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Un martes cualquiera en La Bombonera

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SANT JOAN D'ALACANT, Os proponemos un pequeño ejercicio, práctico y sencillo: poneos en la piel -y en los ojos y las manos-de un niño de 8, de 11 o de 15 años,  que entrena, juega y viste cada semana la camiseta del Handbol Sant Joan, el estandarte de “ese otro balonmano alicantino”, que crece aquí al lado.

Pensad en lo que significa para él -o para ella- completar un día largo en el colegio, salir de casa con la madre o el padre hacia la pista exterior, arrastrando al hermano pequeño con un Pokémon en una mano y un balón en la otra, ensayar una merienda en el coche, ordenar los deberes, encajar la preparación de los exámenes con los entrenamientos, acudir un miércoles, -¿entre semana, perdona?-, a Elche, a Elda o a Torrevieja a jugar un partido aplazado y poner ganas, buena cara y mejor disposición para calzarse las zapatillas y encontrarse con los compañeros, ahora que, a golpe de realidad y madurez, va sabiendo que se cuenta con él y lo esperan.

Acompañemos a Nico, a Enzo, a Puri, a Remi, Jesús, León o a Thiago al polideportivo, pongámonos junto al alevín, hombro con hombro con el adolescente y el junior, en ese ritual iniciático renovado que supone entrar en el pabellón de San Juan, la conocida “Bombonera”, entre gamas de azules y blancos, una temperatura constante -ni frío ni calor- y la música clandestina de Jesús Portero, el responsable de haber llevado al club a una etapa tecnológica que apenas soportan, gruñendo, los Pentium IV que hacen funcionar la instalación.

En ese mismo escenario en el que el primer equipo se asoma ya al play-off de ascenso a la División de Honor Plata, en ese pabellón en el que resuenan los ecos de las instrucciones ejecutivas de los centrales, los del rumor del público y los bombos, en el que persiste el olor de la pega y el recuerdo de las batallas libradas, tienen los chavales de Sant Joan, con una mezcla de suerte y magia de las planillas deportivas, una hora y media de entrenamiento, un hueco en el día en el que todo se pausa menos el balonmano en equipo.

Allí dentro se acumulan horas de ensayo y error que se repiten temporada tras temporada: el pase que no llega, el lanzamiento que se va fuera, la jugada que al tercer intento empieza a salir. Poco a poco aparecen los automatismos, la inercia y los resultados que acompañan al aprendizaje y al talento: el “pasa y va”, la circulación del balón, los cruces, las ayudas defensivas, la presión a la primera línea que convierte este deporte en un juego rápido y vertiginoso, incluso desde las primeras edades.

Un lugar en el que se ensaya el balonmano, pero en el que también se aprende a escuchar, a convivir con la derrota, a ser magnánimo y elegante en la victoria, a entender y disculpar a un compañero cuando un balón se cae, se malbarata una jugada o se yerra un lanzamiento. El rincón de pensar en el que se descubre cómo gestionar ese arranque de rabia cuando el árbitro, con la pericia de un halcón peregrino, ha logrado ver, desde el área contraria, una mano empujando a un contrario donde sólo había un amago y una añagaza.

Si los sábados o los domingos son el frente y la fiesta para el Primera, el Segunda y las guerreras del Femenino, la semana, en lo que va del lunes al viernes por la tarde, constituye el territorio soberano de la cantera del club, el escenario en el que el centenar de chavales regresa disciplinado a entrenar y a convivir, mientras la vida sigue su curso fuera del pabellón, con su propio ritmo y destellos, y el deporte se integra en ella como una escuela silenciosa donde, casi sin notarse, se van formando el carácter, el genio y la personalidad.

De las horas acumuladas en categorías de base, de la constancia de los jugadores más jóvenes y del acompañamiento cercano y sincero de quienes rodean cada entrenamiento depende el éxito de cualquier proyecto deportivo serio, y eso, en el Handbol Sant Joan, donde no queda ya nadie que no quiera estar, es algo que se conoce bien. Allí donde los manuales de Recursos Humanos hablan de gestión de personas, desarrollo del talento y mediación de conflictos, la práctica del día a día del club nos demuestra que un brazo sobre el hombro, una mirada a tiempo y dos palabras de consuelo funcionan mejor que la doctrina que se aprende en las más celebradas escuelas de negocio.

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Y en ese management de lo sencillo, en esa mentorización sin épica, es donde sobresale la labor de los entrenadores de las categorías inferiores, ese grupo de técnicos – Javi Ujeda, Pablo G. Caturla, Julen Valero, Salva Gil, Luis Riera o Jorge Estévez junto al staff integrado por Juan Carlos, Jesús, Adán, Juanmi,  Andrés y Aína)- que nunca saldrá en El Día Después pero que ha formado una sociedad robusta y vocacional de expertos en la que descansa el esfuerzo y el compromiso del club por  acompañar a los jugadores en su crecimiento deportivo y personal.

Entre órdenes y consejos, esta universidad discreta de entrenadores del Handbol Sant Joan, a los que veréis con la red rebosante de balones de un lado a otro, logra engañarnos a todos, pues mientras parece que enseñan balonmano y transmiten los fundamentos esenciales de este bello deporte, instruyen en cosas mucho más importantes y duraderas: el compromiso, el valor del esfuerzo compartido, el respeto al rival y al diferente, la disciplina del entrenamiento y la idea sencilla -pero exigente- de competir para hacerse uno mejor mientras mejora el equipo, especialmente cuando las cosas se ponen difíciles.

En ese espíritu se enmarca el II Campus de Semana Santa CHSJ, que el club celebrará los días 7, 8, 9 y 10 de abril de 2026 en el Polideportivo de Sant Joan, en horario de 9:00 a 17:30 horas, y que está dirigido a jugadores nacidos entre 2008 y 2017, y abierto a todos quienes en la comarca tengan estima por el balonmano auténtico. Cuatro jornadas de convivencia en Sant Joan, con el apoyo del municipio, en los que habrá entrenamientos específicos por puestos, juegos, actividades, invitados especiales y un pack de bienvenida con camiseta y mochila para los participantes, en los que seguir disfrutando del deporte durante las vacaciones, y, de paso, echar una mano a las familias en esa segunda semana sin colegio.

Volver y volver a la cotidianidad del esfuerzo compartido; es ahí donde empieza todo. Y quién sabe: quizá dentro de unos años alguno de esos chavales vuelva a entrar en la Bombonera con otra camiseta, con más galones y menos deberes pendientes, recordando que todo empezó aquí, un martes cualquiera, después del colegio y las otras obligaciones.

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