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del derecho y del revés / OPINIÓN

Mayores

3/07/2020 - 

Los mayores eran nuestros abuelos, en mi caso Santiago, Carmen, Paco y Nieves, unas personas muy queridas con las que compartíamos paseos y caramelos partidos por la mitad, improvisadas clases de ganchillo, historias increíbles en una maravillosa tienda atestada de cosas, partidas de chinchón y alguna que otra regañina por nuestras incursiones en el armario de las galletas. Esas personas eran respetadas y apreciadas, como nos habían enseñado nuestros padres, y siempre queríamos estar con ellos porque nos dejaban hacer de las nuestras y teníamos una complicidad enorme.

Han pasado los años muy rápido, que es la gran trampa de la vida. Hoy los mayores son nuestros padres, que ejercen de felices abuelos y aspiran a poder vivir en paz su etapa de retiro, ganado a pulso. Es cierto que han cambiado las modas, y los ancianos de hoy se resisten a dejarse vencer y están más motivados que antes a mantenerse en forma. Arrollados por la revolución tecnológica, como si hubieran tenido que vivir ya pocos cambios en su vida, que empezó sin un televisor ni teléfono en casa y jugando con los amigos en esas calles en que no había coches, aún han sido capaces de apuntarse al reto de hacer fotos con el móvil y mandárselas a sus familiares. Hasta tienen perfil en Facebook y se animan a mandar los buenos días con preciosos mensajes a los suyos. Tratan de entender cosas que en tiempos no eran tan capaces de digerir, como los divorcios o las nuevas parejas de sus hijos y nietos –algunas del mismo sexo–, y aceptan con la mayor naturalidad las familias reconstituidas. Son, si me lo permiten, verdaderos héroes de la adaptación, porque viven en una realidad que no habrían podido imaginarse cuando eran jóvenes, ni en sus peores pesadillas; y no se han desenganchado del carro, por más que algunos de ellos sigan usando términos en absoluto desuso, como transistor. Hacen yoga, Chi Kung, meditación, natación, van a talleres de escritura, qué se yo. La mayoría quiere seguir disfrutando del hecho de estar vivos.

Lamentablemente muchos de nuestros mayores no han podido sobrevivir a la pandemia. Es más, la inmensa mayoría de fallecimientos se ha producido en personas de más de 70, que se han convertido en la población más vulnerable frente al maldito virus. Lo peor del caso es que no los hemos despedido como se habrían merecido, a ellos que tanto nos dieron y nos enseñaron. Les hemos dicho adiós por la puerta de atrás y sin rendirles el merecido homenaje. Ahora que lo peor parece haber pasado y la vida empieza a regresar a la normalidad, aunque todo puede cambiar en cuestión de días por los rebrotes, nos encontramos con que se está cuestionando a las residencias de ancianos, como si hubieran sido los responsables de los fallecimientos masivos de ancianos.

Las residencias cumplen un papel fundamental, en esta sociedad que está volcada en un frenesí en el que no hay tiempo para cuidar a otras personas, sino exclusivamente para producir más y mejor: los niños, cuanto antes a la guardería, y los viejos, al asilo. Es no sólo cruel, sino tramposo, tratar de echar la culpa a las residencias de haberse convertido en el epicentro del desastre, al tener allí conviviendo demasiados mayores. Lo cierto es que muchos no pudieron derivar a sus residentes a los hospitales, porque no se los admitieron, dado que los centros sanitarios estaban desbordados. Doy por hecho que en la inmensa mayoría de residencias españolas se atiende bien a los ancianos y se los aprecia, pues no olvidemos que además son sus clientes. Lo sucedido ha sido una tragedia, pero especialmente para los afectados, sus familiares y amigos. Me pregunto si estamos pensando en tomar algún tipo de medidas preventivas, de cara a un posible repunte de casos cuando termine el verano, para evitar que nos vuelva a suceder lo mismo. Entre otras cosas, considero que la entrada de visitantes de países en los que la pandemia está azotando duramente debería estar muy controlada y no al tuntún o a voleo, métodos arriesgados además de nada científicos, como parece se está haciendo ahora. Que aquí pasamos de cero a cien y de cien a cero con la mayor facilidad y sin pensar en las consecuencias. Una PCR recién sacada sería un sistema mucho más efectivo para admitir a los visitantes, amén de tomarles a todos la temperatura, como mínimo. Espero que seamos cuidadosos, por esta vez. Por ellos, principalmente, por nuestros mayores.

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