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ha participado en el ciclo 'Mujeres y el Mediterráneo' en casa mediterráneo

Laura Freixas: "Faltan voces femeninas que definan nuestra identidad"

8/03/2020 - 

ALICANTE. En este Día de la Mujer que se conmemora cada 8 de marzo, se celebra una efeméride que, desde hace unos años, ha adquirido un notable protagonismo social con multitudinarias manifestaciones en toda España donde las mujeres han visibilizado sus reivindicaciones en pro de la igualdad. Conceptos como el techo de cristal, la conciliación familiar en el ámbito laboral, el acoso sexual y la cosificación en el ámbito artístico, han sido introducidos en el debate mediático, además de una mayor visibilidad de otros problemas sociales como la violencia de género.

En el ámbito de la cultura, Laura Freixas (Barcelona,1958) es una de las voces literarias más reivindicativas de nuestro país en este sentido. Profesora invitada en diferentes universidades de EEUU y Gran Bretaña, sus novelas, ensayos y diarios dan voz a las mujeres que buscan su identidad en una sociedad dibujada y esculpida por hombres. Su último libro, A mi no me iba a pasar, publicado en junio de 2019, va por la quinta edición y en él cuenta en clave autobiográfica el viaje de una mujer, acomodada en su rol de madre y esposa, hacia su autodeterminación como persona. Freixas participó este viernes en el ciclo Mujeres y el Mediterráneo que organiza Casa Mediterráneo, donde también expuso su visión sobre las mujeres del siglo XXI.

— En 2013, señalabas en una entrevista publicada por el diario La Vanguardia que la gran pregunta seguía siendo “qué es ser mujer”. Desde entonces, ha habido una mayor visibilización de las reivindicaciones de las mujeres, hemos sido testigo del movimiento #metoo y han surgido nuevos términos como 'empoderamiento' o 'techo de cristal'. ¿Ha habido un cambio en la sociedad en estos últimos años? ¿Qué es ser mujer en este comienzo de siglo?

— Creo que ha habido un cambio. Todas y todos somos ahora más conscientes de los problemas que afectan a las mujeres, pero el patriarcado está tan enraizado en la sociedad que todavía nos queda mucho camino por recorrer. Se han conseguido muchos avances en comparación con las generaciones anteriores, pero no hay que olvidar que aún queda mucho por hacer.

Todavía sigo pensando que ésta es la gran pregunta: qué es ser mujer. A las mujeres nos falta conciencia de la experiencia vivida por las mujeres, cómo las mujeres afrontan su identidad, hoy día definida desde fuera por una sociedad patriarcal donde a lo largo de la historia los hombres han definido qué es la mujer para ellos, según sus puntos de vista y fantasías. Por ejemplo, en el cine, hoy día el medio de comunicación más influyente, el 90% está dirigido por hombres, y a la hora de abordar la prostitución, muy pocas veces escuchamos las voces de las propias prostitutas. Por tanto, el discurso está flojo, falta que las mujeres tomen la palabra. Tenemos que darnos voz a nosotras mismas y expresar nuestras propias experiencias, si no, hay una parte que no se está entendiendo.

A medida que las mujeres se expresan y hablan se van descubriendo nuevos ámbitos de desigualdad por los hay que luchar: el control del propio cuerpo, el empoderamiento, la violencia de género…Un ejemplo de ello es el #metoo, un movimiento que reveló una realidad de la que nadie hablaba y al principio se denunciaba anónimamente, o se decía que eran casos aislados.

— En el mundo literario, se habla de “literatura para mujeres”, ¿por qué se hace esta diferenciación de género, qué es la “literatura de o para hombres”?

— Hay que distinguir entre literatura “de mujeres” y “para mujeres”. En el primer caso, se refiere a una serie de temas que giran en torno al ámbito de la mujer, como la maternidad, y en el caso de los hombres, el problema es que el discurso dominante aplica como masculino lo universal, por lo que no se utiliza ese término de “literatura de hombres”, y eso hay que trabajarlo. En el caso del “para”, emplear este término es un síntoma más del patriarcado dominante, pues la literatura es para todo el mundo, la crean seres humanos y la leen seres humanos, sin distinción de género.

— El diario es un género que llevas cultivando desde hace tiempo. De él has comentado que “es una herramienta imprescindible para el futuro del feminismo”, ¿por qué?

— Para todo grupo oprimido, el género autobiográfico es una herramienta importante para definir su identidad. En el caso de las mujeres, nuestra identidad ha sido definida por hombres a lo largo del tiempo y para emanciparnos necesitamos primero conocer nuestras experiecnias a través de nuestras voces. Del siglo XX tenemos varias referencias masculinas, como los diarios de Pla, de Max Aub, de Gil de Biedna…, pero en clave femenina sólo podemos contar con los de Rosa Chacel y poco más.

— Tu último libro A mí no me iba a pasar es una autobiografía donde expones la situación de muchas mujeres a la hora de asumir, en la pareja, el rol de madres y esposas dedicadas a la familia, renunciando por ello a su carrera profesional. Expones un problema como es la conciliación familiar en el ámbito laboral, donde el techo de cristal se configura en muchos ámbitos profesionales. ¿Cuál es la clave para revertir esta situación?

— En primer lugar, hay que revisar el valor de los cuidados y universalizarlos, que no se trate de que las mujeres cuiden y por ello hay que establacer medidas que las ayuden, sino que toda la sociedad debe cuidar, tanto el hombre como la mujer. En el ámbito de la cultura, es importante revisar también el concepto de la maternidad para exponerlo como una experiencia creativa, empoderante y humana, más que biológica y maquinal, como ahora.

