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la yoyoba / OPINIÓN

Teresa la boja

7/09/2018 - 

Todos tenemos alguna Teresa abrazándonos desde algún remoto lugar de nuestra infancia. Un recuerdo a punto de despeñarse por los acantilados de una memoria que, con el paso del tiempo, se vuelve cada vez más escurridiza. Una anciana maloliente custodiada por un ejército de gatos que nos atraía al abismo como una recién fugada de Hansel y Gretel. O un viejo verde que nos invitaba desde lejos a jugar con sus criadillas desde una esquina sombría mientras tomaba el fresco por vía genital. Todos tenemos personajes oficialmente proscritos que nos han acompañado en algún trecho de nuestra niñez. Ovidi Montllor tuvo a Teresa, “la boja”. Con el tiempo, los recuerdos del cantautor alcoyano se volvieron tan dulces que le compuso una canción a aquella Teresa sin apellidos que murió en el olvido un 14 de abril de 1952 cuando él tenía apenas diez años, y no sé si algún gato. 

Cuenta la leyenda que la soledad, la pobreza y la locura de Teresa fueron producto de los bombardeos de la guerra civil. Nació con el siglo y murió el día de la República, como un último acto de la irreverencia que caracterizó a esta mujer singular que fue, a partes iguales, el hazme reír de las pandillas de adolescentes que la perseguían por las esquinas y una escuela con patas donde los más pequeños aprendían lecciones prohibidas sobre las miserias humanas. Yo la he conocido esta semana. He visitado lo que queda de ella en el osario general del cementerio de Alcoi, a un metro escaso del lugar donde reposan las cenizas de l’Ovidi en el panteón dedicado a los alcoyanos ilustres. Los investigadores locales Lluís Vidal y Elisa Beneyto me han llevado de la mano para contarme esa relación que opta al premio de mejor historia ocurrida y documentada en un cementerio que convoca la revista Adiós Cultural. El azar ha querido que l’Ovidi y la Teresa vuelvan a estar juntos bajo ese trozo de cielo redondo que se cuela en el interior del cenotafio. Él tiene un ramo de rosas amarillas y una hoja de cuaderno con el poema “Els amants” de Vicent Andrés Estellés. Ella solo tiene una cúpula metálica donde nada recuerda su existencia. En el libro de registro amarillento del cementerio se puede leer la historia postrera de Teresa, que fue sepultada sin apellidos. Solo constaba, a lápiz, “Teresa la loca”, el lugar exacto de su primera sepultura, su posterior traslado al osario general y una deuda impagada ya que nadie se hizo cargo de su entierro. Luego han escrito sus dos apellidos, Mora Ferrándiz, pero ya casi no importa porque ella será siempre Teresa la boja. La mujer que pobló los recuerdos de infancia de l’Ovidi, la que le mostraba gentilmente el origen del mundo entre sus muslos en una lección práctica de anatomía femenina. La mujer pobre y libre, fumadora y lenguaraz que hablaba de amores sin pecado mientras enseñaba a la chiquillería a cantar para espantar mundos infantiles sembrados de lobos, espíritus y confesionarios. La que les anunció el final de la niñez desvelando el misterio de los reyes magos que nunca llegaron por la Mariola. La que se ponía flores en el pelo los días de diario como si fueran fiestas de guardar. La que bailaba valses en los descampados al son de una música que permanecía en bucle dentro de su cabeza desordenada. Con poco más de treinta años, l’Ovidi le dedicó su “Homenatge a Teresa”, un obituario sonoro para que su nombre y su memoria permanezcan intactos cuando ya no quede nadie que la recuerde bailando un vals. 

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