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Investidura: ¿Misión imposible o teatrillo?

28/10/2023 - 

Tras la investidura de Alberto Núñez Feijóo (“Historia de un fracaso anunciado”) llega la de Pedro Sánchez (“la Investidura interminable”). Tan interminable que, de hecho, la presidenta del Congreso, de manera totalmente insólita, ni siquiera se ha molestado en poner fecha para el debate de investidura, a la espera de que las negociaciones se cierren por fin. La duda que inquieta y perturba a todos los que siguen con atención el asunto se cierne precisamente en torno a ese esperado clímax: ¿se cerrará un pacto de investidura, y cabe suponer que también de Gobierno, o saltará todo por los aires?

Si realmente pensamos que la negociación está abierta y en proceso, hay muchos motivos para dudar de que pueda llegar a buen puerto. Es una negociación a muchas bandas, con actores que compiten entre sí: PNV y Bildu en el País Vasco, y ERC y Junts en Cataluña. Además, hay que tener presente la convivencia de múltiples formaciones dentro de Sumar, algunas de las cuales (singularmente una: Podemos) podrían tener la tentación de mostrar un perfil propio.

De todas formas, parece claro que el auténtico escollo de la negociación está donde ha estado siempre: en Cataluña y en ERC/Junts. Con los partidos nacionalistas vascos el PSOE tiene una posición negociadora muy fuerte: la que le da ser el partido imprescindible para cualquier pacto autonómico con alguno de los otros dos, en un contexto en el que las elecciones autonómicas vascas han de celebrarse el verano que viene. Bildu, que aspira a ganar esas elecciones, necesita tender todos los puentes que pueda con el PSOE para normalizar su acción política a ojos del electorado español (al menos, del electorado socialista, porque con el conservador esto se antoja casi imposible) como paso previo a intentar un pacto con el PSOE; y por ello, entre otros factores, ha sido, de los cuatro partidos nacionalistas implicados en el pacto de investidura, el que con más claridad ha ofrecido su apoyo desde el principio. El PNV se muestra más renuente, pero, por las mismas razones que Bildu, no se puede permitir ser ellos los que impidieran la investidura (pues esta sería la única eventualidad en la que, tal vez, los socialistas vascos pudiesen virar hacia Bildu, aunque no fuera de inmediato tras las próximas elecciones).

En el caso de Podemos, esta formación puede tratar de hacer valer sus votos para conseguir algunas cuestiones programáticas específicas del PSOE, así como puestos en el Gobierno .(y, en particular, la renovación de Irene Montero como ministra de Igualdad). Pero parece improbable que se atrevieran a llevar dicha negociación hasta sus últimas consecuencias, esto es: votar en contra o abstenerse y así impedir la investidura y provocar la repetición electoral, lo cual sería un suicidio político, y además inmediato, porque probablemente Podemos se presentara en solitario a dicha repetición electoral, con resultados previsiblemente catastróficos.

Así que, en definitiva, estamos donde estábamos. El auténtico escollo está en Cataluña, donde hay dos partidos que compiten entre sí, los dos con importantes incentivos para pactar (evitar la repetición electoral, el obvio incentivo que supone la amnistía y las otras cuestiones que puedan acordarse, asumiendo que el referéndum será imposible), pero -a diferencia de lo que sucede en el País Vasco- también con importantes incentivos para no pactar, fundamentalmente continuar en el mismo juego de emulación y competición descarnada entre ambos por mostrar firmeza y pureza en los postulados independentistas, posición a la que a menudo tienen que dirigirse espoleados por las bases. Conviene tener en cuenta al respecto que, más allá de la labor de “spainwashing” a la que los medios afines al Gobierno están sometiendo a Junts y sobre todo a Carles Puigdemont, hay voces no desdeñables en el independentismo que ya están acusando al expresident y eurodiputado de blando, de andarse con componendas con “España” y, en resumidas cuentas, de coquetear con la traición a las esencias.

El juego de emulación y el miedo a quedar retratados como los blandos del independentismo está llevando a Junts y ERC a una vorágine de declaraciones y líneas rojas maximalistas que difícilmente podrán sortear el PSOE y Sumar. Y aquí surge la duda: ¿estamos asistiendo a una negociación de verdad, esto es, en la que todo está abierto y las cosas son como parecen, o bien tenemos una escenificación para contentar a las respectivas parroquias, pero en la práctica el pacto ya está acordado en lo esencial? El antecedente de la votación de la Mesa del Congreso, en donde los socios del Gobierno, Junts incluido, funcionaron como un reloj, podría avalar esta hipótesis.

Quizás haya un poco de todo aquí. Pero no conviene pasarse de frenada, porque, en ocasiones, gritar demasiado nos lleva a recular demasiado después (demasiado a ojos de “los nuestros”). Y si no que se lo digan a la rutilante presidenta de la Junta de Extremadura, María Guardiola, que se gustó algunas semanas mostrando su perfil centrista-moderado ante los medios para acabar vinculada con Vox tanto o más que otros barones del PP, previo ridículo estrepitoso al tener que pasar de la posición 1 a la posición 2.

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