Lo mismo ocurre con los cuidados. Si desvalorizamos estas experiencias no se podrán compartir, por lo que hay que mostrar los aspectos positivos para que toda la sociedad se haga partícipe de las mismas y no se releguen sólo al ámbito del “modelo femenino”, entendido como la cuidadora sacrificada.

— La maternidad y su proyección social es otro tema que has tratado en tu obra, en el libro El silencio de las madres. La idealización de ese momento, por encima de los anhelos, depresiones y frustaciones que muchas madres sienten en este periodo de fuerte cambio en sus vidas, además de la mala prensa de la lactancia artificial. ¿Por qué ese paso atrás a la hora de ocultar los contras de la maternidad, o la estigmatización que algunas mujeres sienten si optan por no serlo?

— Esto ocurre para que las mujeres sigan teniendo hijos, un proceso muy costoso. La manera que la sociedad encuentra para que las mujeres sigan procreando y acepten la frustración profesional es idealizar la maternidad y simplificar las figuras. En la cultura patriarcal, las mujeres son angelicales o diabólicas. Las angelicales cumplen una serie de funciones anulándose al servicio de los hijos y la familia, mientras que las diabólicas reafirman su identidad y se rebelan contra estas imposiciones. Por poner un ejemplo, hoy día se habla del concepto de “malas madres”, pero no existe el de “malos padres”, que seguro que los hay.

A lo que se debe llegar es a alcanzar el estatus de “madre humana”, una mujer vista como ser humano con sus contradicciones y anhelos. Afortunadamente, en el mundo del cine se está empezando a dar esta visión a través de películas como Mi vida sin mí o A mi madre le gustan las mujeres.

Respecto a las mujeres que optan por no tener hijos, esta estigmatización se está empezando a tratar, de forma despacio, pero ya se empieza a hablar de ello, así como de otros aspectos de la maternidad como el aborto involuntario, el voluntario, el nido vacío, etcétera.

— En el mundo de las artes, hay un techo de cristal evidente cuando la mayoría de los museos están dirigidos por hombres, la imagen de las mujeres en la música o el cine es muy exigente: no envejecer, no desafinar, siempre bellas… ¿No es una paradoja que el mundo artístico, más permisivo en cuanto a la expresión, sea tan exigente con las mujeres?

— La misoginia está en todas partes. Es ingenuo pensar que el mundo de la cultura escapa a ello, donde, si cabe, el listón es más alto para las mujeres. En las redes sociales está demostrado que se las critica más y se las retuitea menos. En Estados Unidos hicieron un experiemento muy interesante con estudiantes universitarios, a los que se impartió un curso online por una misma persona. Al finalizar, a un grupo se les dijo que era una mujer, y a otros un hombre y se les pidió que la evaluaran en el trato. Los que creían que era una mujer fueron mucho más exigentes y críticos que los que pensaban que era un hombre. En el mundo de la cultura la misoginia existe e incluso es más acusada.

— Volviendo a tu experiencia, cuando decides apostar por la literatura a finales de los 80, te encuentras con un mundo no exento de dificultades para abrirse camino. En la primera entrega de tus diarios, Una vida subterránea. Periodo 1991-1994, describes bien este ambiente donde la exigencia del éxito se multiplica por el hecho de ser mujer. ¿Ha cambiado el mundo de la literatura en este aspecto?

— En los últimos años ha habido un avance: hoy día hay una conciencia de la desigualdad entre hombres y mujeres, y que ésta no es normal. Cuando empecé a escribir, no se hablaba de ello y hasta que no publiqué mi ensayo Lieratura y mujeres en el año 2000, no se cuestionaba esta situación. Fui la primera escritora en España que abordó el tema con ejemplos de aquí y ahora, sin remitirme a tiempos pasados, y a partir de ahí se empezaron a alzar otras voces.

Pasado este tiempo, creo que ahora ya hay esta concienciación y en el mundo de la literatura muchas mujeres se han asociado reivindicando su espacio, así como en el de las artes visuales. Un ejemplo es la asociación Clásicas y Modernas, de la que fui fundadora y ahora soy Presidenta de Honor.

Respecto a mis inicios, en los años 90 había un sexismo flagante e ingenuo, casi naif. Los medios publicaban una serie de opiniones de tono condescendiente hacia las mujeres con una naturalidad que nadie replicaba. Ahora se tiene mucho cuidado en ello, no se atreven a hacer públicas estas opiniones y tonos, pero hay un machismo subterráneo que sigue en la sociedad pues, inconscientemente, se las sigue relegando. Se han hecho muchos esfuerzos por revertir esta situación y las mujeres seguimos vigilando porque siga así.

— Por último, una mirada a las próxima década que acabamos de comenzar. ¿Cuál será la lucha de las mujeres en estos años veinte del siglo XXI? ¿Cuál crees que es y será la posición de los hombres?

— Seguiremos avanzando y conquistando parcelas de poder para cambiar la realidad, pero también nos enfrentaremos a reacciones viscerales muy fuertes que quieren volver al mundo idealizado del patriarcado: un mundo cómodo y seguro, donde los roles están marcados entre hombres y mujeres, conformando una sociedad más tranquilizadora porque es conocida. A los hombres les conviene esa posición cómoda de privilegios donde no se les cuestiona, y hay mujeres que los apoyan porque se identifican con el poderoso y eso las tranquiliza.

Por otra parte, muchos hombres se hallan divididos entre la comodidad de tener una posición cómoda, con la intendencia y cuidados asegurados por parte de la mujer, y una realidad donde  ésta demanda su propio espacio. Ante ello, adquieren una postura pasiva e insegura: no luchan por volver atrás porque tienen mujer e hijas a las que quieren, pero tampoco se van a molestar en cederles un espacio de privilegios donde se hallan muy cómodos. En este caso, son muy ambivalentes.

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