La triple condena: delito, pobreza y patriarcado

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Sociedad

Del estigma de ‘mala madre’ a la invisibilidad geográfica: el sistema español es una arquitectura ajena que ignora las necesidades de las mujeres. Con solo tres centros exclusivos y una brecha salarial que atraviesa los muros, la cárcel perpetúa la precariedad y el mandato patriarcal, en un entorno donde el 88% de las internas son, además, víctimas de violencia machista. Una justicia que no rehabilita, sino que castiga la pobreza y el desarraigo

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Te levantas a las 7:45 h. Por megafonía suena una palabra: «Recuento». Cinco minutos después, bajas a por el carro a la cocina. A las nueve, desayunas y vuelves a la celda. A mediodía, repartes la comida porque tienes la suerte de trabajar. De 14 a 17 horas, vuelves al chabolo. A las 19:45 horas, cenas. A las ocho tomas la medicación. Media hora después regresas a la celda hasta el día siguiente. Recuento otra vez. De las 24 horas del día, pasas encerrada entre doce y dieciséis. «La verdadera condena es cuando cierran la puerta a las 20:30 horas y te vienen a la cabeza tus hijos, tus padres, tu familia y todo lo que te estás perdiendo», reconoce Ainhoa —nombre ficticio, como el de todas las internas citadas—, exreclusa de la prisión de Ávila. Así es su vida entre rejas.

Si la privación de libertad es compleja, para las mujeres lo es todavía más. Solo el 7% de las personas que están en prisión son mujeres, lo que explica, en parte, que los centros penitenciarios ignoren sus necesidades, según la experta de género Encarna Canet. Es tajante: el diseño del sistema responde a una mayoría masculina, que condena a las mujeres a habitar estructuras ajenas.

En España, existen 92 centros penitenciarios y solo tres son exclusivos para mujeres (en Madrid, Ávila y Sevilla). Diez comunidades autónomas ni siquiera cuentan con módulos para ellas, según la Memoria de la Fiscalía General del Estado de 2024. «Si delinques tienes que desplazarte a otra ciudad para cumplir condena:  esto implica desarraigo y quedarte fuera de tu contexto, tus amistades y tus familiares, que lo tienen mucho más difícil para visitarte», aclara Canet. Adaptar módulos en prisiones de hombres tampoco parece ser la solución: la estructura y la normativa siguen teniendo rostro masculino.

 

Esa invisibilidad geográfica es solo el primer peldaño de la exclusión; una vez dentro de los muros, la brecha continúa con la oferta formativa. Ana Zatón, educadora social de la Asociación de Ayuda a Personas Presas (ADAP), denuncia que los talleres del programa de reinserción excluyen a las mujeres: o están pensados para hombres o están ocupados por ellos porque son mayoría. Amaia, exreclusa de Picassent (Valencia), lo corrobora mientras cocina en un albergue de la asociación Àmbit, que ofrece alojamiento a personas exreclusas o que salen con permisos y no tienen un lugar donde regresar. La valenciana relata: «Las plazas de cocina están prácticamente ocupadas por hombres, de basura también, y al coro tampoco te puedes apuntar».

La brecha salarial también atraviesa los muros. Ana Zatón recuerda con indignación cómo, el año pasado, las tareas laborales comenzaron a remunerarse con un claro sesgo de género: los hombres percibieron sus primeros 200 euros, mientras ellas seguían trabajando gratis. Solo la protesta colectiva logró igualar la balanza. Raquel Boix, abogada de Àmbit, advierte de la gravedad de esta discriminación: sin salario no se pueden pagar las tasas de responsabilidad civil, un requisito para acceder a permisos o al tercer grado.

A la precariedad económica se une la falta de espacio. Mientras los hombres son separados por edad o salud mental, la falta de espacio obliga a agrupar a todas las mujeres en un mismo módulo, a menudo masificado. En ese entorno, el trato roza la infantilización. «No puedes decidir nada, ni siquiera hay interruptores para encender la luz», relata Amaia, quien aún recuerda con asombro la jerarquía impuesta por el lenguaje: a las funcionarias se les llamaba «señorita y a los funcionarios se les trataba de don».

El eslabón más débil

Quizás el dato más alarmante sea el que vincula la celda con el maltrato: el 88,4% de las presas han sufrido violencia machista. Encarna Canet argumenta que la Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género no contempla las circunstancias en prisión, donde víctima y victimario pueden llegar a convivir en el mismo centro, a pesar de que trata de garantizar el derecho a la atención integral. «En estas circunstancias, a quien se le castiga, por ejemplo, quitándole las salidas al exterior es a ella, supuestamente, para protegerla», apunta Zatón.

