MEMORIAS DE ANTICUARIO

¿Podemos hablar de una arquitectura rural valenciana?

19/08/2018 - 

VALÈNCIA. Observo desde hace algún tiempo una mayor preocupación social por la defensa del patrimonio rural, tanto arquitectónico como etnográfico (aquí uno es difícil entenderlo sin el otro), uno de los más desprotegidos y por tanto maltratados. Se vislumbra una nueva mirada, más apreciativa, de la huerta por parte de los ciudadanos, tras décadas destructivas, quizás iniciada a partir del infausto suceso de La Punta (Pinedo) hace una década. No obstante, queda todavía mucho por hacer, y parece que damos un paso hacia atrás cuando recibimos noticias como la del reciente derrumbe parcial, acontecido en la Alquería del Moro en Benicalap. Así que conviene estar alerta.

A colación de ello me pregunto si existe un corpus más o menos extenso de ejemplos que nos lleven a pensar en una arquitectura rural valenciana que si bien, formalmente es un catálogo del todo heterogéneo en su tipología, sí que podamos tener a mano un número de ejemplos autóctonos que no se dan fuera de nuestros lindes. La alquería, la barraca, el riurau, los neveros, las ceberas son muestras, seguro que hay más, de una arquitectura eminentemente utilitaria, pero más allá de unas características estilísticas en su arquitectura, propias y destacables.


La alquería como principio de todo

Entre el siglo XIV y hasta el XIX la alquería, de origen islámico como el prefijo indica, constituye en ocasiones un conjunto de edificaciones destinadas a fines agrarios, que incluso disponían de calles internas pues eran varios los edificios que las componían. De origen señorial en un inicio, con el paso del tiempo se va convirtiendo en una gran casa rural que se emplea también para residencia. En el XIX su significado se amplia más si cabe, para designarse a cualquier casa de labor, de cierta importancia, aislada entre los campos. Existen todavía en pie alquerías de origen medieval, que afortunadamente han sido recuperadas, como la alquería Fonda en el camino de Montcada, concretamente en la localidad de PobleNou o la de Barrinto en el parque de Marxalenes intervenida hace aproximadamente una década por el arquitecto y divulgador, especializado en arquitectura rural, Miguel del Rey. La estructura de estas casas no obedece a un modelo que se repite pues en unos casos se conforman por una planta basilical como en la primera alquería citada y en otros casos más complejos se conforman por la reunión aparentemente caótica de varios cuerpos casi superpuestos en una y gran edificación. Algunas de estas alquerías, antaño aisladas y hoy embebidas muchas por la gran ciudad, afortunadamente, conservan elementos medievales como ventanas ojivales, yeserías, artesonados, suelos en barro o azulejería, lo que las convierte en testigos únicos de una forma de entender lo rural.

La alquería es por antonomasia la unidad constructiva más característica del entorno rural del área que rodea la ciudad de Valencia e incluso más allá, junto con la barraca y su protección, sin embargo, debemos reconocer que es un hecho casi contemporáneo. Sin embargo para los artistas, principalmente del siglo XIX y hasta bien entrado el XX es concebida como algo más que un simple escenario. La alquería se concibe como un elemento esencial del cuadro; de hecho en algún caso el entorno es tan importante como los personajes que componen la escena. Arquitectura, espacio y personajes forman aquí un todo. Para “retratar” el costumbrismo valenciano, parece evidente que los grandes maestros del XIX valenciano salen unos quilómetros de la ciudad y anclan sus caballetes en la alquería para contarnos, la gran mayoría de ocasiones, escenas en el exterior teniendo la alquería como telón de fondo. Este entorno colorista da para mucho y en ocasiones es un patio, otras un emparrado o la propia fachada de la casa es perfecta para dar rienda suelta a un preciosismo obsesivo en el detalle de la cerámica, cacharrería de cobre, y en el tratamiento de las texturas de los muros, la cerámica colgada o que forma parte del alicatado del propio muro. Hasta tal punto la alquería constituye un elemento evocador que muchas obras, el mismo Sorolla tiene una en este sentido, se limitan a la propia edificación y en el caso de aparecer algún personaje lo hace de forma abocetada y anecdótica.

