/ OPINIÓN

El hijo pródigo y aprobar suspendiendo

29/08/2021 - 

Dentro de mi educación católica una de las parábolas que no podía entender era la del hijo pródigo. Básicamente es la historia de un hijo irresponsable que pide a su padre la parte de su herencia, la cual derrocha en un breve espacio de tiempo. Tras pasar muchas penurias decide volver junto a su padre, que lo celebra con un gran banquete ante la sorpresa y enfado de su otro hijo que había permanecido trabajando junto a su él todo ese tiempo.

En cierta forma yo pensaba que, si el hijo responsable hubiese hecho lo mismo que el otro, jamás podrían haber hecho un banquete de celebración de la vuelta de su hermano al no quedar nada con lo que poder celebrarlo.

Todo esto viene a cuento del empeño del gobierno socialista de acabar con el fracaso escolar dando la orden de aprobar a todo bicho viviente que se acerque a un colegio. Parece sencillo valorar que, si no hay suspensos, por más que se empeñe un estudiante en responder que Isaac Newton descubrió América o que dos más dos a veces suman cinco, se conseguirá desterrar los elevados números de fracaso escolar que asolan a nuestro país. Obviamente, esa es una forma sencilla de resolver un problema sin abordar los problemas reales de la educación española como la formación y empoderamiento del profesorado, las estructuras de dirección de los centros, la orientación profesional de la educación y el escaso estudio de los resultados obtenidos entre otros.

Pero lo de aprobar, aunque no quieras, aunque no estudies o te sacrifiques lo suficiente es un grave error que condenará a la educación española. Es muy probable que las repeticiones de curso no o sirvan para motivar a un estudiante, más bien todo lo contrario, Pero como el hermano del hijo pródigo, la sensación de cualquier buen estudiante es que además que él supera sus cursos con capacidad y/o esfuerzo, necesita comprobar que el que no se aplica no lo supera. En caso contrario, muchos abandonarán el esfuerzo para dejarse llevar por la corriente al mismo lugar que el resto de sus compañeros, superando cursos, pero sin asimilar las habilidades y conocimientos necesarios.

Obviamente, el aprendizaje es algo complicado de medir, los suspensos en ocasiones es un algo muy subjetivo dentro de una relación asignatura-estudiante-profesor, pero hay elementos  que se pueden medir y por tanto mejorar.  Pero basarse en eso para eliminar el concepto de suspenso es una visión cortoplacista y cutre de solucionar el problema del fracaso escolar, que empeorará inevitablemente otro más grave que es el de los terribles datos del paro juvenil en el que España ocupa puestos de cabeza.

Parece obvio que una de las herramientas para combatirlo es mejorar la educación. Pongamos los medios para alcanzar ese objetivo y no nos focalicemos en aspectos banales como el fracaso escolar o porcentaje de horas en valenciano.

La formación debe basarse en el esfuerzo, mérito y capacidad del estudiante, así como de disponer a los mejores gestionando ese proceso formativo como docentes. Es posible que algunos estudiantes no puedan seguir el ritmo al encontrar obstáculos en el camino, hay que ayudarles a que los puedan superar, pero no quitarlos directamente.

Pero volviendo al hijo pródigo, esta parábola sirve en educación para expresar la idea de que el retorno a la educación siempre es posible y en muchas ocasiones necesario. A mí no me deja de sorprender la cantidad de estudiantes mayores que son capaces de superar las asignaturas de complicados títulos universitarios, compatibilizando los estudios con trabajo y responsabilidades familiares, mientras fueron incapaces de hacer lo propio de jóvenes y con dedicación exclusiva a los estudios. Si directamente se les hubiese aprobado en su momento tendrían el mismo título, pero no los mismos conocimientos, ni valorarían el esfuerzo que les costó obtenerlos.

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