percepción de los hechos, sino que éstos (la realidad objetiva), son analizados desde el pensamiento antes de que se produzca la emoción. De hecho, la emoción es imposible si no hay pensamiento previo (tan rápido a veces, que parece un automatismo). Pongamos un ejemplo: la visión de la muerte de un animal (hecho objetivo) puede terminar generando muy diversas reacciones emocionales, desde el aplauso entregado hasta el profundo dolor, y eso depende del análisis que cada cual hace del hecho real, un proceso que tiene lugar en el Sistema de Creencias, que se constituye como un elemento esencial del flujo realidad-sistema de creencias-emoción-comportamiento.

El Sistema de Creencias se construye y modifica a lo largo de la vida y se nutre de valores, actitudes, convicciones, intereses, elementos culturales, conocimientos y un larguísimo etcétera de entradas externas y pensamientos propios, que interpretan la realidad, pasándola de objetiva a subjetiva.

El psicólogo Albert Ellis se percató de la existencia de creencias erróneas, capaces de desencadenar emociones negativas, dañinas para el individuo y –añado- para la sociedad en la que el individuo se mueve y actúa, que pueden derivar en opiniones y conductas colectivas o públicas basadas en el error y no en la razón.

El terrorista que ejecuta inocentes, incluso inmolándose con alegría, así como el que le aplaude o justifica, no son enfermos, como solemos explicarnos para darnos lejanía y tranquilidad por tanto, sino personas como nosotros, pero con un sistema de creencias con errores letales.

Nadie está libre de sus creencias erróneas: cada día de nuestra vida se nos bombardea con miles de ellas, en eso que ha venido a llamarse posverdad: la opinión pública se manipula mejor trabajando sobre creencias de emoción rápida. Si miramos bien, en el amplio territorio de la política y de los juegos de poder este fenómeno es extenso y tangible, y lo seguirá siendo mientras sea rentable. Así, se crean enemigos ficticios, se modifica la historia, se culpabiliza a inocentes, se  eleva a mediocres, se hunde a brillantes, se empiezan guerras.

España nos roba; los extranjeros nos quitan el trabajo; esos quisieron exterminarnos; nosotros sí somos de izquierdas; derecho a decidir o con Franco vivíamos mejor son ejemplos de este juego de dogmas interesados que no resisten comprobación ni matices ni lo pretenden, pero activan resortes que pueden cambiar (a peor) comportamientos individuales y sociales, que a veces nos llevan a vehemencias destructivas o a flagrantes contradicciones, como la de encajar izquierdismo y ultranacionalismo burgués.


Contra esto sólo cabe mucha revolución individual. Una revolución imprescindible, serena, empática, reflexiva y humilde. Son aspectos que no pueden soslayarse y requieren un tiempo que vale la pena. Y como dice el presidente Ximo Puig, la realidad no puede caber jamás en un tuit

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