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vals para hormigas / OPINIÓN

El tiempo redondo del Coscorrón

2/10/2019 - 

Se me hizo el tiempo redondo el pasado domingo en el Coscorrón. Parecía que celebrábamos un cierre de página, un punto final o ese momento en que terminan los conciertos y todos sabemos que aún quedan unos cuantos bises por oír. No lo llegamos a saber del todo, porque de repente nos cayeron encima todas las leyes de la Física que aún está por demostrar. Estábamos todos, hasta los que no estaban, porque fue imposible hacer recuento de bajas, muchas y muy sensibles, en un momento en que nos cruzábamos los que éramos y los que habíamos sido. Allí estaba yo, recién terminada la Selectividad, despertando a un mundo que ni siquiera podía imaginar. Y también estaba yo, tiznado de años y canas, lejos de aquellas noches consecutivas e inolvidables y con la esperanza de cargar aún con una mochila a medias. Todos iguales, todos distintos, todos a un tiempo tan jóvenes y con tantos años de más. Y sentado sobre el núcleo del universo, con el tiempo y el espacio contraídos en una pajarita de papel, el dueño del local, Chule, regando un baobab.

El Coscorrón es para todos el ojo de la Luna en el que aterrizaba el cohete de Méliès. Una tasca del Barrio con mojito y jazz a la que se accede por una puerta diminuta, claro. Pero más. La taberna portuaria de los robinsones, donde nos reuníamos a contar los naufragios y los rescates. El rellano de todas las escaleras, el cruce de Cheshire. El punto de encuentro donde nos citábamos todos los que nos queríamos perder para que fuera tan fácil localizarnos. Escuela, guarida, recuerdo, manta y asombro, futuro, recodo, bandera, cajón, confesionario, horizonte e identidad. Destino y tránsito, ayer y mañana, nido y libertad. Locura, efervescencia, espuma y silencio. Y no es ni ha sido nunca nuestro Café Americano de Rick porque a Chule no le sobra el cinismo y porque, en el fondo, ninguno andaba buscando un salvoconducto para huir lejos del piano de Sam, que con frecuencia sonaba a Oscar Robertson. El Cosco es más que nuestro hogar, porque hubo momentos en que llegar a casa siempre era lo mismo y en el Cosco ninguna noche se parecía a la anterior.

Pliega velas Chule como quien siente la punzada nerviosa de una inauguración. Porque no sabe vivir de otra manera que con toda la vida al mismo tiempo, de golpe y a granel. Y porque el pasado domingo, como ha ocurrido siempre en el Cosco, hubo una confusión de tiempos verbales, una parada simultánea de relojes y un desdoblamiento cuántico de la realidad, que nunca fue solo un mojito de limones exprimidos a mano ni un fraseo eterno de Coltrane ni un registro completo de nuestras huellas dactilares. Allí en el Cosco nos reunimos hasta los que no pudieron venir y nos volvimos a sentir invencibles y quietos y ornamentales y solitarios e imprescindibles y clásicos y orbitales y cauterizados y libres para elegir en qué momentos de nuestras vidas nos encontrábamos porque el tiempo en el Cosco será redondo y hasta los que hemos dejado de ir seguiremos confesando nuestros pecados bajo esas vigas forradas de colchonetas en las que siempre nos deslumbró que Chule hubiera sabido plantar un baobab.

@Faroimpostor

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