También el maestro valenciano, antes de iniciar su etapa de madurez de amplia pincelada, tenemos un Sorolla virtuoso en detalles y texturas, así como Vicente March, Agrassot o Benlliure, como grandes maestros. Pinazo también, pero desde una visión mucho más impresionista.


Los riurau como parte del paisaje de La Marina

Ya mi padre me advirtió de su peculiaridad casi desde niño, época en la que inicié mi relación con la comarca de la Marina cuando comenzamos a pasar los veranos allí. El riurau es esa preciosa construcción llena de tipicidad, indisoluble con el paisaje de bancales, viñas, almendros y algarrobos. Configuración arquitectónica y finalidad van de la mano, e incluso la orientación, lo más soleada posible, es parte de la idea pues pretende, en esencia, la protección y secado de la uva moscatel, de cuya producción y exportación, vivía una parte de la población de la zona. El conjunto es tan sencillo como atractivo: una sucesión de arcos carnapel (pueden ser un par o llegar a ocho, incluso) en un lateral, la edificación cerrada en el lateral opuesto (aunque no siempre como sucede en algunos casos como en el de Jesús Pobre) y sobre estos una techumbre de teja a una o dos aguas. En ocasiones conserva adosada una construcción habitada de hasta dos plantas. Se emplea la piedra tosca autóctona de la comarca de la Marina concretamente de los muntanyars de Xábia, extraída de estos desde época romana, aunque en otros casos los riurau se componen de mampostería encalada. Afortunadamente en lo últimos años existe un movimiento importante de recuperación y protección de estas joyas arquitectónicas. Benissa, Xábia, LLiber, Jesús Pobre o Benitatxell entre otras localidades pueden presumir de sus riurau. Es curioso observar como muchos chalets del interior de la Marina, construidos en los años setenta y ochenta copiaron de forma parcial la tipología del riurau, con esos característicos arcos en la parte baja de la edificación.

Las últimas barracas

Se trata de la construcción que reúne una mayor tipicidad tanto al norte en la huerta como en las zonas lacustres del sur de la ciudad de Valencia. Qué decir de la construcción más entrañable y característica de las tierra que rodean la ciudad de Valencia; pues que es lamentable la desaparición de tantas de estas humildes pero dignas construcciones, con esa techumbre a dos aguas para evitar inundaciones cuando acontecen las fuertes “tronadas”, y rematadas en su fachada por una sencilla cruz en madera o hierro. De las llamadas “de pescadores”, de las que existía un gran número en el Cabanyal a la vista de los testimonios gráficos en los que aparecen decenas unas junto a las otras, prácticamente no queda ninguna salvo quizás en el Palmar. De las de huerta un número mucho menor del que sería deseable.

Como en el caso de la alquería, los artistas de la segunda mitad del XIX y primera del siglo XX pusieron su ojo pictórico en ellas. Se me ocurren óleos como “Barracas valencianas” de Peris Brell, “paraje huertano con barracas” de José Benlliure, “Preparando la fiesta del Corpus”, de Antonio Fillol que sitúa la acción ante una de estas viviendas o “Los mayos” de Ignacio Pinazo, en la que se desarrolla magistralmente con ese estilo tan nervioso y abocetado, una escena galante a la puerta de una barraca.

 
Neveros, ermitas, ceberas

Si bien los neveros como grandes receptáculos de varios metros de diámetro excavados, pueden encontrarse en distintas zonas de España, la espectacular tipología que presentan los que todavía quedan en la zona de la Sierra de Mariola es propia únicamente en esas tierras de interior. Llama la atención los potentes arcos de la cava arqueada de Agres todo un alarde de cálculo estructural, o de la de San Miguel, también en la misma sierra pero construido por encima del subsuelo. Un elemento casi mueble más que arquitectónico lo componen las llamadas “ceberas”, pequeñas construcciones en madera a dos aguas destinadas a almacenar principalmente las cebollas recién recolectadas hasta que estas encontrarán comprador. Unos elementos tan indisolublemente unidos a la huerta y que se encuentran entre la arquitectura minimalista (por tamaño en este caso)  y el mobiliario rural.

 

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