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la yoyoba / OPINIÓN

Las chicas de la Bella Aurora

29/06/2018 - 

Los relojes de mi casa se han rebelado esta noche. Pluralidad horaria con nocturnidad y alevosía en toda regla. Para que no sepa en qué hora vivo. Cada uno marca el tiempo que le da la gana y eso que todos comparten el mismo huso horario. A la mierda Greenwich y su dictadura cronométrica. Con los relojes retrasados o parados comienzan a abrirse puertas hacia otros tiempos que siguen intactos en mi memoria como si los adverbios temporales se fundieran en una sola línea que carece de límites entre el pasado, el presente y el futuro. La chispa que ha desatado el vendaval ha sido una tienda de Elche que ha recuperado la venta a granel de productos alimentarios libres del corsé de los envases de plástico y de las cantidades estándar que deciden los fabricantes. Lo leí en Alicante Plaza. Yo y muchísima gente más porque esa noticia encabeza hace un par de días el ránquin de lo más leído del diario. Ni la inminente exhumación de los restos del dictador patrio, ni el desaguisado del presidente de la Diputación de Valencia y sus acólitos que han metido en un embolado al Botánic, ni la resurrección in extremis de Argentina en el mundial de Rusia. Nada interesa más a los lectores que una tienda de ultramarinos de toda la vida como aquella en la que me crié despachando cuarto y mitad de azúcar o medio litro de leche fresca donde la uperización y la pasteurización se hacían en los fogones de cada cocina. Los modernos creen haber descubierto el comercio sostenible y responsable cuando no es más que una vuelta atrás en nuestros usos y costumbres domésticas. Las hueveras y las lecheras son ahora relíquias ancestrales igual que los envases de cristal de las cervezas o las gaseosas que se devolvían a los comercios por un módico reembolso que te gastabas luego en chucherías. “Por el mandado”, te decían las madres. Las cajas de cartón donde llegaba las mercancías se amontonaban plegadas en el doblado hasta que llegaba un camión que las pesaba y se les llevaba para reciclarlas mucho antes de que existieran los contenedores azules. Las gallinas y los cerdos hacían las funciones de los contenedores marrones. Las modistas que te hacían la ropa prêt a porter vivían al lado de tu casa y te tomaban las medidas con una cinta métrica y un fajo de alfileres entre los dientes. No residían a miles de kilómetros hacinadas en guetos, cosiendo a destajo por un sueldo mísero para personas que no han visto en su vida como si fuéramos todas cortadas por un mismo patrón. Ahora descubrimos las excelencias del jabón Lagarto de toda la vida, que es fenomenal para la caspa, la dermatitis y la higiene íntima porque está libre de químicos. Y nos reencontramos con cremas decimonónicas para el cutis que borran las manchas de la piel producidas por la edad, el sol o el embarazo. Hoy, con los relojes parados, vuelven las chicas de la Bella Aurora, esas que querían una tez blanca y radiante para paliar los estragos de las siegas y las vendimias en su piel. Pedían ese ungüento mágico que comercializó la firma barcelonesa de cosmética Gili en los años veinte del siglo pasado casi con verguenza por el dispendio. Eran mujeres que olían a polvos de Maderas de Oriente y que se creían a pies juntillas lo que anunciaban en los consultorios de la radio. Mujeres a las que hoy pido perdón por mis risas adolescentes mientras les despachaba esas pomadas fénix que a mi me parecían entonces caprichos de campesinas venidas a más.

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