La ciudad de Alicante ha cerrado con éxito Les Fogueres de Sant Joan de 2026. Monumentos de mucho nivel (cada vez más), alta participación de festeros/as y atracción de miles de visitantes, con el consiguiente rédito económico que eso conlleva en varios sectores. A simple vista, todo parece que ha ido perfecto. Pero nos engañaríamos a nosotros mismos si no dijéramos en esta columna, y en otras, que, a pesar de los cambios que se han ido tratando de introducir de forma progresiva para racionalizar el uso del espacio público (como la prohibición de los mesones o la limitación de racós por distrito), la fiesta tiene todavía asignaturas pendientes por resolver. Dejo para los más entendidos el cómo se deberían confeccionar los jurados y los presupuestos para las mascletaes, y me centro en el ocio nocturno —y a veces, diurno—, que es el que más debate genera, ha generado y, me temo, seguirá generando. Tampoco es que sea un asunto que haya irrumpido este año. Es más, se acrecentó el año pasado y, en realidad, siempre ha estado presente. Lo cierto es que no deja de ser un clásico en casi todas las celebraciones: el disfrute legítimo de la fiesta versus el derecho al descanso, no siempre comprendido ni respetado.
La exalcaldesa Sonia Castedo me dijo una vez que entendía que hubiera gente a la que no le gustaran las hogueras. Y eso antes se resolvía trasladándose a la segunda residencia o dejando la ciudad para pasar unos días de vacaciones. Pero no siempre fue (o es) posible. Hay gente que esos días trabaja. Así que, por un lado, tenemos a los que reclaman descanso y, por otra parte, a los que defienden que las fiestas solo duran una semana, aunque se trabaje durante todo el año para tener los mejores monumentos posibles. Ese debate siempre existirá.
Después está la cuestión de las molestias que generan los cortes de tráfico, la limpieza en la vía pública, los horarios... Ese debate también persistirá. Y si ya entramos más en la fiesta, tenemos la dicotomía de foguera rica y foguera pobre, que viene a ser la diferencia entre las hogueras del centro y los barrios. Las comisiones de los distritos más alejados hacen malabares para cumplir con un presupuesto, pagar lo mejor posible al artista elegido, y tener al menos una banda de música con la que hacer los desfiles. Me atrevo a decir que cumplen más con la tradición de la simbiosis entre barrio, arraigo, integración, convivencia intergeneracional y la propia fiesta de Fogueres.
Otra cosa son las hogueras del centro, que posiblemente también intenten cumplir con esa fórmula para combinar esos ingredientes de la fiesta, pero que, por las razones que sean —obtener más ingresos, incrementar su oferta de ocio...—, han convertido las calles del centro en una discoteca o un festival, con las molestias añadidas que ello conlleva. Insisto: no es un elemento que se haya producido este año, sino que viene de lejos, y ha acabado por finiquitar el modelo de ocio tradicional de las hogueras. De las orquestas se pasó al DJ y del DJ al racó-discoteca. El ejemplo más ilustrativo este año ha sido el del Paseo de la Explanada, donde las teselas han quedado sepultadas durante una semana. Algo que se ha repetido en condiciones similares en la calle Bailén y el entorno del Teatro. Lo cual ha avivado las quejas tradicionales, a las que se han sumado los sectores profesionales: hoteleros y hosteleros han levantado la voz de alarma ante un modelo de ocio nocturno en hogueras que les genera competencia desleal, horarios desiguales y problemas de logística, además de las tradicionales molestias.
Lo más fácil sería taparse los ojos y decir: "¡Aquí no pasa nada; Visquen les Fogueres!". Pero cuando una actividad genera molestias más allá de las previstas, suscita preocupaciones y deja afectados, el/la político/a de turno debe tomar nota y buscar soluciones. Sobre todo, cuando se está a las puertas de la celebración del centenario de las fiestas. No es fácil, porque al colectivo festero se le ha tratado como si constituyese un grupo de presión, ante el temor de que foguerers y barraquers puedan hacer bailar el número de concejales con la llegada de las elecciones. Pero, cuando menos, el debate está y debe abordarse. Quien se haya paseado estos días por Bailén, la Explanada o el Teatro lo ha comprobado, como sucedió el año pasado, donde, por ejemplo, a plena luz del día, el Paseo de Gadea y alrededores parecían más un festival que la celebración de les Fogueres.
