Corría el año 2018 cuando escribía, en esta misma tribuna y con más escepticismo que esperanza, sobre el Puerto de Alicante, sobre relaciones vecindad locales, convivencia entre instituciones paredañas, sobre geopolítica doméstica y la "república independiente de aquí al lado". El puerto alicantino, considerado una pieza esencial del engranaje y el mapa de la ciudad, operaba, sin embargo, no pocas veces, con una lógica propia y reservada, ajena a los problemas y el pulso de una urbe viva y en transformación, como si el cantil portuario, hecho de piedras duras traídas de las canteras de Campello fuera algo más que un límite físico y actuara, también, como frontera institucional, confín económico y hasta como orilla cultural.
Aquella, claro, no era una anomalía estrictamente local ni una dolencia alicantina -muchos puertos españoles han vivido durante décadas en ese equilibrio inestable entre centralidad ejerciente, aséptica colindancia y desconexión-, pero adquiría aquí una intensidad particular, pues bastaba elevar la vista por encima de los discursos y los planes que se diseñaban teselas adentro de la Explanada para comprobar, mirando a las dársenas discontinuas, a la plaza del Mar y sus cachivaches o a las nubes de los graneles, que el puerto seguía ahí, como en el célebre cuento de Monterroso: visible, inmediato, ensimismado en sus procesos, estratégicamente distante e ininteligible para la ciudad a la que abrazaba, con esa mezcla de cortesía y distancia que se reserva -un martes por la noche- a las visitas incómodas o la que dispensan los niños en una comunión a una tía segunda por parte de padre.
Han pasado algunos años desde entonces y, sin caer en ese contagioso entusiasmo local que lo mismo nos lleva a citar, ante foráneos, el verso de la casa de la primavera de Wenceslao Fernández Flórez, atribuyéndoselo a Lassaletta o a Jorge Juan, que a prenderle fuego -porque sí- a unas hogueras en junio, empezamos a intuir que algo se ha movido en esa sede portuaria, en ese discreto ámbito del muelle de Poniente, obligándonos a investigar y a abandonar la cómoda ficción de que nada hubiera cambiado. Diríase, entonces, que la mudanza percibida en este tiempo no ha sacudido la arquitectura y los contrafuertes de la institución, -que siguen, hasta hoy, donde estaban- como lo ha hecho con la actitud de quienes la habitan y la van gobernando, y eso, en organizaciones eficientes, pero de cuerpo y alma casi ministerial, suele ser más determinante que lo que sus propios reglamentos y fueros están dispuestos a reconocer.
El puerto alicantino ha empezado, -aunque tal vez sea pronto para no confundir el movimiento con el rumbo- a hacer algo poco habitual en este tipo de magistraturas sectoriales, en las que la tentación por administrar lo heredado con una cierta pericia burocrática, y la de caer en inercias personalistas, tan resonantes y atronadoras como históricamente efímeras y gaseosas, han dejado paso a un tentarse la ropa, a un mirarse con detenimiento, a un esfuerzo por administrarse una cierta introspección casi ignaciana que va identificando debilidades y fortalezas, señalando retos y horizontes, a un conjugar los proyectos del ya y el mientras tanto con una cierta visión estratégica, con un ritmo de los tiempos en los que no se pierde compostura por exhibir flexibilidad, por reconocer la vocación por aprender, emular y adaptar a lo propio lo que ha funcionado en otros lugares.
Y ahora vemos que, desde el muelle de Poniente se va saliendo a buscar negocio, a mirar al Gran Sur, a mentar los algoritmos, a frecuentar a las empresas del territorio, a hablar con operadores, a mezclarse, enredarse y remangarse, tratando de escuchar y hacerse conocer y querer ante las cabezas, los brazos y las espaldas de esa economía provincial que cada vez se va pareciendo menos a la de los calzados, los turrones y los juguetes que aprendimos en el colegio y más a la de la especialización, la excelencia y los flujos globales mercantiles, y cuyo pulso, empuje y exigencias no han ligado históricamente bien con las respuestas de la institución portuaria, basadas en el Derecho Administrativo, los añosos prontuarios o esa dulce y confortable arquitectura del sistema concesional portuario español, que, en ocasiones funcionó como refugio de mareantes y lastre para la exploración de nuevos horizontes comerciales.

- Panorámica del Puerto de Alicante
Y en ese viaje, en esa experiencia estratégica y transformadora de la alteridad y la empatía, nuestros portuarios han ido descubriendo que para crecer hay que entenderse y convencer, que ya no basta con fungir de decorado agradable para pasear, aparcar o tomarse una porción de pizza con vistas mientras la parte menos fotogénica pero más rentable del potencial negocio de asomarse cada día al mar -los fletes, los tráficos y las cargas- siguen desviándose, con disciplinada discreción, hacia otras dársenas vecinas y otras economías -Cartagena, Valencia y su condición dopada de puertos regionales-, contraviniendo las reglas más elementales de la geografía, la logística y las de aquel axioma universal que, Euclides, de haber nacido y montado una empresa en Novelda, Elche o Ibi, habría tenido que reformular afirmando que, aquí, la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta que los une con el puerto alicantino.
