Opinión

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El país de las maravillas

Publicado: 16/01/2026 ·06:00
Actualizado: 16/01/2026 · 06:00
  • El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.
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¿Para qué preocuparse por resolver los problemas reales de la ciudadanía cuando, por el mismo y cuantioso salario público, puede construirse una realidad paralela en la que abundan los escenarios idílicos y se disuelven todas las preocupaciones? Esta parece ser la insensata lógica que guía la actividad de muchos políticos de este país que solo existe para usted y para mí. No para ellos, cómodamente instalados en el plácido marco mental de sus propios relatos.

En el maravilloso país de los políticos, la vivienda abunda por doquier, fruto sobre todo de los incesantes anuncios del presidente Sánchez. Tantos, que algunos de los pisos prometidos parecen haberse edificado sobre otros previamente anunciados. Y si en algún momento flaquea la vivienda pública, no por falta de oferta sino por escasez de imaginación, irrumpe la vicepresidenta Díaz, subida a su flamante unicornio rojo, para asegurar que todo cambiará cuando llegue al Gobierno del que, sin saberlo, forma parte desde hace años.

Instalados en su remoto país, los gobernantes renuncian a ejercer el papel que corresponde al Estado en una economía capitalista mixta: influir de forma efectiva en el mercado mediante la creación de vivienda pública. Eso, claro está, exige trabajo, planificación y recursos. Mientras tanto, el ciudadano padece las consecuencias de una subida desbocada de los alquileres y muchos ya ni siquiera pueden permitirse soñar con una vivienda en propiedad. El historiador holandés Rutger Bregman lo ha expresado con lucidez en una reciente entrevista: “La izquierda es muy buena señalando injusticias, pero eso puede convertirse en una excusa para no hacer nada”.

En ese paraíso artificial donde el coche oficial sustituye al autobús, la inflación no erosiona el poder adquisitivo de los ciudadanos. Al contrario: es presentada como un síntoma de fortaleza económica. La economía va como un cohete, nos dice el Gobierno, ya sea el del Estado, el de la comunidad autónoma o el de su municipio. Da igual dónde lea esto. Sin embargo, que España, por ejemplo, siga figurando entre los países con mayor desempleo juvenil de Europa es un detalle que el discurso institucional elude sistemáticamente.

No se extrañen tampoco de que en aquel país fantástico encuentren a un constatado hombre de Estado como Oriol Junqueras arreglando la financiación de todas las autonomías y, ya de paso, la de la suya propia. Allí mismo, la situación de Cataluña aparece plenamente normalizada, pese a que los dirigentes independentistas reiteran que su objetivo sigue siendo la secesión y que, de tener ocasión, volverían a protagonizar la asonada de octubre de 2017.

En el mismo país pueden toparse con el líder de la oposición anunciando reformas destinadas a dificultar que los políticos esquiven la acción de la Justicia mediante el aforamiento. Lo hará desde el atril, mientras tolera que Carlos Mazón conserve su escaño en las Cortes Valencianas y disfrute de los privilegios de un cargo que quedó deshonrado durante su mandato.

El propio Mazón, entre la mentira y el pisito de expresident en la Explanada, podría aparecer respondiendo con un displicente “Dios dirá” al ser preguntado por la posibilidad de repetir como candidato a la presidencia de la Generalitat, en aquellos tiempos en los que aún alimentaba la descabellada esperanza de salvarse políticamente.

Del mismo modo, no debería asombrarse por encontrar en ese país de fábula a representantes de la derecha más dura alertando de una supuesta amenaza contra el castellano en la Comunidad Valenciana y defendiendo, sin rubor, que la mejor forma de preservar las señas de identidad valencianas consiste en reducir al mínimo la lengua propia.

Ese país de ensueño en el que habitan los políticos es posible porque, paradójicamente, se nutre del sectarismo ciudadano: un fanatismo doctrinario que impide análisis racionales, realistas y honestos. Aferrados a sus dogmas, cada cual defiende y aplaude sin fisuras todo lo que hace quien comparte su ideología, mientras ve al mismísimo demonio en cualquiera que discrepe. Este enfrentamiento permanente es el alimento que sostiene el confortable país imaginado por la clase dirigente.

Lewis Carroll concibió Alicia en el país de las maravillas como una alegoría del tránsito entre la infancia y la madurez, un viaje poblado de destellos oníricos y personajes estrambóticos. En la versión cinematográfica de Tim Burton, la protagonista exclama: “Quiero despertar. Esto es solo producto de mi pesadilla. Solo tengo que pellizcarme”. Pues eso. Apliquémonos el cuento. Y maduremos.

Juan Enrique Ruiz es periodista y profesor de Historia.
 

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