Opinión

Opinión

TRIBUNA LIBRE

El primo de Zumosol presenta su dimisión

Publicado: 22/04/2026 · 06:00
Actualizado: 22/04/2026 · 06:00
  • Donald Trump.
Suscríbe al canal de whatsapp

Suscríbete al canal de Whatsapp

Siempre al día de las últimas noticias

Suscríbe nuestro newsletter

Suscríbete nuestro newsletter

Siempre al día de las últimas noticias

Durante décadas, Estados Unidos ejerció un papel que ningún manual de Relaciones Internacionales había previsto con tanta claridad: el del primo grande. El que aparecía cuando las cosas se ponían feas. El que pagaba la factura de la seguridad colectiva, desplegaba portaaviones en los momentos oportunos y avalaba un orden internacional que, con todas sus imperfecciones, tenía la virtud de ser predecible.

No era altruismo, desde luego. Ser el árbitro del sistema reportaba dividendos concretos: el dólar como moneda de reserva global, las rutas comerciales abiertas en términos favorables, las instituciones multilaterales —OTAN, OMC, FMI, Banco Mundial— diseñadas a voluntad. La Pax Americana era costosa, selectiva y con doble rasero según el caso. Pero funcionaba como infraestructura de poder.

Esta construcción lleva quince años agrietándose. No es obra de un solo hombre ni de un solo ciclo electoral. Es el resultado acumulado de clases medias estadounidenses que sintieron que la globalización les pasó por encima, de élites que predicaban el libre comercio desde universidades donde nadie compraba en Walmart, de guerras largas y costosas que terminaron de aquella manera. Donald Trump no es la causa del declive hegemónico estadounidense. Es su expresión más legible. El síntoma con perfil en redes sociales y política arancelaria.

Lo nuevo en este segundo mandato no es el tono. Es la ausencia de disimulo. La retirada como primo de Zumosol, ya no se envuelve en retórica multilateral ni se vende como liderazgo renovado. Se anuncia como doctrina. America First ha dejado de ser un eslogan de campaña para convertirse en una política exterior operativa: transaccional, bilateral, sin compromisos estructurales que obliguen más allá del ciclo presidencial.

El mundo responde, como siempre, llenando vacíos. China construye su esfera de influencia en África, Asia Central y el Indo-Pacífico con una paciencia estratégica que contrasta con la impaciencia electoral occidental. No compite en elecciones cada cuatro años. Construye puertos, financia infraestructuras y espera. Rusia, incapaz de competir económicamente, apuesta por el caos como palanca de influencia. Si no puedes construir orden, desestabiliza el ajeno. India, mientras tanto, juega simultáneamente en varias mesas sin sentarse definitivamente en ninguna, un no-alineamiento nuevo que le resulta extraordinariamente rentable. Los países del Sur Global han comprendido que la neutralidad tiene precio de mercado, y lo cobran.

¿Qué significa esto en términos prácticos? Significa que cuando Ucrania necesita munición, la respuesta depende de ciclos presupuestarios nacionales y mayorías parlamentarias cambiantes. Significa que los semiconductores que alimentan la economía digital europea se fabrican en geografías sobre las que Europa no tiene influencia estratégica. Significa que el gas que mantiene operativas las fábricas alemanas llega por tuberías o barcos cuyo control está fuera de Bruselas. La geopolítica abstracta tiene facturas concretas.

En este reajuste tectónico, Europa ocupa una posición complicada. Durante décadas subcontrató su seguridad al primo y dedicó el ahorro resultante —el llamado peace dividend— a construir Estados del bienestar generosos y políticas industriales de funcionamiento variable. El modelo era racionalmente conveniente mientras el primo siguiera disponible. El problema es que el primo ha cambiado de número de teléfono.

La Unión Europea tiene economía de primera potencia y política exterior de potencia media. Tiene moneda común y diecisiete políticas de defensa distintas. Tiene valores compartidos declarados y una dificultad estructural para traducirlos en acción colectiva cuando los intereses nacionales divergen. Esa brecha entre capacidad económica y proyección estratégica es la vulnerabilidad central del proyecto europeo en el nuevo orden que se está configurando.

Para España, la ecuación es particularmente delicada. Geográficamente atlántica y mediterránea a la vez, con intereses comerciales en América Latina y vínculos energéticos con el Magreb, no tiene el margen de maniobra de Alemania ni el arsenal nuclear de Francia. Lo que tiene es exposición a las rutas migratorias, a los vaivenes del norte de África, a decisiones que se toman en Washington, Pekín o Moscú, sin que Madrid esté presente, ni se le espere. Ser potencia media en un mundo de grandes bloques exige coaliciones. Y las coaliciones europeas requieren una voluntad política que hasta ahora ha brillado por su ausencia.

El vacío de poder no es una metáfora. Es una variable geopolítica con consecuencias medibles en la seguridad de las fronteras orientales, en el control de las rutas de suministro energético y en quién escribe los estándares tecnológicos de la próxima década. Los vacíos no permanecen vacíos. Tienen una tendencia natural, casi física, a llenarse. Y no siempre se llenan con lo que uno elegiría.

La pregunta relevante no es si Donald Trump tiene razón o no en su diagnóstico sobre los desequilibrios del orden liberal. Algunos de esos desequilibrios eran reales. La pregunta es qué viene después y quién participa en su diseño. Porque en geopolítica, como en derecho mercantil, no estar en la sala cuando se negocia el contrato tiene consecuencias. El que no está, no firma. Y el que no firma, acata.

Europa —y España dentro de ella— tiene que decidir si quiere ser actor o escenario en el orden que emerge. La distinción no es retórica. Ser escenario significa que otros combaten, negocian y deciden sobre tu territorio, tu economía y tu seguridad mientras tú observas. Es una forma de soberanía vaciada de contenido.

El primo de Zumosol ha presentado su dimisión. Podemos lamentarlo, criticarlo o simplemente constatarlo. Pero lo que no podemos permitirnos es seguir actuando como si siguiera disponible para aparecer cuando las cosas se pongan feas.

Nos toca aprender a resolver los problemas en casa.

Recibe toda la actualidad
Alicante Plaza

Recibe toda la actualidad de Alicante Plaza en tu correo

Mónica Oltra no es buena candidata
Hi ha partida