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por amor al arte / OPINIÓN

Coque Malla

10/11/2019 - 

El viento helado no deja arrancar el motor. Una patada. No falla. Hoy es una espléndida mañana de Navidad electoral. El bar Aquarium está lleno de ojerosos camareros y clientes que se engullen dos o tres bloodys marys a secas y de un trago para que la sangre se ponga otra vez en circulación mientras releen e intentan comprender el cuento editorial de Edwin Leland James, Managing Editor de The New York Times. De repente, un estruendo de pura vida desgarra la tensa paz  del escriptorium: estalla la alegría. Entran seis o siete parejas súper contentas vestidas de fiesta, que no acaban ni quieren asimilar que la fiesta de la campaña eterna ha acabado y piden, una tras otra, cinco botellas de Veuve Clicquot. Brindan por su vida, el frio, la emergencia climática, por los deseos ocultos, su sensualidad desbordante, porque están descubriendo el mundo y el poder del sexo, por la cocaína, la morfina y el crack, por Amy Winehouse, Bach, Mueveloreina, Bruno Lomas, Camela, Vicent Andrés Estellés, Coque Malla, por la nieve que empieza a caer, pero sobre todo por los contendientes. Todos los presentes, incluso los derrotados, sonreímos, nos miramos, sana envidia, y pagamos. Sabemos que hoy debemos ir a votar. El rito sagrado que está grabado en el bisonte cincelado en lo más íntimo de nuestras conciencias.

Todos, cada uno de nosotros, añorantes de la fuerza de la juventud, sentimos que estamos asistiendo al fin de la euforia liberadora, de la desinhibición y ganas de vivir de cualquier periodo de entreguerras. Los más viejos, arruinados contra la realidad, estupefactos ante la barra -falta la comida con los cuñados, la nochevieja, los reyes, la Januká- acabamos de despertar. El adn del arrecife digital de las Santas Escrituras. Se hace un silencio perfecto, el cortante canto gregoriano allá en una catedral gótica en el polo norte. Olemos a pólvora. La sangre de Marat. Todos nos estremecemos recordando el humo de la chimeneas del Holocausto, de las cadáveres abandonados en las cunetas. Viejos tiempos. De los desastres de la guerra. De la ignominia de la dictadura. De las sentencias de muerte. De la indignidad del terror organizado. Todos menos ellos: sí. Los candidatos. Que, pase lo que pase, está vez deben ponerse de acuerdo. Vamos a votar. El cuento de Navidad era un alegato de los turbulentos años 30 del siglo pasado contra lo que ya se calificaba como el “fascismo dulce”. Un rayo de dignidad cruza el cielo del bar. La nieve no cuajará.

Jeff Bezzos, el dueño de Amazon, abre la ventana al hielo cortante del poder del dinero y vuelve a poner Gotta Get Away de Salvador Domínguez. Repasa los beneficios de España. No le hace falta leer el cualitativo, el informe confidencial. Alguien ha hackeado la Cadena Ser en plena semana electoral. Bezzos escucha música dura, pura y a toda hostia, alicantina y universal -joder cómo toca la guitarra el maestro- y, sobrevolando distraídamente unas putas cifras qué coño -con perdón- es capaz de radiografiar exactamente qué está pasando aquí. Los españoles están a punto de derribar de nuevo el muro de Berlín. Saltar a por una una nueva constitución. Felipe VI guarda un silencio que taladra el pudridero de El Escorial. Todas las casas de chaperos y putas de Estoril. Los amantes de Isabel II. Y la Sala Nova del Palau de la Generalitat Valenciana. Luis Barcala anda desnortado en el caladero del Gran Sol. Francesc Sanguino, levanta con dignidad, la bandera hacia la luz. Théodore Géricault. Alertan de la presencia de ratas negras en Madrid. La corte anda escandalizada por la falda midi recta en color negro y flores rojas de SM la Reina Letizia. La cintura de Shakira. El cerebro de Gerard Piqué.

La nueva aristrocacia mundial sabe que no podemos volvernos quedar al margen. Bill Gates baja comiendo alpen macarroni en un vaso plástico recicable las escaleras de la piscina mirando el mural de Bansky. Rosalía. El Niño de Elche. Se desnuda. Nadando, a solas, se adentra, braceando, en la magnificencia del enigmático cuadro de Adán y Eva de Lucas Granach El Viejo. Recuerda su juventud en Europa. Nirvana. Los huevos de Carl Gustavovich Fabergé. Entra su mujer Melinda. Se pone el albornoz. Mira la hora. Llama a Ana Botín. El próximo domingo quedamos en donde tu quieras. Amancio Ortega asiente. La burguesía de la Comunitat Valenciana discreta, quizás por primera vez en nuestra historia, sabe que tiene que arremangarse y hurgar entre las cañas, los diamantes y el barro. L’Albufera se está muriendo. Veinticuatro aviones plateados siguen abandonados en el aeropuerto de Manises. En Elx- Alacant suena el último teléfono ya de madrugada. Esta vez habrá que poner dinero. Amén.

Nos convoca al filo del precipicio a Juanma Blau, Gonzalo Eulogio a Carlos Arcaya y a un servidor, el super artista teatrero y más alicantino: Sixto De Toro Angulo. Talento. Inteligencia. Bestialidad. Inmenso. Quiere saber qué sentimos y pensamos del futuro. Terminamos hablando del pasado, que es el presente. Mañana.

 El aguanieve se escucha nítidamente. Son las 5:30 de la madrugada. Mi nunca bien ponderado ni pagado Herr DirektorMiquel González me descejarra: “no se te ocurra nombrar ni a un solo político. Sólo pura literatura”. No puedo. Mi corazón está a la izquierda. Un universo inmenso e inacabable. No podemos consentir el linchamiento ni de Ximo Puig ni de Mónica Oltra -gracias por el mensaje- ni de la gente decente. Noche oscura en el alma del pozo hondo. Salgo tiritando. Inma De la Concepción me arrebuja y me mira: bajemos a votar. Las niñas vuelven del 2052. Ya no estamos en un cuento. 2019. Blade Runner. No al fascismo. NI dulce, ni seco ni a palo seco ni envuelto en papel de celofán. Esta vez debe cuajar la nieve.

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