Solo verano

Opinión

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VALS PARA HORMIGAS
Publicado: 29/07/2026 · 06:00
Actualizado: 29/07/2026 · 06:00
  • Desalojo del playa del Postiguet de Alicante.
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Aprovecho que todo el mundo parece haberse puesto al día con La Odisea para ahorrarles explicaciones. La esencia del verano consistía en escapar de Ítaca. O en regresar a Troya, que no es exactamente lo mismo. Desde muy pequeños ya intuíamos que poco después de cruzar septiembre nos esperaban los profesores, las rutinas, los balances de cuentas y las visitas al médico, que tejían y destejían nuestra propia mortaja. Pero el verano era una travesía por lo inesperado, por la aventura, por los peligros que adivinaban nuestras madres, seres fabulosos que disponían de un ojo en el cogote y gozaban del don de la videncia, como Tiresias. Un cangrejo era un ser de otro mundo, el portero del apartamento tenía un ojo como Polifemo. Había quien elegía la vida sin sobresaltos ni memoria que ofrece Calipso. Había quien prefería la magia de Circe. Y el mar, el inmenso mar, era un dios. 

En realidad, de niños no nos dábamos cuenta. No se nos podía pedir todavía, sobre todo a los de ciudad, que permaneciésemos atentos al brote de una hoja en primavera, no se nos podía pedir que contáramos los colores del otoño, no se nos podía pedir que distinguiésemos las vacaciones de verano de las de invierno, que solo se diferenciaban al despertar. Conforme íbamos creciendo ya comprendíamos que cada frontera exige un pasaporte. También la del calor, que se cobraba la pérdida de los relojes y la olimpiada de cuerpos semidesnudos con toneladas de sopor, montañas de aburrimiento e incesantes cantos de chicharra. Pero aun así, la vida en verano era otra cosa, un salto en bomba hacia el agua fresca, el agujero en una valla de jardín que escondía secretos, otra ronda de palomas y cuatro perras ganadas al chinchón. La esencia era escapar de Ítaca. Troya vendría después. Y la montaña, la inmensa montaña, era una diosa. 

Sucede que hay un momento en que recobramos la memoria. Es ese momento en que comenzamos a añorar los veranos de cuando éramos pequeños, el tablón sobre dos rocas en el que cabíamos tres amigos, los partidos en los que dos camisetas dibujaban todo un estadio, las pruebas cronometradas de aguante bajo el agua sin respirar. Y los de cuando crecíamos y escapábamos a la mirada de mil ojos de nuestra familia, para pasar la tarde en los autos de choque, en un enredo de remojones junto a la piscina de los apartamentos de al lado, en una caminata por caminos que no existen bajo la luz de la luna. Para cuando conocemos a Calipso, a Circe o a Penélope, para cuando conocemos a Ulises, a Antinoo o a Telémaco, para cuando sabemos que lo único que nos puede salvar es la súbita y juguetona aparición de Atenea, ya todo está perdido. Y deseamos cada verano que vuelva el tablón, el agujero en la valla, la respiración contenida y aquel hombro desnudo y bronceado que brillaba al anochecer. 

La esencia de los veranos de nuestra infancia consistía en escapar de Ítaca. La de los de nuestra madurez, en regresar a Troya, que no es lo mismo. Pero todo eso es lo que estaremos robando a nuestros descendientes cuando ya solo haya verano. 

 

@Faroimpostor 

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