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la yoyoba / OPINIÓN

El culo blanco

24/08/2018 - 

Los días de blanqueo comienzan al amanecer. Apenas clarea cuando las casas se llenan de mujeres vestidas para la ocasión. Babilones de faena decorados con lunares blanquecinos que han sobrevivido a otros zafarranchos,  pañuelos atados en la cabeza y guantes de goma a estrenar. En el centro del patio se amontona el bidón donde se ha apagado la cal viva junto a otros accesorios para dejar las paredes como los chorros del oro. Escobillas de palma, brochas multicolores, escaleras de mano, pinceles para hacer el trabajo fino en zócalos y rodapiés, botes de pinturas y cubos de plástico que firman su sentencia de muerte por adelantado. De la cocina emerge un murmullo de voces femeninas y un olor a café recién hecho, a tostadas y magdalenas. En el centro de la mesa, las botellas de anís El Mono o de Machaquito están preparadas para pintar sonrisas en la boca antes que en las paredes.

Los días de blanqueo son una ceremonia ancestral que cada familia celebra cuando los días anochecen tarde y amanecen muy temprano. Las casas se preparan para dar la bienvenida a los veraneantes que pasan revista a los desconchados de las fachadas para testar la buena salud de los pueblos atendiendo a la blancura de los muros exteriores. A eso de las once de la mañana levantará la calor así que hay que darse prisa en encaramarse hasta el borde de los tejados para dar las primeras manos de cal antes de que el sol derrita las aceras. El trabajo de las niñas consiste en eliminar con agua los goterones de cal que caen a la calle como una lluvia de confetis níveos que si no se quitan en el momento luego son muy difíciles de limpiar. Con suerte, alguna vez las dejan pintar una ventana o dar brochazos gordos en zonas aptas para estaturas reducidas. Cuando hay que recogerse del sol, la mesa vuelve a estar preparada para enfilar las últimas horas de la mañana con el estómago bien provisto. En el interior de las viviendas, el trabajo no da tregua. Los muebles se desplazan como fantasmas hasta el centro de las estancias. Hay que abrir hueco para pintar esos lugares invisibles que dejan su sombra en las paredes. Cuando la cal o la pintura se secan, vuelven a su destino para ser destripados, oreados y escamondados de polvo y telarañas que acechan por las esquinas más recónditas. Allí donde no llegan los trapos de diario anidan sin compasión las arañas. La jornada es europea. A la una y media hay escampada general para almorzar en casa porque a la hora de la radionovela el mundo vuelve a estar patas arriba. Los blanqueos que atesoro en mi memoria incluyen la sintonía de Lucecita a la hora de la siesta. Durante media hora,  la algarabía de mujeres se pone en off para escuchar en la radio las penurias de ficción que consuelan las desdichas propias. Son días también para el reencuentro. Aquel libro que desapareció por arte de birlibirloque, un zapato que enviudó durante el invierno, cajas repletas de fotos antiguas que se atrincheraron en algún altillo inexpugnable… Y así un día, dos, una semana o lo que hiciera falta hasta que las casas recobraban su aspecto de recién estrenadas. Aún puedo sentir el olor a limpio, a pintura, a barniz, y oigo a lo lejos la cantinela de “no te arrimes a la pared que te vas a llenar de cal”. Creo que en casa de Los Inhumanos también hacían blanqueos anuales.

No sé por qué me ha salido hoy esta vena nostálgica. Quizá porque se avecina una limpieza general en un mausoleo donde hace más de cuarenta años que nadie ha quitado las telarañas de nuestra historia más reciente. O quizá porque me he despertado con la cancioncilla aquella de “Franco, Franco, que tiene el culo blanco….” y me ha dado por pensar en la cal viva. Vete tú a saber. 

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