Soluciones hay, pero hay que ser valiente para tomarlas. Y, viendo la proximidad de la cita electoral, es posible que no se tomen hasta que se desarrollen. Dejo por aquí algunas modestas propuestas, por si sirven. Una idea: recuperar la Barraca Popular y concitar al público más joven en un sitio donde se generen menos molestias. Con ello se acabaría con los racós-discoteca. En parte, es lo que se intentó inicialmente este año, con el concurso convocado para conceder la organización del espacio protocolario de uso hostelero del Paseo de Federico Soto: el conocido como Mercadito de Fogueres. Ese concurso incluía la cesión del solar del mercadillo de Teulada como zona reservada de forma específica al ocio. Sin embargo, ninguna empresa registró oferta en esa licitación y tuvo que declararse desierta, lo que derivó en el regreso al modelo que había imperado hace una década: la cesión de Soto a la Federació para que fuese quien organizase la gestión de su propio racó (cerrado durante los desfiles para no interferir en su desarrollo).
Otra propuesta vinculada a la anterior: si para el montaje de los racós de cada comisión hay que ceder un espacio público para la explotación de alguna actividad privada de un tercero, siempre será mejor convocar un concurso público para que haya igualdad de condiciones. De lo contrario, las tentaciones pueden imponerse.
Y la tercera, y creo que la más importante: debería haber un acuerdo de todos los sectores implicados: ayuntamiento, vecinos, foguerers, barraquers e iniciativa privada (hoteleros y hosteleros) para dejar claras las condiciones de ocupación de la vía pública y los horarios de actividad. Y, además, sentar las bases de la financiación de la fiesta. Qué puede y debe aportar y recibir cada uno para que todos estén cómodos y sepan cómo sufragar o contribuir a la celebración de la fiesta. En ese acuerdo podría reflexionarse incluso sobre la controvertida tasa turística para las fiestas. Desde luego, la situación de ahora, a tenor de las reacciones, no parece la idónea. Hay deberes pendientes.
Salvando las distancias, la fiesta, y no solo la de Alicante —en València, el debate también lo es porque las carpas toman las calles desde el 1 de marzo—, empieza a tener un diagnóstico parecido al del turismo urbano. Existe el riesgo de que la masificación del turismo genere muchas tensiones en la convivencia, si no lo ha hecho ya. Irrupción de fondos de inversión comprando pisos a tutiplén para convertirlos en apartamentos turísticos en el corazón de las ciudades y expulsando residentes; la llegada de cruceristas sin contraprestación directa (ni ambiental ni para el sufragio de servicios), aunque sí inducida en forma de consumos... Algunos políticos y empresarios ya le han visto las orejas al lobo a este panorama (no todo lo debido, claro está).
Por ejemplo, el PP de las Baleares ha mostrado su preocupación por la masificación de las islas, que está incomodando a los residentes. El mismo alcalde alicantino Luis Barcala ha tenido que aplicar una moratoria a todas las modalidades de alojamiento turístico para racionalizar su implantación a sabiendas de los efectos de su proliferación. La patronal turística Hosteltur no se cansa de instruir a sus asociados para no perder de vista ni al entorno ni a los residentes que lo habitan; si no que deben operar con complicidad. El otro día Vicente Boluda dijo en la jornada de Turismo de AVE que el mantenimiento del éxito de la actividad económica tiene que hacerse con los vecinos, no contra los vecinos. Ese es el modesto consejo para les Fogueres. Que la espectacularidad de sus monumentos no la empañe una convivencia muy mejorable (a la vista de los hechos).