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diario de un sacerdote en una semana santa marcada por la crisis del coronavirus 

El culto en cuarentena: de las 'mini' oraciones por audio de Whatsapp a la eucaristía vía Zoom

10/04/2020 - 

ALCOY. A las misas retransmitidas por el Papa en varios canales de televisión se suman las emitidas por Facebook o YouTube de algunas parroquias. Incluso las oficiadas en la propia casa del cura, o desde la misma iglesia en cuestión, convocando por el grupo del Whatsapp a través de un mensaje colectivo a sus fieles virtuales con el siguiente contenido: "uníos de corazón" al encuentro, ante la imposibilidad física del modo presencial. O bien oraciones breves -que algunos agradecerán- como las que envían, por audio, cada mañana, mediodía y tarde, desde la iglesia católica Santo Domingo Savio de Valencia, y que han llegado a más de 3.000 personas en una semana. 

La comunidad cristiana Tierra de Encuentro, en Madrid, también tendrá que tirar de las nuevas tecnologías para este Jueves, Viernes y Sábado Santo no pasen en balde para sus fieles, por eso prepara una oración compartida, en este caso por Zoom, cada día del Triduo Pascual, de 11 a 12.30 horas. Además de otros símbolos en este sentido, como fueron las palmas hechas a mano que colgaron de muchos balcones la semana pasada, o la vela encendida prevista para este sábado. Las propuestas para facilitar el rezo en casa son, más que nunca, infinitas, en este periodo de cuarentena que parece haber convencido a la Iglesia católica de que es tiempo de modernizarse y meterse de lleno en el siglo XXI, como mínimo, en la era de Internet. Aunque otros métodos más tradicionales, como la megafonía externa, o sonar las campanas, en este caso, cada mediodía, como signo de ánimo y oración, también están siendo útiles. 

En su caso, escucha las del campanario de la parroquia de San José Obrero, en Gandia, donde reside en la actualidad. "Yo creo que hay una posición interesante de cogerse a este tiempo que se nos ha dado, o impuesto, en el que la naturaleza nos dice que paremos, descansemos y nos cuidemos, una línea de estar con los pies en el suelo". Alberto Baltar tiene 42 años. Ha sido, durante diecisiete, sacerdote en la parroquia de Santa María de Alcoy, tarea que decidió dejar hace ocho meses. "Tenemos que vivir esta situación sin pánico, a fondo, y desde el silencio y la quietud", insiste.

"La preparación de líderes se hace con 'hangouts' cada quince días"

Él es quien nos pone al día de cómo está viviéndose el culto en estos días. A las soluciones virtuales y la propia mirada introspectiva, añade un aspecto que, dice, es fundamental en cualquier momento de crisis: hablar con la gente de los grupos y la parroquia, el contacto pastoral, más allá de la eucaristía en sí. "El teléfono. Siempre está ahí y ahora más que nunca es importante para utilizarlo con los familiares, incluso con los enfermos", asegura. Baltar explica que, según su conocimiento, no hay demasiados de sus compañeros que estén haciendo visitas a hospitales, aunque alguno sí, "dice que no tiene ningún miedo, y que trae esperanza". Y añade: "Los enfermos de COVID-19 no suelen pedirlas, se están solidarizando con los curas. Es cierto que alguno se arriesga, y va, aunque desde la dirección de los hospitales y la propia Conselleria de Sanidad se ha paralizado el servicio de visitas, que yo estuve haciendo en el Virgen de los Lirios de Alcoy durante cuatro años, de acompañamiento y tal", relata. 

Con la asistencia a los hospitales y el ejercicio de la extremaunción limitada, otra actividad religiosa, y que preocupa excesivamente a la población, es la que se está viendo perjudicada como consecuencia durante esta cuarentena: los entierros. "O no están celebrándose o se hacen en la intimidad -con un máximo de tres personas y/o familiares-, en ocasiones se están sustituyendo por responsos", detalla, y recuerda que el caso del cura Vicente Esplugues, uno de los cinco religiosos escogidos para ofrecer la última oración a los féretros de la macro morgue del Palacio de Hielo, en Madrid, es excepcional. "¿Si mueren solos? El tema de meter al doble de gente en los hospitales, con las UCI desbordadas, imagino que supone un riesgo de contagio demasiado alto. Es una razón médica, pero los enfermos no están dejados de la mano de Dios, hay que contar con el cariño que ponen las enfermeras y médicos", insiste.

