Ilustres Veraneantes

Mª José Navarro encontró el amor un verano en Mora de Rubielos

“Cuando más feliz me siento es cuando estoy con mi familia, el Museo me llena de vida pero mi mayor felicidad es estar con mis hijas y nietas.” Mª José Navarro recuerda los veranos de juventud donde conoció a su marido Rafael Gómez-Ferrer, fallecido hace siete años. Actualmente preside la Asociación de Amigos del Museo de Bellas Artes y disfruta de la cultura junto a sus amigas

7/07/2018 - 

VALÈNCIA. ¿Cómo recuerdas los veranos de tu infancia?

Los más felices de mi vida, incluyendo mi adolescencia. Mi madre era madrileña y mi padre aragonés, trabajaba en banca y por trabajo vinimos a vivir Valencia. Al principio mi madre estaba encantada con el mar pero cuando llegaba el intenso calor en verano era irresistible, y un cliente le recomendó a mi padre que fuéramos a Mora de Rubielos para disfrutar de un clima fresco en verano. Así empezamos a veranear allí y fue cuando siendo una adolescente conocí a quien luego se convirtió en mi marido, Rafa Gómez-Ferrer.

¿Cómo discurrían esos veranos en el Maestrazgo turolense?

Como casi todo el mundo, eran veranos de tres meses. Las familias que veraneábamos hicimos una intensa amistad, nos visitábamos en las casas, hacíamos excursiones en los pueblos de la zona por la Sierra de Gúdar,  normalmente íbamos al monte durante el día. También recuerdo que las conversaciones en el grupo de amigos denotaban una gran inquietud cultural, propio de aquellos años posteriores al mayo del 68. Por cierto, nosotras éramos feministas pero de verdad, creo que nos hacíamos de valer y éramos más reivindicativas y lo demostrábamos que algunas jóvenes de hoy en día. 

Aquí Mª José destaca la figura de su suegro, el ilustre doctor Gómez-Ferrer, pediatra e hijo del primer catedrático de Pediatría de Valencia, quien recomendaba a quienes vivían en el mar pasar un mes en la montaña. De ahí que muchas familias valencianas se aficionaran a esos veraneos en la zona de Teruel.

Quizá hoy en día los jóvenes se relacionan de otra manera, ¿crees que se convivía con mayor intensidad en tu generación?

Tanto es así que teníamos los mismos jerséis de color rojo, disponíamos de manteles con nuestros nombres bordados para jugar a la canasta las tardes en que llovía o diluviaba. Después íbamos al río a ver como bajaba el agua y recuerdo perfectamente el olor a tierra mojada. También organizábamos nuestra propia fiesta de disfraces y solíamos acabar en casa de Jaime Herranz, guionista de cine, que tenía un oratorio magnífico. 

Solemos albergar en nuestra memoria los recuerdos de verano de manera especial, ¿algunas rutinas de verano que tengas en tu retina?

Siempre íbamos en bicicleta a las fincas de amigos que estaban fuera del término de Mora, también me viene a la mente las intensas lecturas que luego comentábamos en grupo siendo aún muy jóvenes, algo que creo que hoy en día se ha perdido, en gran medida por el abuso de los teléfonos móviles. Leíamos y debatíamos, algo que hoy en día para jóvenes de 15 años suena extraño. Y uno de los momentos más bonitos es cuando todos juntos veíamos la puesta de sol en los Masecicos, después cenábamos y dábamos un paseo para ver las estrellas. 

El amor llegó en las montañas de Teruel, huyendo del calor de Valencia, ¿cómo fue?

Con 14 años conocí a un grupo de amigos de Valencia que estaban tocando la guitarra, y uno de ellos –Rafa Gómez-Ferrer– levantó la mirada, nos miramos y desde aquel día comenzó nuestra historia. En aquella época nos hacían unas rondallas preciosas, incluso hoy en día los joteros vienen a casa y nos rondan, de hecho fue muy especial el año en que falleció mi marido y vinieron a dedicarle una rondalla, fue muy emotivo. 

Te casaste muy joven y aunque veraneabais en el mismo sitio ¿todo siguió igual?

Así es, mi marido aprobó notarías muy pronto y nos casamos, de hecho finalicé mi carrera de Filosofía y Letras después de casarme. Él obtuvo plaza en Gandía y nos fuimos a vivir allí, así que eran veranos donde teníamos playa y montaña porque seguíamos yendo en agosto a Mora de Rubielos donde nos hicimos una casa, pero el resto de tiempo estábamos en la playa. Algunos años aprovechamos para viajar en septiembre, una época en que es muy agradable porque hace menos calor y hay menos gente, además coincidía con una época de menos carga de trabajo en el despacho de mi marido. 

 

En la actualidad presides la Asociación de Amigos del Museo de Bellas Artes, ¿por qué asumiste dicha responsabilidad?

Me lo pidió Paz Olmos a la que estoy muy agradecida, me llamó al mes de fallecer mi marido y siguiendo el consejo de una amiga le dije que sí. Me impliqué en cuerpo y alma en la Junta Directiva y hace tres años asumí la responsabilidad de presidirla, para mi es un honor que la anterior directora del Museo pensara en mí y me ofreciera esta responsabilidad. A día de hoy el trabajo y la colaboración con el actual director, José Ignacio Casar es también muy buena.  

Te matriculaste en el Doctorado en Historia del Arte ya siendo tus hijas adolescentes. ¿Cómo fue esa experiencia? ¿Siempre te ha interesado el arte?

Sin duda, una de las etapas más bonitas de mi vida fue cuando hice los cursos de Doctorado, fueron unos años muy gratificantes y mis compañeros que tenían la edad de mis hijos, me aportaron energía y juventud y aún mantengo relación con alguno de ellos. Mi interés viene porque en mi casa siempre se hablaba de literatura y de arte, aunque a mi madre le apasionaba la política mi padre prefería obviarla y por ello las conversaciones eran sobre libros, música, arte, etc. de hecho mi abuela había tocado el piano. Éstas aficiones me hicieron encontrar una fluida sintonía cuando conocí a Rafa, gran apasionado de la música, tenía la carrera de solfeo, tocaba todos los instrumentos.  

 

¿Qué actividades realiza la Asociación de Amigos del Museo de Bellas Artes de Valencia?

La principal misión es potenciar el Museo de Bellas Artes, tanto en número de visitantes como con algunas modestas adquisiciones que realizamos gracias a las aportaciones de los socios, como por ejemplo los dibujos de Pinazo que donamos al Museo. Organizamos charlas, conferencias, visitas guiadas, recientemente entorno a la magnífica exposición Kleinmister, el legado de Durero en la colección de Mariano Moret. Otro aspecto que estamos potenciando a través de la FEAM –Federación Española de Amigos de los Museos– son las relaciones con asociaciones de amigos de otros centros museísticos como el Museo del Prado, el de Bellas Artes de Sevilla o el Thyssen, con éste último acabamos de firmar un convenio. 

En esta nueva etapa de tu vida ¿cómo son tus veranos?

Son completamente distintos porque los organizo en función de mi familia, tengo dos hijas y cuatro nietos y suelo estar de un sitio a otro. Hace años compramos un apartamento en Jávea porque mis hijas tienen muchas amigas allí, así que repartimos el verano entre Mora de Rubielos y Jávea. Y algunos años hacemos un viaje familiar donde nos juntamos toda la familia. 

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