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por amor al arte / OPINIÓN

Ha muerto el presidente

8/05/2018 - 

Ha muerto el presidente. Antonio Fernández Valenzuela fue un hombre hecho a sí mismo desde el barro. Duro como el pedernal con sus enemigos e incondicional a reventar con sus amigos, pasional y con una intuición política fuera de lo común, se empeñó a fondo en vivir a tope. A lo bestia. Su vida fue el interés público. La política. De altura. Fue un verdadero creador de transformación progresista por su inteligencia, capacidad de análisis y acción multiplicadora. Del blanco y negro al color. Del gris a la contención. Su último refugio han sido su familia y sus caballos. Emprendedor incansable, fue capaz de construir un imperio económico y marcar con su conducta una guía entre el empresariado alicantino. Respeto. Tuvo una virtud de la que sólo disfrutan algunos dioses: rodearse de los mejores. Una mirada a los ojos. Un segundo. Estabas con él o -¡ay!- contra él. Rudo en sus enfrentamientos, tuvo dignidad y el reconocimiento de -y con- sus adversarios. Un líder en estado puro, un mariscal de campo que apenas deja heridos tras la batalla. Aprendió a pactar. Generosidad. A quererse. Todo corazón. Quiso que le quisieran. Quiso a Alicante. Con todas sus fuerzas.

Eso le llevó a enfrentamientos legendarios, a debates interminables y a cometer algún error que otro. Una fuerza imparable de naturaleza. Una sonrisa ante la adversidad. Se puede decir que el moderno concepto provincial de Alicante alejado del surestismo de la derecha cavernícola es un invento, una creación, un constructo suyo. Heredó en la Avenida de la Estación un mero aparato administrativo de Luis Díaz Alperi y construyó, rodeado de valientes, una Diputación moderna, eficaz, competitiva. Y cargada de verdadero valor y peso político. Ante València, Madrid y el sursum corda.

Por eso siempre será el presidente. Fue capaz de realizar un imaginario de lo alicantino que, reconocido por todos, después, lamentablemente, ha sido corrompido y malbaratado por muchos.  Cuando no convertido en un borroso y perverso negocio. Se dejó la piel en ese empeño y ese es su legado político. Un alicantinismo cooperativo, integrador, productivo. Basado en la propia potencialidad y no en la queja ni el enfrentamiento. Con una mirada abierta, confiada y comprensiva del mundo.

Antonio Fernández Valenzuela fue un hombre guapo. Una cabeza romana. Una voz que paraba el invierno. Un tesoro de experiencia y sentido común que, en su último intento de tirarse al ruedo y entrar a matar, no fue reconocido por los suyos. Siempre joven y fresco. Mantuvo una idea clara de España, la Comunitat Valenciana, de la provincia y de la ciudad de Alicante.

Siempre ahí, sin rencores y con toda la retranca y lucidez que da la madurez, presente en el debate público, entraba como un huracán en la actualidad a saco. En la calle. En reuniones. En la red. También cogía el teléfono para cantarte las 40. O para preguntarte joder, cabezón, cómo estás. Luchó hasta el final por sus ideas. Ha sido un socialista. Hasta la médula. Otra herida.

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