 

  • Clara está en acogida temporal en una de las viviendas de Àmbit. -

La Asociación de Colaboradores con las Mujeres Presas (Acope) desglosa una relación directa entre el maltrato, las secuelas psicológicas y la trayectoria delictiva de muchas mujeres encarceladas. En este sentido, Boix advierte que, en numerosos casos, los delitos están vinculados a sus parejas y se presupone que fueron cometidos de común acuerdo, por lo que son «corresponsables». De hecho, el 50% de las reclusas cumple condena con su marido o pareja también en prisión. «Son el eslabón más débil y por eso entran en prisión», puntualiza. Canet coincide en que las mujeres prácticamente nunca cometen delitos violentos. Frente al mito de la delincuencia violenta, las cifras revelan una realidad precaria: más del 70,72% están condenadas por hurtos; el 13,84%, por defraudaciones; el 9,26% por usurpaciones; el 3,76%, por robos con fuerza, y solo el 2,42%, por robos con violencia.

«Te miran como si hubieras matado a alguien. Yo he robado para comer, para sobrevivir, porque estaba en exclusión social, embarazada y durmiendo en la calle. Y no te ayudan en nada», confiesa Ainhoa. Su relato refuerza la tesis de Zatón: el sistema no persigue el delito, sino a quien carece de recursos. Canet lo define como «un bucle», donde la exclusión social previa (desempleo o analfabetismo) se agrava tras el paso por la cárcel. «Perseguimos la pobreza, pero no damos cobertura para que no suceda», sentencia la educadora.

La educadora social de ADAP lamenta que la feminización de la pobreza contribuye a que España registre una de las tasas de encarcelamiento femenino más altas de Europa, cerca del 8%, frente al promedio europeo del 6%. Boix aclara algunas de las causas: el Código Penal español es uno de los más estrictos de Europa y uno de los que menos aplica penas sustitutivas a la prisión. «Si existiera la posibilidad de sustituir la prisión, probablemente las mujeres accederían más a estas alternativas, teniendo en cuenta el tipo de delitos que cometen y las circunstancias sociales y familiares», reflexiona.

  • Raquel Boix -

Entre las posibles soluciones, diversas investigaciones apuntan a la cultura como mecanismo de empoderamiento y refuerzo de la autoestima. Cristina Rodríguez Yagüe y Esther Pascual Rodríguez han analizado la cultura como herramienta de transformación y resocialización crítica en el ámbito penitenciario. El trabajo subraya la necesidad de abandonar la idea de la cultura como mero entretenimiento para integrarla plenamente en los Programas Individualizados de Tratamiento (PIT). Desde esta perspectiva, Ana Zatón apunta hacia un modelo similar al nórdico, que no defiende macroprisiones, sino espacios más pequeños, similares a viviendas y con zonas verdes orientadas a fomentar la autonomía de las personas y ofrecerles «una motivación y una esperanza».

La educadora de ADAP denuncia que las cárceles, tal y como están diseñadas en la actualidad, no están pensadas para la resocialización ni para el cambio de conducta, sino para perpetuar el sistema machista en el que vivimos. «Cuando entras en el centro penitenciario, hay un cartel con el artículo de la Constitución que habla de que las prisiones están orientadas a la reinserción de las personas, pero eso es mentira. No puedes apartar a la gente que te molesta a nivel social, porque luego la sociedad les es ajena», insiste.

La vida tras las rejas

Piensa en cuánto mide tu casa. ¿Cuántas habitaciones tiene? Son dudas que plantea Eva G., una interna de la prisión de Picassent. Imagínate vivir en una casa de siete metros cuadrados. En una sola habitación (el chabolo, la celda). Con una pequeña pila, un plato de ducha y un váter sin puerta. La puerta tiene un cerrojo, pestillo por fuera y una mirilla, por la que hacen el recuento tres veces al día. Tienes un «armario de obra» que mide unos ochenta centímetros de ancho para colocar la ropa de dos personas y abajo el calzado. En el altillo metes lo que puedas (por reglamento solo puedes incluir cuatro pantalones, cuatro camisetas, cinco bragas, cinco pares de calcetines, una cazadora y dos pares de zapatillas).

 

  • El centro penitenciario de Alcalá de Guadaíra se cerró en 2024.

Además del armario dispones de un poyete que puedes utilizar como estantería, librería o despensa. También hay una mesa verde que mide un metro de largo y, sobre ella, se encuentra una ventana, también verde, por la que tomas el aire. Pegada a la mesa, la litera con escalera y en el cabecero de la litera, en la parte inferior, tienes medio murete que hace de separador de la zona de aseo, con la pila y el váter sin pie, encofrados (qué intimidad para dos personas, ¿verdad?). El murete, que hace de poyete a su vez, se levanta hasta la altura de las costillas y  pegado a él está el lavabo, con un pulsador de grifo del cual salen dos litros de agua aproximadamente en cada pulsación. Y, un palmo más arriba, un espejo de pega, en el que la que se refleja no sabe ni cómo se ve.

Bajo el lavabo se encuentra el radiador, que aquí tiene varias funciones. Como su nombre indica, es el radiador que mantiene el ‘pisito’ a buena temperatura. También lo tienes que utilizar de secadora y, cómo no, de horno microondas. Aunque sin las ondas y sin el micro. Pero calentar, calienta (el café, los bocatas, la leche, etc.). Hay un tabique que separa el cuarto de baño de la ducha, que a su vez es el tendedero y el escobero. Sin puerta. Eso sí, al menos tiene cortina. La ducha ya es el final de la habitación.

