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la yoyoba / OPINIÓN

Ese dulce aroma a talento

1/06/2017 - 

Cuando una opta por dedicase a la enseñanza nunca sabe si será capaz de transmitir a sus alumnos todos los conocimientos y experiencias acumuladas y sobre todo, la pasión por una profesión, el periodismo, que navega en aguas turbulentas. Durante las noches de insomnio, el miedo al fracaso se te pega a la piel como un chicle bien masticado. El feedback no llega de manera inmediata. Se trabaja con un material humano muy sensible cuyo resultado final tarda en comprobarse porque depende de muchos factores externos que escapan a nuestro control, incluida la suerte. Pero el talento es un aroma que se percibe apenas pasan por tu lado algunos jóvenes con ansias de comerse el mundo. El mérito de los profesores solo consiste en ayudar a destapar el frasco para que lo huelan los demás. 

Una vez le dije a una alumna de periodismo de la UMH, y ella me lo recordó no hace mucho, que debería dedicarse más a la literatura que a un periodismo encorsetado por la actualidad. Que su manera de escribir no cabía en titulares, ni siquiera en textos a cinco columnas. Entonces no se lo tomó muy bien, creo. Hoy me enorgullece encontrarla firmando su segundo libro en la feria de Madrid. Debutó con “Heridas del viento”, una crónica sentimental de su vida en Armenia. Ahora, en “Quién te cerrará los ojos” retrata con mirada casi impresionista la soledad de los pueblos agonizantes de España. Apúntense el nombre de Virginia Mendoza en sus agendas porque mujeres como ella iluminan el futuro de la literatura en castellano. Solo por haber detectado su talento cuando apenas era un brote recién germinado merece la pena dedicarse a la docencia. Pero no es la única.

Miguel Ángel Rives se pasó todo un sábado por la noche rondando a las prostitutas que se apostan en rotondas de la Vega Baja para escribir su primera práctica de reportaje. Tenía apenas veinte años. Xavi Martínez me emocionó hasta los tuétanos contando cómo languidecían los viñedos del Vinalopó porque los hijos no se reconocían en ese legado de amor por la tierra que heredaban de sus mayores. Claudia Fernández tenía la voz más bonita que yo había oído desde que Juana Ginzo abandonara las radionovelas de mi infancia. “Deberías ganarte la vida con esta voz”, le dije. Cuando acabó Comunicación Audiovisual en Ciudad de la Luz, estudió doblaje en Barcelona y hoy se gana la vida con ella. A Rubén Ferrández se le veía de lejos su espíritu emprendedor. Era capaz de vender arena en el desierto. Y a Carlos Salado, un alma tan libre cual judío errante, no le hacía falta venir a clase para inocularte su veneno creativo. Cualquiera que le viera por la calle, con su melena por la cintura, su tintineo de collares y ese andar cansino que le caracteriza, cruzaría de acera por si acaso. Pero su ingenio rebosaba cualquier botella. Todos lo sabíamos. Ambos se han colado en el nuevo panorama cinematográfico español buscando fórmulas imaginativas fuera de la tiranía de los exhibidores y han resucitado el género “neoquinqui” con su película “Criando ratas” que han visto millones de personas en Internet.

Y tantos otros. Lorena Escandell y Noemí López Trujillo que practican un periodismo feminista sin complejos ni mordazas. Salvador Campello, a quien Tele Elx se le está quedando pequeña. Pablo González, que respira atrevimiento por los cuatro costados desde que colocó una silla en lugares emblemáticos de Alicante para entrevistar por su cuenta y riesgo a los candidatos de las elecciones municipales. “Échale un vistazo, a ver qué te parece”, me decía en un correo con un enlace a su blog donde colgaba las entrevistas.

Esta columna se queda muy corta para nombrar a tantos alumnos con quienes he compartido un trozo de su camino, dándoles la mano a veces o simplemente mirando cómo aprendían a caminar solos. El otro día, una ex alumna nos escribió para darnos las gracias por nuestro trabajo. No hace falta. Nosotros somos los agradecidos por dejarnos respirar ese dulce aroma a talento que rezuman las aulas. 

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