Música y ópera

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Cuando la MTV retransmitió a Guns N’Roses en el Ritz en 1988 y arrojó una bomba de neutrones en la escena rockera mundial

El programa de la MTV Live at the Ritz cambió el rumbo de la industria musical con la aparición de Guns N’ Roses en febrero de 1988

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VALÈNCIA. Como un elefante en una cacharrería entraron Guns N’Roses en el mainstream. Las canciones eran caóticas, la puesta en escena se componía de borrachuzos vestidos con ropa recogida de contenedores de basura de señoras mayores angelinas y las letras reflejaban la vida del inmigrante del interior estadounidense en California, una persona que sobrevivía con el trapicheo, temía por su vida por las noches y pasaba largos periodos de sin techo hasta que lograba compartir un piso, o un trastero, con alguien. 

Al contrario que muchos grupos de música, GNR eran reales. No eran universitarios representando un papel. Por eso, en sus años de locura, los cuatro primeros, del 86 al 90, prendió todo como el fósforo y, en los años del orden profesional, del 90 al 94, todo se apagó hasta desvanecerse lentamente entre adicciones, delirios y la putrefacción en giras mastodónticas interminables. 

Si hubiesen sido grandes profesionales dispuestos a enriquecerse y lanzar una OPA contra IBM en un momento dado, como Metallica o U2, no hubiese existido la primera época explosiva, impredecible, excitante. Y como eran reales, no pudieron domesticarse e insertarse en el funcionamiento cíclico de la industria de giras y lanzamientos discográficos. El precio de la calidad de GNR, de su pureza, es que el grupo no pudo durar treinta años ininterrumpidos como un Bon Jovi o ni siquiera unos Aerosmith. Algo así es breve porque si durase no sería lo que es. 

No nos engañemos, la drogadicción y el alcoholismo sí que son insertables en el negocio y sus dinámicas. Así como las rehabilitaciones y las recaídas. El problema principal de GNR fue la megalomanía creativa, que es donde estaba su verdadera genialidad y locura.  

GNR publicaron en 1987 el disco perfecto. No en vano, es el disco de debut más vendido de la historia. Si bien hay discos que son importantes porque contienen un gran acierto, en Appetite for destruction habría que hacer una lista extensa. Para empezar, era un LP de retorno a un pasado edénico. Las producciones ochenteras a mediados de la década eran o muy artificiosas o muy metálicas, GNR recuperó el sonido de guitarras de los años 70, el de los grandes clásicos. Además, eran un grupo de hard rock, pero con una fuerte influencia de los Sex Pistols. Y todo el conjunto, tampoco le era ajeno al punk y hardcore californiano, lo que se reflejaba en la velocidad a la que tocaban sus canciones, las cuales, también hay que señalarlo, eran perfectas. Al público le cayó todo el pack como una bomba de neutrones. 

No obstante, si uno analiza las demos del grupo y su proceso creativo, cae en la cuenta de cuál era el factor más importante, la fórmula del éxito. Se nota, por ejemplo, al escuchar Nightrain cantada por el guitarrista Izzy. Lo que aportaba el cantante, Axl Rose, a las canciones, aparte de la energía y el tono de voz, era un componente melódico que las elevaba, tanto en melodías como en intensidad, muy por encima de la media de lo que estuviera haciendo cualquier otro grupo del dial. Este hombre sufría de una acusada inestabilidad mental, desregulación emocional, etc… etc… pero era indispensable para GNR porque él era el factor diferencial y, como tal, se erigió en director de orquesta. 

Cuando Axl Rose se tuvo que enfrentar a las grabaciones que tenían que suceder a Appetite, él no quiso entregar otro Appetite. Esta es una de las pruebas palmarias de que estaba loco, porque si algo funciona, y nada había funcionado mejor en la historia, el negocio está en repetirlo. Nadie, nunca, te dirá que hagas lo contrario o que te desvíes de lo que ha funcionado. Pero él tiró por ahí. Eliminó la cualidad más preciada de Appetite, su sencillez, y lanzó un disco cuádruple en el que tocaba, con ambición, todos los palos que le gustaban. 

Hay heavy metal, hay punk rock, hay Rolling Stones, pero también hay proto-grunge, baladas megalómanas y varias canciones en la escuela de uno de sus ídolos, Elton John. La operación fue exitosa. Todas las canciones sin excepción son muy buenas cada una en su estilo. Vendió como churros, conquistó el mainstream pero el cantante, en su empeño por seguir avanzando, murió artísticamente. Quiso que el siguiente disco fuese otra revolución en su mente y, en el intento, se cargó el grupo y a sí mismo, porque para conectar con el rock industrial y otras vanguardias surgidas mientras él triunfaba con su revival, hacía falta algo más que voluntad. Sin embargo, el loco, porque estaba loco de verdad, como estamos insistiendo, se empecinó en lograrlo ignorando cualquier dirección de marketing, consejo empresarial o deseos de sus millones de fans. Condujo en dirección contrario, era él solo contra el mundo… y salió mal. Fracasó y se acabó. 

