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LA YOYOBA / OPINIÓN

Dile a tu padre que le quieres

3/03/2017 - 

Eras rubio, mocoso y guaperas, un aprendiz de canalla desde la más tierna infancia. Pequeño furtivo de alacenas caseras, de esos que hacen incursiones nocturnas en la orza de los pestiños y luego niegan la fechoría con la boca embadurnada de miel y matalahúva. Un día como hoy no puedo dejar de mirarte en la fotografía amarillenta que desempolvé de un antiguo álbum familiar. A veces, a una le da por pensar cosas extravagantes en los momentos más inoportunos. Como que el tañir de las campanas que redoblaban por tí lo hacían por martinetes y que ese cante de flamenco antiguo  era tu último lamento desde lo alto del campanario. Te habría gustado. Pero tu legado genético, el que veo en el espejo todas las mañanas, no tuvo a bien impregnarme las cuerdas vocales. Lástima haber heredado tu piel, tus ojos, tus manos pero no tu garganta portentosa.

Pasaste de robar pestiños a robar corazones a lomos de un caballo. Te enseñó tu padre, un castellano viejo que desertó de su destino de chocolatero en la Zamora más profunda para vender mantas a dita por la Baja Andalucía. Palabras, las justas. Un silbido doble para llamarnos a la mesa y una mirada larga para todo lo demás. “Ya eres mujer, ahora tienes que ayudar a tu madre en la casa”, dijiste aquella tarde de septiembre en la que sentenciaste mi infancia. “Siéntete orgullosa de ser andaluza”, fue tu despedida el día que me marché en busca del futuro a bordo de un autocar destartalado al que apodaban “el catalán”. Palabras, las justas. Yo era experta en interpretar tus silencios. Sabía que me querías aunque nunca lo dijeras, aunque no compartiera tus gustos culinarios por las cabezas de cordero al horno, ni por las habas enzapatadas al estilo portugués. Eso sí, las brevas peladas y ribeteadas de leche condensada que ponías en enfriar en la nevera las siestas de verano eran mi perdición. Nadie se atrevía a tocarlas sin tu permiso excepto yo, que me las zampaba sin reparo a sabiendas de que para ti sería un honor que acabaran en mi estómago.

Poco importaba tu falta de pericia con las palabras cuando me trajiste mi primera máquina de escribir desde Alemania. Que no tuviera regalos de cumpleaños si luego me alegrabas el día con un ramo de espigas de trigo que soportan bien el paso del tiempo. Puede que no cumplieras ni uno de los requisitos de los manuales de cómo ser un buen padre. Yo tampoco he sido un hija de manual. No te complací en casi nada. No aprendí a cantar, ni a montar a caballo, ni voté nunca a tu partido. Y encima, el andalucismo que tu me reclamabas lo moldeé en otra tierra y con otra lengua. Pero algo debiste hacer bien para que tu recuerdo, como canta Serrat, sea cada día más dulce. Ahora ya puedo escuchar fandangos sin que se me haga un nudo en la garganta, pero durante años el flamenco ha sido un látigo sonoro que me dejaba tu memoria en carne viva.

Hoy podría haber hablado en esta columna de muchas cosas. La actualidad está que revienta por los cuatro costados. Sin embargo, una punzada íntima me ha recordado que hoy es 3 de marzo. Y he vuelto a escuchar la letanía del martinete. @layoyoba


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