BREVE ENCUENTRO (VI) 

México-Grecia, semifinales del mundial del crimen

13/12/2017 - 

ALICANTE. No siempre podemos evitar el envite del azar. De hecho, habitualmente gobierna nuestras vidas con la fuerza de un motor a reacción, y nos empuja hacia lugares insospechados, indeseados incluso. Es esa casualidad sin concierto la que ha llevado de la mano, en un rincón renqueante de un trastero, repleto de libros, discos y  demás morralla cultural, a la última entrega de la serie de Kostas Jaritos, el honesto comisario ático del antiguo guionista de Theo Angelopoulos, Petros Markaris (Estambul, 1937), y la primera novela del porteño Julián Herbert (Acapulto, 1971), publicada originariamente en 2004. Atenas y Tamaulipas unidas por la desesperación de la renuncia, por la tendencia a dejarse llevar, a no ser más que marionetas sin hilos de Kostas y Guzmán, dos personajes incendiados por un fuego fatuo que los mantiene en el vilo de la pesadilla.

Offshore, la décima novela de la serie de Kostas Jaritos -no el décimo libro, ya que Markaris ha introducido al comisario como personaje en dos volúmenes de relatos, Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos y La muerte de Ulises- es una vuelta de tuerca, tras la tetralogía de la crisis formada por Con el agua al cuello (2010), Liquidación final (2012), Pan, educación, libertad (2013) y Hasta aquí hemos llegado (2015), en que la mirada escéptica y al mismo tiempo rabiosa del policía curtido en los tiempos de la dictadura permitía dejar fuera de foco la sensación de que el utilitarismo adoptado por el autor tergiversaba, en cierto modo, el espíritu original de la serie. Con esta nueva entrega, Markaris se introduce en el pantanoso terreno de las distopías, un género habitualmente enquistado en el ámbito de la ciencia ficción, pero aquí utilizado como herramienta en una disquisición de carácter eminentemente político. Se echa de menos en Markaris la pasión narrativa que supuso Muerte en Estambul (2008), en la que el autor de origen armenio -apátrida hasta la caída de la Dictadura de los Coroneles y el retorno de la democracia en 1974, en que obtuvo la ciudadanía griega como miembro de la minoría armenia- elabora un hermoso homenaje a la ciudad que le vio nacer. 

El grupúsculo cerrado que forman Jaritos y su esposa Adrianí, su hija Katerina y su marido Fanis, la pareja formada por Maña y el alemán helenizado Uli -proyección en la ficción del espíritu germánico del propio Markaris, que en más de una ocasión ha expresado que “a partir de mis estudios secundarios hasta mis años de universidad, toda mi formación y mi cultura es alemana"-, y su némesis durante la Dictadura, el viejo comunista Zisis, ahora amigo y confesor inseparable, no sólo del propio Kostas, sino de toda la familia, sirven como muestra de un experimento de ingeniería social. En una época de profundo escepticismo y austeridad criminal, de repente se produce un milagro económico que hace que en Grecia, el paradigma europeo de la crisis, la orilla mediterránea que desestabiliza la europa espartana y luterana, empiece a fluir el dinero, las inversiones y que los grandes patrones del capital griego vuelvan a sus puertos, los armadores que habían huido a localizaciones más estables para sus empresas. La suspensión de la incredulidad que pide Markaris en esta narración obliga a mantener el ceño permanentemente fruncido, sin saber si te encuentras ante una tragicomecia o ante una farsa, una farsa sin gracia. En ciertos momentos, hasta la entrañable relación entre Jaritos y Adrianí se torna un pelín cansina. 

Aún así, se agradece el esfuerzo del ya octogenario Markaris por acometer la tarea moral de buscar las fallas del sistema, y su amor por los atascos atenienses, metáfora de un mundo en liquidación permanente, que recuerda, en cierto modo, el fallido intento del norteamericano Paul Auster por narrar la felicidad en Brooklyn Follies (2005), no del todo resuelto, pero encomiable por su empeño. Sin duda, cuando la editorial Tusquets anuncie la publicación del siguiente volumen en su Colección Andanzas, como los anteriores, no podremos evitar la tentación de devorarlo.

Y si hablamos de gula literaria, qué se puede decir de una novela que empieza con el siguiente párrafo: “La noche antes de que un tren le arrancara las piernas a Ernesto de la Cruz y Doc Moses soñara con un venado muerto y Plutarco Almarza tuviera la desgracia de toparse con el hombre de las botas grises, Guzmán se enderezó en la cama con una aureola de vértigo envolviéndole la cabeza”. Si el primer párrafo, la primera frase de una novela, son una promesa que el autor se compromete a mantener con el lector, en el cíclico canon de mejores entradas en la ficción, habría que elaborar un capítulo aparte para la literatura hispanoamericana, productora de gran parte de las mejores líneas iniciales de la historia de la literatura.

Pero las promesas (literarias) hay que cumplirlas, y en Un mundo infiel, la novela de Julián Herbert de 2004 que la editorial Malpaso recupera ahora desde su sede en Barcelona, la consumación de la explosión verbal inicial se mantiene durante sus 156 páginas. 

¿Quién es Guzmán? ¿Y el mayor Plutarco Almanza? ¿El general Hinojosa? Personajes que flotan en una nube de palabras que reconstruye un territorio mítico en la frontera mexicano-estadounidense, con nombres que son un campo semántico en sí mismos, como Laredo, envueltos de un aura de violencia y narcóticos que sacan a cualquiera de su sleeping.

“Dos días antes de morir, Ernesto de la Cruz había adoptado una mascota. Fue la noche previa a embarcarse en el convoy de Laredo a Saltillo que le cortaría las piernas”. La novela de Herbert mantiene el suspense del lector en estado de permanente proyección sobre un futuro incierto que a su vez fue pasado, una circunstancia que lo emparenta con el pasado gris y el futuro demasiado irrefutable de la Grecia distópica de Markaris.