MEMORIAS DE ANTICUARIO

Cuando el arte huye de las bombas: la odisea del Museo del Prado

“El Museo del Prado es más importante para España que la República y la Monarquía juntas”. Manuel Azaña

12/06/2022 - 

VALÈNCIA. Ha sido casual que la presentación en la sede del Casino de Agricultura y organizada por la Fundación El Secreto de la Filántropia, del interesantísimo libro “El viaje del tesoro. Manuel Arpe y la evacuación del Museo del Prado, 1936-1939)”, se de cuando se cumplen los cien días desde el inicio de la invasión de Ucrania por Rusia y el consiguiente conflicto bélico entre ambos. Toda guerra implica destrucción material prácticamente indiscriminada lo que conlleva destrucción de toda clase de bienes culturales, muchos de los cuales, a partir de ese instante sólo conoceremos a través de la fotografía. En el citado caso de Ucrania, el país europeo tiene siete sitios declarados Patrimonio Mundial de la UNESCO.  Entre ellos varios monasterios o la misma Catedral de Santa Sofía de Kiev, por lo que durante las primeras semanas de la invasión, el gobierno del país llevó a cabo el traslado de numerosas obras de arte a búnkeres con fines de protección frente a la artillería rusa. La propia Unesco se ha implicado en esta protección llevando a cabo la señalización de los bienes con el llamado “escudo azul”, figura y recurso creado tras el desastre sin precedentes que significó para Europa la Segunda Guerra Mundial. Pero hoy hablaremos de una odisea que no tiene comparación, como fue el traslado de prácticamente la totalidad del Museo del Prado al corazón de Europa con los medios de los que se podía disponer hace poco menos que un siglo.

El viaje del tesoro

Este es el título del interesantísimo libro publicado por la editorial Eneida que tiene como coautores a Rafael Seco de Arpe, Fernando Seco de Arpe y Manuel Haro Ramos. Dos de estos, nietos del protagonista del mismo, Manuel de Arpe, que fue la única persona que como técnico, pues era restaurador del museo, acompañó y por tanto veló por el tesoro artístico durante toda su aventura, en primer lugar hasta València, tras una estancia en nuestra ciudad, a Cataluña, y su paso hacia Francia y finalmente a Ginebra para, definitivamente regresar a la capital de España una vez finalizó la Guerra, si bien tuvo que atravesar el país galo tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Como diría tiempo después Alfonso Pérez Sánchez, el que fuera director del museo entre los años 1983 y 1991 “la Guerra Civil española hizo vivir al Prado las más graves y dramáticas situaciones de su historia”. 

«Si los cuadros desaparecieran o se averiasen gravemente, tendría usted que pegarse un tiro» le espetó el propio Azaña a Negrín poco antes de partir el primer envío de obras desde Madrid a València. Y así comenzaba un largo camino, un relato inédito hasta la fecha, pues, como decía, el hecho de que todo un museo salga de su sede histórica, de la ciudad que siempre lo ha acogido, para iniciar un viaje de más de dos mil quilómetros huyendo de los peligros de destrucción que acarrea todo conflicto bélico, es algo que no tiene equivalente en la museística comparada a lo largo de los siglos.

El museo abre al público, por última vez, el 30 de agosto de 1936, en pleno sitio de la ciudad de Madrid por las tropas franquistas. Sin embargo, a su vez, el edificio empieza a recibir obras de localidades cercanas a Madrid o de edificios como el caso del Escorial de donde llega el Jardín de las Delicias de El Bosco. El 16 de noviembre son nueve las bombas que caen sobre el museo, pero a principios de mes ya se había despachado la primera orden de traslado de 42 obras de Velázquez, Goya o Tintoretto, entre otros. Después de éste se sucederían hasta 25 expediciones. Se incluyeron cuadros de otros lugares madrileños, además del Tesoro del Delfín y del Cristo de Medinaceli. En València capital de la República, primera parada y en principio, estación de término, las obras se almacenaron en las Torres de Serranos protegidas con sacos de corteza del arroz y en el Real Colegio del Patriarca.

Sin embargo, al tiempo todo vuelve a cambiar, las guerras son así, y ante el posible corte de los accesos a la ciudad por Castellón, y el cada vez más próximo frente bélico se decide un nuevo viaje de las obras, en este caso a Cataluña, concretamente en el Castillo de Peralada (el gobierno republicano ya se había instalado en Barcelona), rumbo a Francia. Por intermediación del pintor José María Sert se constituye el “Comité International por la sauvegarde des tresors d´art espagnol” compuesto por los directores de los principales museos del mundo. Me congratula ver como representante de la Wallace Collection al anticuario Joseph Duveen. La cada vez más inestable situación dio lugar a que se decidiera cruzar la frontera rumbo a Ginebra, sede de la Sociedad de Naciones, que actuaría como protectora de este valiosísimo patrimonio de la humanidad.  Más allá de ser propiedad del estado español, el asunto trascendía nuestras fronteras. Incluso en esta ciudad suiza se celebró una exposición con las obras maestras del museo y a la que acudieron casi 400.000 visitantes venidos de media Europa. Una cifra que hoy es casi imposible de reunir en una exposición de los grandes museos.

La publicación ha sido posible, en buena parte a partir de las notas que, en el momento, no de memoria, iban siendo elaboradas por nuestro protagonista, que además fue acompañado en todo el viaje por su familia bien en los propios camiones o en trenes en unas condiciones lamentables como cuando debieron salir a la carrera todos los cuadros en decenas de camiones desde las torres de Serranos y el Patriarca rumbo a Cataluña y el autor del diario no encontraba espacio en los camiones del ejército. Al final uno de los mandos le señaló un espacio minúsculo en la parte trasera de una furgoneta “entre los dibujos de Goya”, nada más y nada menos. Momentos delicados hubo para todos los gustos como cuando Manuel evitó que las Meninas fueran enrolladas para poder salvar un puente, con los daños que esta operación y en esas circunstancias tan precarias hubieran acarreado para el cuadro o cuando un balcón se desprendió en Benicarló, cayendo sobre un camión y dañando gravemente varias obras. No les quiero adelantar más y prefiero que se sumerjan ustedes en esta interesante publicación que además de ofrecernos una lectura apasionante nos ayuda a valorar más lo que tenemos desde el momento en que lo pudimos perder. Cerca se estuvo de ello.

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