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'The Pitt': qué gran segunda temporada y qué bello capítulo final

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VALÈNCIA. La segunda temporada de The Pitt, la serie médica que, el año pasado, nos sorprendió a todos por su calidad y potencia y ganó todos los premios posibles, no ha defraudado. Sigue la calidad, la intensidad, la coherencia y todo aquello que convirtió a la serie en imprescindible. Y lo ha hecho cumpliendo esa buena costumbre que muchas producciones han perdido y que, como espectadora, no puedo más que agradecer: cada año una temporada, nada de esperar largos periodos con plazos imposibles en los que te olvidas y descuelgas de la serie. De hecho, ya han anunciado la siguiente temporada para principios de 2027. Gracias, ahí estaremos.

La acción se retoma diez meses después del final de la primera temporada y mantiene la misma estructura de una guardia completa, la del turno de día del hospital, en el que cada capítulo es una hora de acción. Ahí siguen sus temas: la entrega máxima del personal médico, quemado y puteado por un sistema fallido y la falta de recursos, la denuncia de la carencia de atención sanitaria a gran parte de la población estadounidense, la denuncia también del racismo y el sexismo y, este temporada, con aparición estelar del ICE y su actuación violenta y fascista contra las personas migrantes. Quizá ha ganado en crudeza en la mostración de las heridas y las cirugías. A quienes han criticado que esta segunda tanda es más de lo mismo les digo: sí, afortunadamente. ¿Cuál es el problema? ¿Qué tiene que innovar una serie cuya propuesta ya era innovadora el año pasado (ahora volveremos sobre ello) y que funciona de maravilla, ofreciendo un altísimo nivel en todos los rubros: guion, realización, interpretación, etc.? Pues sí, The Pitt es The Pitt y espero que siga siéndolo mucho más tiempo.

Vamos con lo de la innovación. Se ha dicho, y es cierto, que hay cierto clasicismo en la serie, por el hecho de ser una serie de hospital, todo un subgénero en el mundo de la ficción serial, centrada en los casos médicos y en las vidas del personal sanitario, con la habitual presencia de complejos dilemas éticos y la convivencia entre la vida y la muerte, la esperanza y la impotencia, el dolor y la alegría que un lugar como un hospital propician. Es esa sensación de estar ante una serie “como las de antes”, que va a lo esencial. Siendo todo esto cierto, su propuesta estética y narrativa son bien singulares. Ya comentamos algo en su momento y ahora vamos ahondar en ello. La rigurosa unidad de acción, tiempo y lugar le confiere un tono muy particular y obliga a un gran ejercicio de concentración que se resuelve en un magnífico trabajo de guion y puesta en escena. Hay dos elementos centrales, y muy radicales ambos, en la concepción narrativa y estética de la serie:

El primero. La cámara sigue escrupulosamente al personal sanitario y solo a ese grupo de gente: entramos con ellos en las habitaciones y las salas cuando van a ver a un enfermo y salimos con ellos cuando se van de allí, dejando al enfermo fuera de campo hasta que alguna doctora o enfermero vuelva a entrar, lo cual puede suceder tres capítulos después. Siempre estamos en el punto de vista de los profesionales. La cámara nunca permanece en la habitación de la persona enferma, solo la vemos cuando hay alguien del personal, porque esto no va de sus vidas, sino del ejercicio de la profesión médica y del funcionamiento de un hospital. Y como va de eso, tampoco hay aquí los habituales líos amorosos y eróticos que abundan en las series médicas. Se apuntan algunos acercamientos, quizá un atisbo del pasado en algún caso, pero son gestos, una línea de diálogo, una mirada que actúan como telón de fondo sin auténtica relevancia.

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El segundo. No hay acompañamiento musical. Nunca. El drama, la emoción, el sentimiento surgen de las propias situaciones, de los diálogos, de la interpretación, sin subrayado musical alguno que entre en nuestro cerebro y nos haga sentir cosas aunque no queramos, porque ese es el poder de la música. Esta es una decisión muy radical. Prueben a pensar sin música muchas series y películas y se darán cuenta de hasta qué punto es la que construye el sentido de las secuencias e imágenes, porque su función suele ser narrativa, y cómo se quedan cojas y desvalidas sin ella. La música solo suena al final del capítulo, en los títulos de crédito, y no siempre.

Con un protagonista, excelentemente interpretado por Noah Wyle, al borde del colapso, como el propio hospital, y un ritmo frenético que nunca decae y da la medida de la realidad de la sección de urgencias de un hospital, el bello final de la temporada opta por dejar de lado el espectáculo y el dramatismo para girar hacia lo íntimo y el recogimiento, una emoción alejada del frenesí, la tragedia y el dolor que hemos vivido en la temporada. Espoilers aquí. Un agotado Robbie que encuentra consuelo a su desesperación e impotencia abrazando a un bebé, preciosa e inolvidable secuencia. El gesto simple del equipo viendo en silencio desde la azotea los fuegos artificiales del 4 de julio, siendo dolorosamente conscientes de que esa nación que festeja su día está colapsando y no funciona. La pura expresión de los sentimientos en dos conversaciones muy sinceras y hondas entre hombres heteros que entienden la necesidad de cuidar a los amigos que se sienten perdidos. Un karaoke entre dos colegas que no son amigas, además de muy diferentes entre sí, capaces de soltar la ansiedad que sí comparten cantando a voz en grito a Alanis Morrisette. Qué bello capítulo de final de temporada nos ha regalado The Pitt

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