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conversaciones culturplaza

Isabel Barceló: "Las mujeres salvaron muchas veces a Roma del desastre"

21/04/2019 - 

VALÈNCIA. A Isabel Barceló (Sax, Alicante, 1950) le brillan los ojos al hablar de Roma, una ciudad a la que le une un fortísimo vínculo literario y, por qué no decirlo, emocional. Su obra Mujeres de Roma, recientemente galardonada con el Premio Crítica Valenciana 2019 en la modalidad de Ensayo, es un relato que, precisamente, toma la capital italiana como escenario para hablar de las importantes mujeres que vivieron allí. Cuarenta y cuatro historias que no debieron caer nunca en el olvido, y que Barceló se encarga de desmenuzar de forma tan humana como vívida. Nos lo cuenta frente a una infusión, en un frío día de abril, en una ciudad (València) cuyas reminiscencias romanas todavía se pueden observar y admirar.

“Sin creatividad no hay ensayo”, revela en un momento dado la autora, que no por haber escogido este género literario considera que no se necesiten grandes dosis de imaginación para llevarlo a cabo. Su investigación del tema que nos ocupa la llevó a vivir seis meses en la capital italiana para documentarse al máximo y, en especial, para localizar con acierto e ingenio a cada una de las mujeres narradas en un punto concreto de la misma, algo que convierte a su obra en realmente peculiar. Escuchar hablar a Isabel Barceló sobre las calles de la ancestral ciudad se convierte en una experiencia especialmente mágica al comprender cómo tiempo, pero también espacio, nos vinculan con el pasado. Con una energía invisible pero enormemente poderosa.

“Me parecía importante ligar la memoria de esas mujeres a lugares también específicos que han tenido que ver con ellas o algún aspecto de su vida. La memoria, muchas veces, necesita del objeto, del lugar, del espacio. Sin eso, es más evanescente”, señala la escritora. “Que puedas ir a Roma y digas: ‘En este lugar concreto vivió Aca Larentia, que crio a los gemelos que habían arrojado al río como si fueran hijos propios’. Antes de que se fundara Roma, ya en ese lugar, se puede hablar de una mujer”, apunta con entusiasmo al recordar cómo se levantaron los cimientos de una de las ciudades más poderosas de la Antigüedad.

Foto: KIKE TABERBER.

Los relatos nos hablan de Lucrecia, de Agripina la Menor, de Artemisia Gentileschi, y de muchísimas otras. Mujeres que quizá no somos capaces de reconocer o recordar, pero que tuvieron un papel fundamental en el devenir de nuestra historia y, de alguna manera, incluso determinaron nuestra actual formar de hablar, convivir y vivir. La autora suspira al ser preguntada por el presente de la mujer: hemos avanzado, sí, pero todavía queda un largo sendero que recorrer. Tanto, quizá, como el que emprendieron nuestras lejanas antepasadas. Roma, nos cuenta Barceló, tiene nombre de mujer. Ya no lo olvidaremos.

-Has obtenido el Premio Crítica Valenciana con la obra Mujeres de Roma. Heroísmo, intrigas y pasiones. ¿Qué te inspiró a escribirla?
-Me inspiró un profundísimo amor por Roma y por el tema de las mujeres. Es un tema sobre el cual he trabajado bastante desde el punto de vista literario. Roma es una ciudad que me fascina y que es muy representativa de nuestra cultura occidental: en ella nace la civilización romana, se extiende por una gran parte de Europa y norte de África; todo gira alrededor del Mediterráneo. Nosotros somos herederos y deudores de esa civilización. Hablar de las mujeres de Roma era hablar, en definitiva, de las mujeres del mundo, de las mujeres actuales.

El heroísmo, sobre todo, viene de que muchas veces afrontaron situaciones difíciles con mucha fuerza. Las mujeres salvaron muchas veces a Roma del desastre. Cuando la situación era muy crítica, y Roma no se podía defender con las armas porque estaba debilitada, los hombres confiaban, directamente, en los dioses. Pero las matronas pensaban si se podía hacer algo para impedir el desastre. Y lo hacían. 

Los hombres exaltan mucho los hechos de armas, pero, en cambio, el conseguir la paz sin que mediaran necesariamente estas no tienen la misma valoración (entre otras cosas porque no se pueden poner las medallas ellos). Sin la intervención de las mujeres quizá no estaríamos hablando ahora en castellano. Sin ellas no estaríamos donde estamos hoy.

Foto: KIKE TABERBER.

-¿Qué has aprendido de las mujeres de las que nos hablas en el libro? 
-De ellas he aprendido muchísimo. Primero, a conocerlas y a respetarlas, cualesquiera que sean los errores y aciertos que hayan cometido en su vida. Luego, a hacerme muy consciente de hasta qué punto ese papel de las mujeres a lo largo de la historia se ha minusvalorado (que no es que no lo supiera, pero lo he comprobado con mayor profundidad). 

Al acercarte tanto a la vida de esas personas, sientes lo que ellas pueden sentir; te das cuenta de dónde está el valor, el heroísmo, la fuerza de voluntad, ese sentido cívico profundísimo que tenían las romanas y que seguimos conservando las mujeres de hoy. Te das cuenta de que el valor de la vida no es la guerra: el valor de la vida es la vida. Y te preguntas por qué tenemos que valorar más en la vida los hechos bélicos, todo ese aparataje que nos excluye, y no la propia vida.