En el caso del modus operandi de los grupos y las comunidades en general, "funcionan también por videoconferencia, con más o menos normalidad". En el caso de Baltar, al no dedicarse más al sacerdocio, prepara a través de este método un campamento de verano que espera, eso sí, que "se celebre, aunque sea en septiembre", ríe. Tiene otros deberes que atender, con lo que se podría decir que está viviendo una cuarentena muy productiva: forma parte del Racó de Sant Francesc, una casa espiritual para desfavorecidos, en Tales, Castellón, donde también se trabaja con una reflexión "cada mañana, escrita, además de las eucaristías por Facebook", concreta, sin olvidar los viacrucis para los Cursillos de Cristiandad de Valencia.

"Los creyentes podemos aportar paz y confianza; y oración a los enfermos, aunque sea por Whatsapp"

"La preparación de los fieles es otro tema", explica el ex sacerdote. "Para el grupo de líderes se organizan reuniones quincenales a través de la herramienta de hangouts de Google Meet", cuenta. "¿Si somos un servicio esencial? Pues bueno... Los creyentes en general podemos aportar paz y confianza. Mucha oración para los enfermos, aunque sea por Whatsapp; no sé si es esencial, pero sí muy importante", confiesa, marcando como segunda prioridad el tema "legal" que suponen algunas celebraciones, como las bodas. En este sentido, no quiere dejarse en el tintero la labor solidaria que aporta la Iglesia. "Tengo conocimiento de algunas mujeres del servicio que están confeccionando mascarillas, incluso las monjas, y oran desde casa. O Cáritas, que está dejando las casas de espiritualidad a disposición de Conselleria para poder alojar a pacientes de COVID-19". A eso añade el asunto de los albergues de transeúntes, que solo funcionan durante el invierno, abiertos ahora también para acoger a gente durante la crisis, o los vales para supermercados que las parroquias del centro de Alcoy, entre otras, otorgan -ya que los economatos se consideran lugar de aglomeración-, junto al servicio mínimo de acogida y de escucha, que realizan casi en la clandestinidad. "¿Si el Papa o la Iglesia podrían hacer más? No sé si esto es poco o se puede hacer más, es lo que sé", insiste.

"Yo creo que esto debería servir para fidelizar, no sé cómo decirlo. Igual que ocurre en Estados Unidos; poder tener una base de datos con todos nuestros fieles. Parece que en la Iglesia Católica de Occidente esto nos dé miedo, se ve como una invasión de la intimidad", señala. "Mucha gente prefiere ir a la Iglesia y ya, no tener después ningún contacto. Lo cierto es que, en situaciones como esta, es cierto que Dios sigue estando contigo, y que no te va a faltar de nada, sí, pero estando más conectados, en grupo, los mensajes de apoyo suelen llegar mejor", insiste. "El teletrabajo es también una oportunidad para nosotros, para estar capacitados y poder funcionar on-line, además, para cuando nos volvamos a reunir de manera presencial, para aquellos cristianos que no puedan estar, que nos sigan desde la distancia", explica. "Está siendo, dentro de lo malo, un momento muy chulo, por ver la unidad de todos; las religiones siempre hablamos de eso, y ahora se está compartiendo de manera general, como ciudadanos", reconoce. "¿Sobre algunos religiosos que se alzaron contra la cuarentena? No creo que sea extensible a toda la comunidad, sino solo algunas personas", explica. 

"Hemos de ser conscientes de que llevábamos un ritmo de vida brutal, que incluso algunos mantienen hoy en sus hogares, a pesar de todo. La quietud y el silencio es lo único que sacará nuestra verdad, lo mejor de nosotros mismos; lo contrario, nos llevará a mantener los pensamientos desarmónicos", concluye. Una propuesta, la suya, que pasa por salvar el alma. La de uno mismo, y la de todos. De momento, de las mejores cosas que podemos hacer, como mínimo, si nos tenemos que quedar en casa.

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