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TRIBUNA LIBRE

Casa, casita, caseta

Publicado: 19/06/2026 · 09:14
Actualizado: 19/06/2026 · 09:14
  • Bad Bunny.
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Blade runner —la buena— se estrenó cuando ninguno preveía el modelo de ciudad que iba a venir. La película mostraba una distopía ecléctica de caos e hiperdensidad poblacional, rascacielos que contenían elementos mayas y barrocos, edificios de otros tiempos casi a punto de ruina y grandes torres de un skyline controlado por megacorporaciones. Los espacios públicos perdían su razón de ser, los jardines cedían su lugar al hormigón y la ciudad se componía de guetos con diferentes usos y habitantes que les conferían su personalidad.

Esta primera quincena de junio, Madrid se ha convertido —de manera involuntaria— en ese maremágnum ecléctico que predecía la película de Ridley Scott. No es que hayamos presenciado una etapa oscura, violenta o apocalíptica, sino que la ciudad se ha convertido en ese espacio posmoderno y especializado, anárquico —en apariencia— y diverso, donde el caos ha sido la norma en tanto que desorden ordenado. En Madrid han convivido los conciertos de Bad Bunny, la feria del libro y la visita del papa, León XIV. El primero movilizó a unos quinientos mil espectadores que llenaron una zona en las afueras y aledaños, y dejaron su impronta en vías, metros y demás accesos, colmaron sus rincones de color, pavas puertorriqueñas (hablo del sombrero, que nadie se escandalice) y unas cámaras colgantes de juguete con destellos. Los segundos ocuparon una franja de ida y vuelta, muy cargada de tinta, poca ropa (por calor), unas bolsas feas —las que dan en todos los puestos—, mucho helado de colores, expos de fotografía al aire libre y un paseo obligado hasta los bares que quedaban muy cerquita de esa zona y donde ofrecen ese streetfood tan castizo que son las tapas y las cañas consumidas en aceras y de pie. El tercero provocó olas humanas, escenas en blanco y amarillo, y mucho júbilo, hermandad y merchandising, tanto como confusión circulatoria para aquellos que se atrevieron a coger el coche en esas fechas.

Al espacio urbano de Madrid no le faltó anarquía, diversidad, personajes sobreexcitados (en el sentido anglosajón), luz, neón, vigilia y codicia. Sin embargo, este urbanismo sobrevenido —esta idea de ciudad— no generó —como lo hizo en Blade Runner— individualismo exacerbado, alienación o violencia estructural. Hay algunos que blandirán el elemento espiritual, lúdico o erótico de cada uno de estos eventos como argumento para entender la deriva no conflictual y, sin embargo, no. El conflicto no se dio porque —más allá del componente erótico o lúdico o espiritual— el Papa, Bad Bunny o el libro ofrecían algo que les une más allá de lo evidente o contradictorio: cobijo. 

Para todo el que profesa una de esas tres creencias, el libro, el Papa o Benito son pilares todos ellos de su fe. Y la fe —normalmente— reconforta, otorga paz y esperanza, cuida, sana y ofrece espacios de diálogo entre individuos. La cohabitación, el efecto espejo dentro del grupo, la grandilocuencia del mensaje, la exaltación de los valores que les son comunes, la destrucción de las barreras y, ante todo, la generación de un safe space en el que todo vale, todo fluye, todo es luz, alma y refugio, provoca que en los tres contextos se utilice una misma palabra: Casa. En mayúsculas para la religión, en diminutivo para la música y con connotaciones cariñosas para el elemento aparentemente más árido de los tres. Casa, casita y caseta.

Los estudios que se vienen realizando sobre hábitos y comportamiento de la juventud reflejan un incremento de la espiritualidad. Más allá de las confesiones tradicionales, cerca de un tercio de la juventud se define como espiritual, y es que lo espiritual protege contra la depresión y la ansiedad, genera resiliencia, gratitud y optimismo, y fomenta -según ellos- la demanda de espacios que fomenten la comunidad, el desarrollo personal y la autenticidad. Es decir: Casa, caseta y casita. Papa, libro o Bad Bunny. O lo que es lo mismo: hogar. 

Dicen que ahora el urbanismo busca generar núcleos de población dentro de la ciudad que a su vez provoquen cohesión y sentimiento de pertenencia a esa comunidad. ¿Será que ahora no son suficientes los polos de espiritualidad aquí citados para generar microsociedades más cohesionadas? O ¿será más bien que este urbanismo posmoderno es mucho más fácil de controlar lejos del caos que pueden generar las superestructuras espirituales —gnósticas o agnósticas—?  Quizá, en el fondo, el universo de Blade Runner tiene menos de caos que de utopía. Quizá, en el fondo, Scott habló de un hecho conflictual dentro del orden. Quizá lo que otros buscan no es más orden sino una superestructura de control. 

Blade Runner está basada en un guion que se inspiró en el libro ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, que fue escrito por Philip K. Dick, oriundo de Chicago, la ciudad que sentó las bases del urbanismo moderno y que asimismo vio nacer un tipo de música que pasó pronto a llamarse house. Casa, caseta, casita, house. Quizá, en el fondo, sigue siendo necesario aprender un poco más de aquel espíritu que sonaba a unas 120 revoluciones por minuto —más o menos—.

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