En España, rara vez la prensa especializada valora esta singular odisea. En un país tradicionalmente fanatizado y de curas agresivos, el qué dirán hace estragos. Entre la explosión del grupo, que se produjo en los círculos heavy metaleros, y su aparición en Los 40 Principales, hubo muy poco tiempo, que además coincidió con el surgimiento del grunge, de modo que para el público quedaron muy rápidamente categorizados como grupo para chicas entre 14 y 16 años, el segmento de oyentes con menor prestigio, aunque en mi opinión está constatado en la historia del pop que es el que mejor gusto tiene. Es el que lanza a Elvis, a los Beatles, es para el que se crea Motown, la razón de ser del doo wop… y un largo etcétera.

Con esa etiqueta, GNR cayeron muy rápido en el olvido, volaron de las carpetas y sus camisetas, que en 1992 fueron omnipresentes, para el 94 no quedaba ni una. En la memoria colectiva de la generación X estos esquemas no se han movido. Se repite de forma acrítica y machaconamente que eran un grupo que estaba bien al principio, pero que luego las baladas ya no molaban. 

En televisión, hubo tres grandes hitos para GNR en España. El primero, fue la retransmisión de su concierto de París de 1992 por Antena 3. El único problema es que, para mi gusto, ahí ya sonaban encorsetados. La química del grupo con los nuevos temas y los grandes escenarios fue muy relativa. También se emitió en TVE-2 el homenaje a Freddy Mercury, donde  GNR eran el plato fuerte, el Paradise City que interpretaron todavía conservaba algo de vitaminas y Knocking on heavens door fue la canción de moda ese verano. 

Pero esto fue el reflejo de un grupo de éxito en los medios, no tuvo mayor historia. Lo que sí que fue un hito había sucedido en la MTV en 1988, cuando se retransmitió su aparición en el Ritz de Nueva York, un escenario perfecto para lo que tenían que ofrecer en aquel momento, y en un espacio fijo que tenía la cadena para dar un concierto entero cada sábado noche en el prime time. Esas costumbres televisivas en decadencia.

En las declaraciones sobre ese día que ha recogido Anchel P. Solana en su libro El crimen perfecto queda bastante claro lo que ocurrió: 

Slash: “Ahh, odio ese concierto. Sé que a todo el mundo le gusta, pero fue la peor performance, especialmente por mi parte. Fue especialmente malo ¡El público me hizo de todo! Desafinaron mis guitarras y me desconectaron los jacks. Estábamos todos desafinados durante las tres primeras canciones. Fue un caos”. 

Duff: “¡Es malo, terrible!” Mi bajo estaba desafinado en dos canciones. Creo que a la gente le gusta verlo como cuando pasas por delante de un accidente automovilístico y alguien está mutilado, ya sabes, es como si no pudieras evitar mirar”. 

Axl: “Fue otra de esas noches en la que dimos un gran show para divertirnos y la multitud se volvió loca. El concierto no fue necesariamente tan bien como creo que debería haber ido. Teníamos solo un monitor en el escenario y aquello parecía The Twilight Zone. Me tiré del escenario al público y mi camiseta de Thin Lizzy se despegó de mi cuerpo. El público me agarró por los collares, empezaron a asfixiarme, me tiraban del pelo. Un chaval tenía mi brazo entre sus rodillas rodeándolo con las piernas y pasando el brazo por detrás de la espalda me agarró la mano para robarme las pulseras, y no tenía pensado soltarme hasta conseguirlas. No le pude dar un puñetazo porque Doug Goldstein –tour manager de GNR- me estaba agarrando el otro brazo y yo estaba intentando volver al escenario mientras me partían por la mitad. Había 30 personas empujando para devolverme al escenario y otras 30 intentando conseguir un pedacito de Axl. Fue una pasada”. 

Todo esto ocurría, además, a toda mecha, porque al ser una actuación televisada el grupo solo tenía una hora exacta para interpretar todas las canciones, con lo que el concierto no te deja ni respirar (de hecho, sacaron una, Mama Kin). En España, lo retransmitió Canal 33 en Catalunya, en el programa Sputnik. La inmensa mayoría de aficionados tuvimos que comprarlo en cintas VHS regrabadas por un ojo de la cara. En la mía, cada vez que decían “fuck” o “motherfucker” saltaba un pitido de censura. 

Para la cadena, que entonces estaba muy volcada en el glam metal azucarado y estilizado, semejante barrabasada la situó en la vanguardia del rock “auténtico”. La industria en aquel momento estaba centrada en lo espectacular y lo virtuoso, pero tras este concierto, que fue un antes y un después, se fueron a buscar grupos que volvieran al rock hacía diez o quince años, que pudieran sonar “mal”. Esto permitió que los primeros grandes nombres del rock de los 90, de Black Crowes a Nirvana, firmasen buenos contratos y vieran lanzadas sus carreras. Es decir, fue un cambio sustancial en todo. 

En 1991, se volvió a registrar una nueva cita de GNR en el Ritz. Esta vez con cámaras de cine. Visualmente, es espectacular. Los nuevos temas suenan mejor que después, pero Axl Rose ya tiene la voz muy castigada, lo que en lo sucesivo sería una costumbre. Su misión artística en este mundo ya había concluido. 

 

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