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El futuro que imaginó Winsor McCay, precursor del cómic, entre 1913 y 1934

Hace un siglo las obsesiones sociales no diferían mucho de las actuales. En las ilustraciones que hizo para la prensa Winsor McCay criticó la deportación de emigrantes, advirtió de los peligros de la droga y mostró el pánico que le daba la tecnocracia que se avecinaba. Un apocalipsis que hoy tememos estar ya viviendo. Los mismos miedos que pueden verse en, por ejemplo, la serie Black Mirror. Sin embargo, los dibujos más bellos fueron sus errores, sus trasatlánticos voladores, ingenios imposibles de imaginar en la actualidad.

30/03/2020 - 

MURCIA. Es uno de los dibujantes más importantes de la historia del cómic. Autor del precioso clásico Little Nemo in Slumberland, donde un niño pasaba aventuras en un mundo de fantasía del que se despertaba al final de cada historieta. Wilsor McCay nació en 1967 y en 2020 se cumplen 120 años de la publicación de su Nemo.  Su influencia se ha notado en todos los grandes clásicos de la historieta e incluso de los dibujos animados, como Walt Disney.

Sin embargo, no se limitó a los mundos de fantasía. En su obra editada en España como Malditas pesadillas indigestas (Reino de Cordelia, 2015), con el seudónimo de Silas, se ve que también metió en asuntos como el alcoholismo y los problemas sociales de su tiempo. En esta ocasión, los personajes despertaban tras empachos de queso que les ocasionaban pesadillas.

 Porque fue un trabajador incansable con una obra, ante todo, prolífica. Se ha dicho que aceptaba todos los trabajos que le entraban porque su mujer tenía la sana costumbre de vivir a todo tren y eso le obligaba a mantener un alto nivel de ingresos. El pragmatismo y la inteligencia también fueron responsables de este perfil artístico, según él mismo reconoció:

"El factor principal de mi éxito ha sido mi absoluto y constante deseo de dibujar. Nunca quise ser un artista. Simplemente, no podía dejar de dibujar. Dibujaba por mi propio placer; nunca me interesó saber si a la gente le gustaban mis dibujos o no. Nunca he guardado ninguno. Dibujaba en las paredes, en la pizarra del colegio, en viejos pedazos de papel, en las paredes de los establos". 


 Al margen de los citados clásicos, también fue un pionero a la hora de dibujar robots gigantes, monstruos simiescos precursores de King Kong y dinosaurios que anticipaban a Godzilla arrasando las ciudades, yendo ambos a acabar caricaturizados en el maravilloso arcade Rampage en los 80.

Sin embargo, sus primeras publicaciones fueron en la prensa, con sátira política y caricaturas como pudieran ser en España las de Mundo Cómico en el siglo XIX y se mantuvo durante años en esta especialidad. En 2006, la editorial estadounidense Fantagraphics editó un ambicioso volumen que reunía obra de McCay entre 1898 y 1934.

Uno de sus apartados se titulaba Sermons on Paper y recogía ilustraciones, de elaboración minuciosa y detallista y con un dibujo muy tramado, que siguen siendo válidas hoy. Su impacto sigue siendo el mismo y uno de sus temas favoritos, el apocalipsis, no solo es recurrente sino que, en muchos aspectos, podríamos denominarlo como real a la vista de lo que nos está pasando.

En una de ellas, por ejemplo, imaginaba el bombardeo del Capitolio de Washington. Esto no ocurrió exactamente ochenta años después, pero porque el ataque se dirigió a otro lugar de Washington DC, el Pentágono. Fue con un avión y McCay esperaba un zepelín, pero su advertencia era que esto podría suceder y acabaría sucediendo.

En este género trató el caso de las deportaciones masivas de emigrantes europeos como un saco sin fondo que el tío Sam se tenía que remangar para sacar del país. Ahora mismo no ha cambiado mucho esa realidad, aunque los emigrantes lleguen del sur y se les contenga con un muro.

La invasión de los coches del espacio público tampoco le fue ajena. En un dibujo planteaba que se podían colocar redes de tender la ropa  sobre el tráfico para que los peatones pasasen colgados. Perfectamente podría publicarse hoy una viñeta en la que situaba tres piras con los tres pecados capitales que están entre nosotros destruyéndonos por dentro: Odio, envidia e ira. No sería difícil ver que hoy podría hacer alusión a las redes sociales. Igual que una en la que retrataba la adicción a la droga como un pulpo que no soltaba a la gente que atrapaba en sus tentáculos.

El apocalipsis le fascinó. No era para menos, pues lo insistió en él en los años de la Gran Guerra. Imaginó escenarios de Nueva York con el esqueleto de los edificios y la vegetación abriéndose paso entre ellos mientras una nueva especie de aborígenes se adaptaba al nuevo entorno. Si bien en Estados Unidos no se ha visto este escenario, lo de árboles rompiendo edificios abandonados lo ha visto un servidor en China tras el estallido de su burbuja inmobiliaria.

Una viñeta terrible mostraba las calles de Nueva York arrasadas, con los tranvías atravesados y volcados en la calle y la gente muerta en las aceras. Una caricatura que reunía todas sus obsesiones, un dinosaurio robótico arrasando una ciudad, era el paradigma de su pensamiento. Al monstruo lo llamaba Tecnocracia y en la nota al pie la calificaba como una amenaza que le aterrorizaba.

Sin embargo, las más bonitas son las equivocadas. En las que cometió errores de anticipación. Ahora son mundos paralelos que sería muy difícil imaginar por un contemporáneo. No hacía mucho que había ocurrido la megalomanía del Titanic y su espíritu seguía presente. McCay pensó que los aviones también serían mastodónticos, con varios pisos, hasta seis, y terrazas. El más impactante era el de un barco gigantesco con alas, que podría volar, un hidroavión septuaplano.

Acertó con la superpoblación en ciudades anegadas de casitas y rascacielos, como luce en la actualidad una megaurbe como Los Angeles, pero se equivocó de nuevo con un colapso de tráfico aéreo. En realidad, ese flujo de aviones incesante sería entre las ciudades, no sobre ellas. Del mismo modo que la gente no acudiría a admirar el interior de las máquinas y sus engranajes, sino que las llevarían en el bolsillo por la miniaturización.

Muchas de estas imágenes sirvieron para ilustrar editoriales del periódico. Es muy impactante cómo su obsesión por el futurismo y el postcapocalipsis, así como los problemas de la emigración y de las drogas, eran los grandes temas del momento. Es decir, prácticamente igual que ahora, pero un siglo antes. Por su poderosa imaginación, técnica precisa y depurada y conexión con el presente, deberíamos considerar estos dibujos entre las grandes obras artísticas del siglo XX.

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