A los ojos del urbanista y el planificador del territorio, - y hemos dedicado unas horas recientemente cordialmente invitados por el Colegio Territorial de Arquitectos de Alicante, a conversar sobre el tema en un Debate Puerto-Ciudad de altísimo nivel- y más allá de los desafueros que la prensa nos va descubriendo sobre el control de las concesiones, la orgánica institucional y el juego de sillones, y a pesar de esos problemas particularísimos que cada vez cuesta más explicar a un forastero, se va asumiendo que también desde esta perspectiva portuaria, lo que va a suceder en los próximos meses en el marco y contexto de la aprobación del Plan General Estructural de Alicante es crucial para la ciudad, si es que de verdad se quiere terminar de integrar con lealtad, altura de miras y sin dobleces esa estrecha franja de terreno soberano que, casi como si de un pequeño Chile se tratara, discurre a lo largo y ancho de nuestra fachada litoral.
Aunque no llene titulares, nos ha gustado escuchar a los actores locales de las dos orillas de esta película, -en ese ateneo valiente de los arquitectos alicantinos-, enunciar su compromiso con el diálogo y con el tajo, su propuesta para impulsar una lectura compartida de los retos de la ciudad, por afinar con el encaje de nuestro puerto en la trama, proyecto y dinámicas urbanas,; nos agradó verlos mirar a la Sangueta y más allá del Palacio de Congresos, asumiendo que el Puerto es Alicante, que es sistema general y dotación, infraestructura verde, pero también un actor económico local de primer orden, con unas reglas y procesos que no nos conviene lastrar, esperando que las instituciones, -la Oficina del Plan General y la Autoridad Portuaria- se muestren capaces de superar esta tradición tan vernácula de planificar en paralelo sin cruzar las ideas, los planos, las cartografías y hasta los teléfonos y los correos de los interpelados.
Y así, podemos contar que en la sede del Colegio de Arquitectos, antes que nada, hemos escuchado que no lo habían dicho pero que están trabajando juntos; que se llevan bien; o que en ese cruce de ententes administrativas empieza a tomar forma una idea que, hace no demasiado tiempo, hubiera parecido extraña y hasta pintoresca: la de prever, desde el planeamiento municipal, espacios para el crecimiento logístico y operativo del puerto fuera de su dominio público y cerca de los corredores de movilidad del término municipal, la de impulsar la permeabilidad viaria y peatonal entre ambos territorios, la de apuntalar desde Ayuntamiento y Puerto la apuesta por la nueva economía urbana y la innovación -en este tema hay aún más musas que teatro- o la voluntad institucional colegiada de seguir dando la batalla de desgaste (soterramientos, infraestructuras irrenunciables y llegada de inversiones) ante esa burocracia gubernamental sin alma y con muchas leyes de los ADIFS, los ministerios y las antenas locales de la Administración General del Estado (algún día tendremos que saber – ya que pensamos y hablamos de frente litoral- qué ideas propone la enigmática Dirección General de Costas para el futuro de la ciudad desde esa sede de la Montañeta, que a veces parece que sólo opere a golpe de requerimiento y censura).

- Vista de la explanada del muelle 9 del Puerto de Alicante
Si hoy nos gobernamos -cada vez peor- con una norma urbanística que nació cuando no existían los móviles, el arroz en vasitos o la República de Montenegro, los próximos 40 años de imperio del nuevo Plan General alicantino no pueden fundarse, para esa franja de terreno que es, además de escenario de intereses concurrentes, una parte esencial de la identidad compartida de los alicantinos, en dinámicas basadas en la competencia, la incompatibilidad y el conflicto, más allá de los inevitables roces de vecindad que todos vivimos a diario y que suelen saldarse con una reunión en el club social, un cartel en el ascensor o una derrama.
Aquel que tiene el techo de cristal no tira piedras al tejado del vecino, escribió un sabio del gremio asegurador. Y así, mejor que recurrir a los grandes gestos desdeñosos y a las trincheras, lo más inteligente y valioso entre servidores públicos municipales y portuarios parece que sea ahora escuchar, proponer y concertarse, sin renunciar tampoco, para ese espacio urbano en dominio público, tan dado a la provisionalidad y a los latigazos del mal gusto, la reivindicación de la belleza como política pública a la altura del lugar o la apuesta por lo auténtico frente a lo acríticamente importado, por encima de vallas provisionales, urbanismo temporal o el recurso amargo y extemporáneo a la policía portuaria y a la disciplina urbanística como herramientas diplomáticas entre iguales.
Españoles, a las cosas, dejó dicho Ortega. Qué ejemplos estratégicos y de visión nos han dado estos días, en este foro especializado de los arquitectos alicantinos, las capitales portuarias del norte de España -Bilbao (Ibón Areso) y su reconversión forzosa, también portuaria, allí donde reinaba el monocultivo económico, o ese proyecto luminoso de Coruña Marítima que ha defendido con brillantez y generosidad Martín Fernández Prado, el arquitecto-presidente de la Autoridad Portuaria de A Coruña, un ser humano distinto al que habrá que seguir de cerca; qué buenas lecciones de pragmatismo urbanístico y de fecundo diálogo puerto-ciudad el de Málaga, explicado con la autoridad y la independencia que sólo da la experiencia por Jerónimo y Ana Junquera; qué gran oportunidad para todos los asistentes a la sede de Gabriel Miró de aprender y escuchar, para terminar afirmando, como dejara escrito Galdós, que también en lo que atañe al puerto y a la ciudad, la ciencia de los libros no valdría nada si no se cursara el doctorado de la conversación con toda clase de personas.
Puerto-Ciudad/Ciudad-Puerto. Tenemos un buen plan: hablen entre ustedes, que eso, en esta ciudad, ya va siendo bastante.