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SEMANA DE GRECIA EN CASA MEDITERRÁNEO  

Markaris: “Los europeos del norte no entienden que la mediterránea es la cultura más antigua de Europa”

29/03/2019 - 

ALICANTE. Quedan pocos intelectuales en Europa que puedan dar testimonio de las transformaciones del Viejo Continente en el último siglo y de las tensiones entre el norte y el sur, que hayan vivido en sus propias carnes la profunda transformación que se ha ido desarrollando tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Uno de ellos es el griego Petros Markaris (Estambul, 1937), autor internacionalmente conocido por su serie de novelas policíacas, protagonizada por el comisario Kostas Jaritos, un personaje nada cómodo, antiguo policía de la dictadura helena, que mantiene una relación fraternal con el que fue uno de sus antagonistas de entonces, el resistente comunista Zisis. Una serie que el autor comenzó bien avanzados los años 90, con la publicación de Noticias de la noche, ya con 58 años. Anteriormente había simultaneado su actividad profesional en el mundo de la empresa con la actividad dramatúrgica y una especial relación con el director de cine Theo Angelopoulos, siendo coguionista, junto al propio Angelopoulos y a Tonino Guerra, de cinco de sus films: Días de 36 (1972), Alejandro Magno (1980), El paso suspendido de la cigüeña (1991), la hipnótica  La mirada de Ulises (1995) y  La eternidad y un día (1998).

Aún así, él nunca pensó en ser novelista, como dejó claro en la conversación mantenida la tarde noche del 27 de marzo con el helenista, escritor y director de cine Pedro Olalla, dentro de los actos de celebración de la semana de Grecia, en ell ciclo de encuentros con países del Mediterráneo que organiza la Casa del Mediterráneo que comanda el diplomático Javier Hergueta en Alicante.

“Durante la semana era director de exportaciones de una multinacional, y los fines de semana los dedicaba a escribir, pero me ofrecieron el puesto de director general, y eso era imposible de conciliar, ahí es cuando decidí dedicarme completamente a la literatura. Fui al gerente de la empresa y le pregunté si era verdad que me iban a nombrar director general, me dijo que sí, pero que era algo que tenían previsto para el año siguiente, así es que les ahorré el trabajo y presenté mi dimisión. Me gustaba mucho la traducción, escribir guiones, el teatro, pero nunca pensé que iba a acabar siendo escritor de novelas”.

Olalla ejerció de maestro de ceremonias, traductor e inductor del vehemente discurso del autor griego, que a sus 82 años no ha perdido un ápice de energía, proponiendo e hilando temas como el de la importancia de la ciudad en la literatura policíaca mediterránea contemporánea.

“La ciudad, en la novela moderna, no es solo un espacio, es también un protagonista. Todos los que nos hemos dedicado a este maridaje entre la novela policíaca y la política, tenemos que recurrir a situar los hechos en una ciudad concreta, donde hubiera vida política, no podía ser narrado en abstracto. Es a través de ese acercamiento como hemos llegado a conocer a la propia ciudad y a sus habitantes. En eso, en esa relación con un espacio que nos es propio, es donde se encuentra una de las similitudes con otros autores de novela policíaca”, algo compartido con la novela clásica norteamericana e inglesa, “Atenas en mi caso, Barcelona en el de Manuel Vázquez Montalbán, Marsella en el caso de Jean-Claude Izzo, Edimburgo en Ian Rankin. Hemos creado un nuevo género de novela policíaca, íntimamente relacionado con una ciudad en concreto. La pregunta es si fuimos nosotros, realmente, quienes lo descubrimos, porque si nos remontamos a la novela burguesa del siglo XIX, en cierto modo ocurría lo mismo. Nosotros construímos una trama policíaca, pero qué es Crimen y castigo, sino una novela policíaca, o Los hermanos Karamazov, muchas de las novelas de Balzac, todos estos autores partían de una trama con tintes policíacos, para hablar de la sociedad de su tiempo, lo mismo que hacemos nosotros ahora. Si quieren conocer el París del siglo XIX, hay que leer Notre Dame de París, igual que pasa con Londres y Dickens. Creo que no hemos descubierto nada nuevo, sino que hemos vuelto a traer al siglo XXI esta técnica, aplicada sobre nuestra sociedad actual”.

Una sociedad actual marcada por la crisis económica y política, por la dureza con que Bruselas trata a los indisciplinados socios sureños de la Unión.

