Opinión

Opinión

TRIBUNA LIBRE

¿Y si nos ponemos en el lugar de los venezolanos?

Publicado: 14/01/2026 ·06:00
Actualizado: 14/01/2026 · 06:00
Suscríbe al canal de whatsapp

Suscríbete al canal de Whatsapp

Siempre al día de las últimas noticias

Suscríbe nuestro newsletter

Suscríbete nuestro newsletter

Siempre al día de las últimas noticias

Para muchos venezolanos, la detención de Nicolás Maduro por Estados Unidos no se vive como un debate sobre soberanía o derecho internacional. Se vive como el final abrupto de una pesadilla prolongada durante años. Esa diferencia de perspectiva explica por qué, mientras fuera se habla de precedente peligroso, dentro del país muchos hablan, sencillamente, de alivio.

Venezuela llevaba tiempo fuera de los márgenes funcionales de un Estado. No solo por la deriva autoritaria, sino por la destrucción sistemática de las instituciones, la conversión del poder en una red clientelar y criminal y la imposibilidad real de provocar un cambio desde dentro. Elecciones sin garantías, oposición perseguida, exilio masivo y una economía devastada.

Por eso, para muchos venezolanos, la pregunta no es si Estados Unidos ha violado el derecho internacional. La pregunta es más incómoda: ¿había alguna otra salida efectiva?

Y la respuesta que muchos se dan —no todos, pero sí muchos— es no.

La detención de Maduro no ha traído una ruptura limpia del sistema. Ha traído algo más ambiguo: continuidad sin el líder, con Delcy Rodríguez manteniéndose en el poder bajo un control externo explícito. No hay revolución, ni transición democrática inmediata, ni refundación institucional. Hay un régimen amputado, vigilado y condicionado desde fuera.

Eso explica el alivio inicial... y también el desconcierto posterior.

Porque si bien muchos celebran la caída del símbolo máximo del régimen, otros empiezan a preguntarse qué ha cambiado realmente. Las mismas élites siguen ahí. Los mismos resortes de poder permanecen activos. Y la soberanía, ya erosionada durante años, ahora queda formalmente subordinada a decisiones tomadas fuera del país.

Aquí emerge el miedo de fondo, incluso entre quienes detestaban a Maduro: haber cambiado un secuestro interno por una tutela externa. Los venezolanos saben —por experiencia histórica latinoamericana— que las intervenciones que prometen orden y estabilidad rara vez vienen acompañadas de una salida clara. Quien controla la transición controla también el calendario, las reglas y los beneficiarios.

El riesgo es evidente: que Venezuela no transite hacia una democracia funcional, sino hacia un protectorado de facto, donde las decisiones clave se adopten en Washington mientras el poder local administra el día a día. Para una sociedad exhausta puede parecer un mal menor hoy, pero es una hipoteca política profunda para mañana.

Además, el país sigue profundamente dividido. Hay quienes consideran la detención de Maduro una humillación nacional, incluso repudiando su figura. Hay militares y funcionarios que temen purgas selectivas o ser moneda de cambio. Y hay una mayoría silenciosa que, más que celebrar o protestar, espera que esta vez el desenlace no vuelva a traducirse en más pobreza, más violencia o más emigración.

Desde dentro, el discurso internacional vuelve a sonar hipócrita. Rusia y China invocan la soberanía que ignoraron mientras apuntalaban al régimen. Europa habla de legalidad, pero fue incapaz de forzar una transición real cuando aún era posible. Estados Unidos actúa con decisión, sí, pero lo hace imponiendo un esquema de poder que prioriza el control sobre la legitimidad democrática. Nadie sale limpio.

Para muchos venezolanos, el orden internacional había fracasado mucho antes de la detención de Maduro. Fracasó cuando las resoluciones de la ONU no tuvieron efectos, cuando las sanciones castigaron más a la población que a la cúpula y cuando las negociaciones se eternizaron sin consecuencias. Lo ocurrido no rompe un sistema que funcionaba: confirma que ya estaba roto.

La pregunta decisiva ahora no es jurídica, sino política y moral: qué viene después. Si la tutela externa sirve para desmontar el régimen, devolver la voz a los ciudadanos y abrir una transición real, muchos aceptarán este episodio como un mal necesario. Si, por el contrario, consolida a Delcy Rodríguez como gestora local de un poder ajeno, será visto como otro capítulo más de una historia escrita sin los venezolanos, aunque se haga en su nombre.

Ponerse en su lugar obliga a abandonar certezas cómodas. Aquí no hay soluciones limpias ni victorias claras. Hay un país agotado que ya no juzga los acontecimientos por su pureza legal, sino por su capacidad de cambiar —de verdad— una realidad insoportable.

Y eso dice menos sobre Venezuela que sobre el fracaso colectivo que ha llevado hasta aquí.

Recibe toda la actualidad
Alicante Plaza

Recibe toda la actualidad de Alicante Plaza en tu correo