  • Remedios de Juan Moral y José Luis Lamas -

Esta es la habitación sin nada. Ahora, imagínate este mismo espacio con una silla, la tele, la radio CD, el flexo, libros, fotos, ropa, calzado, productos de limpieza, jabón y suavizante, los cubos para lavar la ropa, el cubo de fregar, la escoba, el recogedor, la papelera, la escobilla del váter… Sin dejar de mencionar el papel higiénico, el gel, el champú, el acondicionador, todo tipo de productos del aseo personal, algún que otro regalo que te trae la familia (eso sí que está permitido), la plancha del pelo, el bolso de la ropa interior… Y todo esto, multiplicado por dos.

Así describe el chabolo Eva G. en la segunda edición de la revista Impresas, un proyecto creado por mujeres que desde prisión realizan y dirigen el contenido editorial. «Para mí, el castigo era pasar todo el día con mi compañera y perder toda la intimidad», confiesa Amaia. Zatón reflexiona sobre la dificultad para gestionar emocionalmente porque «tienes que dejar las emociones a un lado». La educadora social también denuncia que se dé medicación psiquiátrica, porque es «sedar a las mujeres para que no se enteren». Ainhoa recuerda que al entrar le llegaron a dar diecisiete pastillas diarias. En España, cinco de cada diez mujeres toman medicación psiquiátrica, mientras que en el caso de los hombres son dos de cada diez.

Para Ainhoa lo más duro fue perder a su hijo, según relata, y especifica: «Un día me dijo: “Mamá, te lo has perdido todo, no puedes pretender salir y que sea como si nada”».  José Luis Lamas, psicólogo de Àmbit, denuncia que el juicio social es mucho más cruel en el caso de las mujeres porque rompe con los roles de género y daña la imagen de ‘buena mujer’ o ‘cuidadora’. «Cuando un hombre entra en prisión, tiene todo un ejército de mujeres que le cuidan; siempre le asiste la madre, la hermana o la pareja. Una mujer entra y no tiene quien le sostenga», aclara. Cuando salen tampoco tienen red de apoyo, lo cual dificulta su situación: no tienen dinero, ni vivienda ni empleo para mantenerse. «Están subyugadas. Si tienen que volver al núcleo familiar suele ser con su agresor o su familia, y les castigan por haber estado en prisión: les controlan el dinero, tienen que hacer las tareas, y ser cuidadoras», apunta.

La cultura patriarcal

El psicólogo de Àmbit aclara que desde noviembre de 2024 todas las personas que salen pueden solicitar el ingreso mínimo vital, pero tienen que esperar seis meses. «¿Qué hace una persona que sale de prisión sin nada?», pregunta. Lamas echa en falta la formación prelaboral en prisión, para que al salir puedan gestionar los trámites necesarios, pero, sobre todo, reclama un recurso habitacional desde donde partir.

Remedios de Juan Moral, promotora de igualdad en la misma asociación, entiende que el sentimiento de culpa siempre se acentúa en las mujeres por «la cultura patriarcal». «Están sometidas al padre, al hijo, a la hija, porque sienten que han traicionado y han roto el núcleo familiar, cuando a lo mejor es la familia la que las ha dejado en la estacada», recuerda. La especialista recalca que vuelven a sus entornos familiares, que es de donde salieron dañadas. Además, De Juan Moral revela que al salir perciben cambios en sus relaciones de amistad, porque «ya no son las mismas». «En muchos casos han pasado por procesos de introspección, han estado aisladas, han dedicado su tiempo a repensar y se han arrepentido,  y salen diferentes y no se encuentran en las dinámicas anteriores», concluye.

El psicólogo de la asociación visita la prisión cada semana y reconoce que nunca ha visto ir a un padre con sus hijos para visitar a la pareja, pero todos los miércoles el bus va «lleno de mujeres» que llevan a sus hijos «para que no pierdan el vínculo con su padre».

Amaia decidió no contar a su entorno que había estado en prisión, y revela: «Se lo dije a los más íntimos, pero luego intento no contarlo, porque todo son preguntas. Si lo explicas ya van a desconfiar de ti. Muchas veces cuentas cosas a familiares y te dicen que es porque te lo has buscado tú», critica. Por este motivo, explica Lamas, muchas mujeres se van de sus barrios o ciudades. «Incluso si pueden se cambian de nombre para que no las relacionen», amplía. Ainhoa al salir de prisión también cambió de barrio. Ella entiende que la gente tendrá los prejuicios que tenía ella al principio: pensaba que en la cárcel todo son asesinos, pero luego «solo es estar en situaciones complicadas y aprender que todo el mundo pasa malas rachas».

De Juan Moral sentencia: «Con la cultura patriarcal que vivimos no han podido elegir. Entran siendo víctimas, no victimarias», y aboga por una justicia restaurativa que indague en los problemas de la sociedad que están llevando a la gente a prisión. Lamas zanja: «Una sociedad más justa no es la que castiga más, sino la que castiga menos».

* Este artículo se publicó originalmente en el número 138 (julio 2027) de la revista Plaza

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