-¿Nos falta una mirada de género en la historia?
-Es evidente que se han ido privilegiando unos aspectos por encima de otros. Pasa desde hace 3000 años. Si privilegio la guerra, lo que cuenta es eso: las grandes hazañas. Incluso las grandes derrotas a veces. Todo lo demás queda ensombrecido, para las mujeres las primeras; pero también para los propios varones. 

Muchos hombres hicieron cosas importantes en otros terrenos, como la arquitectura, la ingeniería… ¿Cuántos arquitectos romanos conocemos que hicieron obras extraordinarias? Todo queda oculto por ese valor supremo, extraordinario. Y a nosotras nos han mantenido siempre alejadas de ciertos terrenos.

Foto: KIKE TABERBER.

-En las próximas Ferias del Libro se ha puesto el foco en revalorizar el papel de la mujer: ¿crees que corremos el riesgo de que la literatura escrita por mujeres acabe siendo un mero género susceptible de convertirse en simple tendencia como tantos otros? Por mucho que se quiera visibilizar, ¿cuánto hay de moda y de reivindicación real?
-Hay una reivindicación real y cierta que es esa: la que se ha manifestado en las calles, en el trabajo de tantas organizaciones, por las mujeres en tantos sitios… No me cabe duda de que hay reivindicaciones genuinas. 

Que en esas historias puedan surgir actitudes que puedan ser más o menos de “moda” u oportunistas; o que ahora se sume mucha gente a esas reivindicaciones cuando no han estado en ellas y parece que, en estos momentos, sea la que más defiende ciertas cosas… eso; creo que hay que dejarlo de lado. Estamos en un momento en el que las mujeres podemos ser más visibles. Desde luego, muchas vamos a continuar hasta el último momento de nuestra vida; y, desde esa perspectiva, no podemos considerar esto una moda. 

Quienes lo utilicen de una manera mercantilista o para aprovechar el momento; ellos sabrán. Pero nosotras tenemos que estar ahí y defender nuestro trabajo, nuestra aportación a la sociedad, nuestros puntos de vista y todas las enormes virtudes que también poseemos. Y también los defectos. La perfección no hay que la aguante [ríe].

-Un colegio de Barcelona, mediante comisión de género, ha analizado su biblioteca infantil y considerado ciertas obras “tóxicas” (por “fomentar valores sexistas y discriminatorios”), como Caperucita Roja o La bella durmiente. Al anunciar su intención de retirarlos, se ha levantado una polémica: la de la censura en los cuentos infantiles. ¿Qué opinas de ello?
-Todas las creaciones humanas e intelectuales, en principio, merecen nuestro respeto. Cuando era pequeña, me contaron estos cuentos y otros clásicos, y en absoluto creo que me hayan hecho menos combativa. A lo mejor, incluso más [ríe]: “Como hay un lobo aquí, tendré que defenderme de él, no me puede defender mi abuelita”. 

No me atrevo a entrar en profundidad porque no tengo una opinión reflexionada, pero creo que somos los que nos han contado también y es responsabilidad nuestra reflexionar sobre lo que nos cuentan y ser críticos frente a ello. Y decidir, de cara a la educación de nuestros descendientes, si queremos mandar esos mensajes u otros.

Foto: KIKE TABERBER.

-Los productos culturales que consumimos no se han desprendido, en muchas ocasiones, de los tópicos de los “cuentos de hadas” de este tipo de relatos infantiles.
-Siguen estando ahí, y yo creo que es algo contra lo que sí tenemos que luchar. Todas las mujeres hemos de aprender (y los hombres también) que no estamos en el mundo para que nos rescate nadie. Nosotras estamos en el mundo con capacidad de dirigir nuestras vidas, de dirigir nuestros deseos, y de luchar por aquello en lo que creemos y queremos. Y ellos también tienen que aprender que su papel en el mundo no es ir salvándonos; ya se tendrán que salvar también ellos de sus cosas. Y dándonos mutuamente apoyo. Con esto, no quiero decir que lo que les pase o nos pase a nosotros nos traiga sin cuidado a unos y otros, pero hemos de entender que nosotras tenemos que descubrir también lo que queremos y actuar en consecuencia. 

-Tienes un blog, Mujeres de Roma. ¿Qué importancia le das a la divulgación literaria en la época de Internet? ¿Qué diferencias tiene con el libro?
-El blog ya tiene unos cuantos años. Lo abrí en el 2006, precisamente, a tenor de algunas respuestas editoriales negativas a mi libro. Pensé: “¿Será verdad que soy la única persona en el universo mundo a la que le interesa este tema?”. Descubrí gozosamente que no: son muchas las personas a las que les interesan esas cuestiones. Esa idea de que las cosas de las mujeres no interesan es una bola grandísima: claro que interesan. 

Aunque blog y libro comparten el título, Mujeres de Roma, todo lo que hay en papel es inédito. Pero, a la hora de publicarlo, dado que el título estaba vinculado a mí desde hacía tantos años, decidí ponerlo porque pensaba que me relacionarían con él. Ahora mismo lo sigo manteniendo, pero reconozco que no al nivel de antes porque exige un esfuerzo enorme. Habrá cerca de mil entradas por lo menos: hay mucho trabajo ahí puesto.

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