“Pero la Atenas de ahora, marcada totalmente por la crisis, no tiene nada que ver con la que conocí yo en el año 1964. Aquella era una Atenas mucho más pobre que ahora, pero a la vez con una alta cultura. En un artículo recuerdo haberme referido a esta cultura como cultura de la pobreza, porque los ciudadanos de Atenas eran pobres, pero a la vez tenían un nivel cultural importante, y al mismo tiempo una gran visión de futuro. A veces, tomando un vino de retsina con ellos, me decían ‘sí, bueno, vale, las cosas no están bien, pero mañana estarán mejor’, la pobreza estaba vinculada a la esperanza. Por el contrario, las personas del actual período de la crisis, sus dificultades y su pobreza, están mucho más vinculadas a la nostalgia que a la esperanza. ‘Cuando podremos comprarnos un jeep nuevo, cuando podremos construirnos una casa de veraneo’, esto se acabó. Esta tesitura actual impide la visión de futuro. A través de mis historias, yo intento ofrecer el mensaje de que no es así, de que hay un futuro mejor, y hay que saber verlo. La Atenas anterior a mis novelas, es una ciudad que vive totalmente hacia fuera, extrovertida, sin embargo la Atenas de la trilogía de la crisis”, en realidad un cuarteto compuesto por Con el agua al cuello (2010), Liquidación final (2011), Pan, educación y libertad (2012), Hasta aquí hemos llegado (2015), incluso a modo de coda, Offshore (2016), “es una Atenas de la supervivencia”.

Pedro Olalla introdujo aquí un elemento algo menos intenso políticamente, el de la gastronomía y su presencia constante en las historias del comisario Jaritos, con una delicia para el paladar que hace salivar a todos los lectores cada vez que aparecen mencionados los tomates rellenos de Adrianí, la esposa de Kostas, una mujer profundamente pegada a la tierra, que produjo una reacción visceral en Markaris.

“Voy a empezar a responder a eso refiriéndome a la novela policíaca escandinava. Cada vez que leo una de estas novelas, lo único que veo son sandwiches, pizza y cervezas. ¡En cuanto la termino, me paso un mes sin poder probar una pizza! Por el contrario, en la novela policíaca mediterránea, el factor de la comida es un indicador de las propias capas sociales que se representan. Tomemos al Carvalho de Vázquez Montalbán, por ejemplo. Cuando lees una de sus novelas, te da la sensación de que es una persona totalmente desencantada, hasta el punto de quemar en la chimenea sus propios libros. Pero aquello que lo mantiene vivo, de alguna forma, es la cocina. Todos los personajes mediterráneos tienen una relación especial con la comida”. Fabio Montale, el personaje de Jean-Claude Izzo, con la bullabesa y el marisco de Marsella, Salvo Montalbano, el personaje de Andrea Camilleri, con la suculenta cocina del sur de Italia. “Pero en el caso de Adrianí, la mujer de Jaritos, su cocina está especialmente relacionada con la verdura, raramente se verá la carne en su cocina, porque proviene de la región del Épiro. Allí la pobreza era mucho más radical que en el resto de Grecia, y comían únicamente lo que cultivaban en sus huertos”. De aquí el especial carácter de Adrianí, profundamente enraizada en el mundo rural. “La liberación de la mujer en los países de la Europa del norte va muy por delante de la de la Europa mediterránea. Las mujeres salieron de casa y se convirtieron en profesionales, lo que fue muy bueno para las mujeres, pero malo para la cocina. Por el contrario, esta liberación en el sur se ha retrasado, las mujeres han permanecido mucho más tiempo como amas de casa, y el reconocimiento como amas de casa dependía en gran parte de su habilidad en la cocina. Todos los escritores de esta generación, Vázquez Montalbán, Izzo, Camilleri, yo mismo, hemos crecido en casas con muy buena comida, gracias a nuestras madres. Esto ha sido malo para las mujeres, pero muy bueno para la cocina”.

En el turno de preguntas, volvió a surgir la tensión de ruptura permanente entre una Europa del norte ensimismada en sus orígenes calvinistas y el orgullo cruzado, y el escéptico y hedonista sur mediterráneo.

“En la relación entre la Europa del norte y la Europa del sur hay una serie de problemas derivados de una visión diferente del mundo. Lo que los centroeuropeos y los europeos del norte no quieren comprender es que la cultura mediterránea es una cultura más antigua, de hecho la cultura más antigua de Europa. Y además, una cultura con influencias internacionales. Voy a poner un ejemplo: el año pasado fui a la ciudad de Matera, en el sur de Italia, y cuando me encontré allí, tenía la sensación de estar en Capadocia, en el centro de Asia Menor, porque los habitantes de allí viven en casas-cueva, como las de Capadocia.  Tengo la sensación, no obstante, de que los europeos del sur nunca hemos creído en la potencia de nuestra cultura, y no la hemos promovido lo suficiente, mientras que los países del norte siempre han visto al Mediterráneo como una franja de segunda. Hasta ahora mismo sólo se ha hablado de la gestión de las migraciones y los exiliados por los países del sur, en la nueva crisis humanitaria, pero apenas de cómo se está haciendo en Hungría o Polonia, porque estos países forman parte del núcleo del Imperio Austro-húngaro, lo que para ellos es el origen de Europa. Una vez le dije a un periodista alemán que siempre estaban hablando de Portugal, de España, de Grecia, cuando eran países que después de períodos oscuros bajo diferentes dictaduras, una vez han abrazado la democracia, se mantienen convencidos en ella, mientras que no dicen nada de la manera en que la están destrozando en Polonia, Hungría o Chequia”.


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