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la yoyoba / OPINIÓN

Be water my friends

14/09/2018 - 

Este es un país de Diegos donde las certidumbres absolutas son solo patrimonio de los más ignorantes. De los pobres de espíritu. De los inmóviles por la gracia divina. De aquellos a quienes les falta cintura, no sé si también cerebro, y les sobran huevos. De los que se escarranchan encima de sus convicciones sacrosantas para no bajarse del burro grande, ande o no ande. Firmeza, determinación y disciplina son cualidades con las que se autodefinen los gobernantes que prefieren morir e incluso matar antes que convertirse en junco. Y en éstas, llegaron ellos. Los discípulos del be water my friends paseando sus cartelones de rectification por los ring de boxeo televisivo, por las tupidas redes donde habitan los fanáticos bien apretados en sus filas de toda la vida. Y claro, se armó la de dios. Un pobre dios que apenas saca tiempo para limpiarse toda la mierda que se le ha venido encima.

Llegan con un arsenal de bombas inteligentes que ahora venden ahora no venden al amigo saudí. Prometen quitar las concertinas de nuestro muro de la vergüenza y luego lo dejan si eso para después mientras reactivan las devoluciones en caliente. Proclaman la separación de poderes pero pagan defensas privadas con dinero público. Protegen su dignidad académica tras escudos de papel maché que no aguantan el mínimo soplido de una investigación periodística. La hoguera de las vanidades está abrasando currículos regalados por los que ahora hay que pagar un precio no estipulado en el contrato original o quizá también plagiado. “No todos somos iguales”, gimoteaba la ministra mientras apoyaba su cabeza en el cadalso y los telediarios abrían con su prematuro obituario político. Un gesto totalmente inocuo para su contrincante más popular que sigue bailando el chotis sin moverse un milímetro de la baldosa. Rectificar es doloroso en casi todas las ocasiones y no hay ibuprofenos que valgan. Pero reconocer que nos equivocamos nos hace honorables, humanos, perdonables. Rectificar es adaptar las necesidades a las posibilidades pero sin llegar a ser imbéciles o ineptos. A veces la línea es demasiado delgada. Decirlo en voz alta es un ejercicio de sabiduría muy muy antigua. Los más modernos del baile nunca lo hacen. Se enrocan en ficticias guerras justas, persiguen arsenales químicos que no existen en desiertos lejanos, buscan desesperadamente autores intelectuales de masacres con carné de identidad o maquillan alianzas militares a las que antes escupían para sacarlas a bailar en la plaza del pueblo sin rubor. También los hay que intentan rectificaciones sottovoce tejiendo y destejiendo repúblicas como Penélopes atrapadas en su propia tela de araña. Pero las rectificaciones “lo siento, no volverá a ocurrir…” deberían servir para aprender a esquivar nuevos errores y no solo para engañar a los confesores de turno, a los votantes o a los súbditos. Al ritmo que llevamos nos van a faltar piedras para tropezarnos. Las buenas intenciones no son el conejito de Duracell. Las patentes de corso caducan a los 100 días, más o menos. Si los errores, contradicciones y rectificaciones se perpetúan en el tiempo y en el gobierno, nos van a surgir dudas sobre si son juncos o simplemente veletas. Y mucho ojo, porque la ciudadanía puede hacer uso del VAR en cualquier elección de éstas y anular un gol. Incluso el de la “mano de Dios”.

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