El domingo pasado, mientras España conquistaba un nuevo Mundial, hubo una imagen que me emocionó casi tanto como el propio triunfo.
Niños con la camiseta de Lamine Yamal.
Jóvenes.
Mayores.
Familias enteras.
Españoles de nacimiento y españoles de adopción.
Personas de todas las culturas, de todas las creencias y de todos los colores de piel celebrando exactamente lo mismo.
Durante unas horas no había apellidos, ni ideologías, ni etiquetas.
Solo había una palabra.
España.
Y pensé que, quizá, eso era exactamente lo que necesitábamos.
Mientras la política discute, la sociedad hace otra cosa muy distinta: busca referentes"
Vivimos en una sociedad extraordinariamente polarizada. Da la sensación de que casi cualquier símbolo compartido acaba convirtiéndose en un motivo de confrontación. Incluso el orgullo de sentirse español parece necesitar, en ocasiones, una explicación previa.
Sin embargo, mientras la política discute, la sociedad hace otra cosa muy distinta: busca referentes.
El politólogo Benedict Anderson (1983) definía las naciones como comunidades imaginadas: millones de personas que jamás llegarán a conocerse personalmente, pero que comparten una historia, unos símbolos y la convicción de formar parte de un mismo proyecto colectivo. Esa comunidad no se sostiene únicamente sobre instituciones; necesita emociones compartidas.
La psicología social explica muy bien por qué.
Henri Tajfel y John Turner (1979) demostraron que una parte importante de nuestra autoestima procede de los grupos a los que pertenecemos. Cuando alguien de nuestro grupo alcanza la excelencia, sentimos ese éxito como parcialmente propio. Por eso decimos “hemos ganado” cuando España conquista un Mundial o cuando Carlos Alcaraz levanta un Grand Slam.
No es una apropiación del éxito.
Es identidad compartida.
Michael Billig (1995) denominó a este fenómeno nacionalismo banal. El sentimiento de pertenencia no suele construirse mediante grandes discursos patrióticos, sino a través de pequeños símbolos cotidianos: un himno antes de un partido, una camiseta de la selección, una bandera en un balcón durante una celebración o la emoción colectiva que despierta una victoria.
Y ahí aparecen nuestros deportistas.
Carlos Alcaraz.
Lamine Yamal.
Aitana Bonmatí.
Tantos hombres y mujeres que representan una generación extraordinaria.
Ninguno necesita dar lecciones de patriotismo.
Ninguno pretende dividir.
Simplemente hacen bien su trabajo.
Compiten.
Se esfuerzan.
Respetan al rival.
Y representan a España con una naturalidad que consigue algo extraordinario: devolvernos el orgullo de pertenecer.
Quizá el futuro de España no dependa tanto de que aprendamos a querer más a nuestro país, sino de que seamos capaces de admirar más a quienes lo representan"
Lo mismo ocurre con Murcia.
Hace unos años nuestra tierra aparecía demasiadas veces asociada a tópicos o noticias poco amables. Hoy, cuando alguien afirma que “Murcia está de moda”, pensamos en innovación, en gastronomía, en empresas que compiten en todo el mundo, en universidades que investigan y, cómo no, en un joven de El Palmar que ha hecho que millones de personas pronuncien el nombre de Murcia con admiración.
Los referentes importan.
Mucho más de lo que imaginamos.
Porque una sociedad necesita personas que le recuerden quién puede llegar a ser cuando da lo mejor de sí misma.
Quizá el futuro de España no dependa tanto de que aprendamos a querer más a nuestro país, sino de que seamos capaces de admirar más a quienes lo representan.
El domingo volvimos a recordar que, por encima de todo aquello que nos separa, seguimos teniendo la capacidad de emocionarnos juntos"
Porque el orgullo auténtico nunca se impone.
No nace de un discurso.
No se decreta desde una institución.
No depende de una bandera.
Nace cuando contemplamos la excelencia, la honestidad, el esfuerzo y la humildad de quienes, sin pretenderlo, consiguen que millones de personas vuelvan a sentirse parte de un mismo proyecto.
El domingo pasado no ganó solo una selección.
Durante unas horas ganó algo mucho más importante.
Volvimos a recordar que, por encima de todo aquello que nos separa, seguimos teniendo la capacidad de emocionarnos juntos.
Y quizá ahí, precisamente ahí, empiece el futuro de un país.
Isabel Martínez Conesa
Catedrática, Universidad de Murcia y Directora de la cátedra de Mujer, empresaria y directiva
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Referencias:
Anderson, B. (1983). Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism. Verso.
Billig, M. (1995). Banal Nationalism. Sage Publications.
Tajfel, H., & Turner, J. C. (1979). An Integrative Theory of Intergroup Conflict. En W. G. Austin & S. Worchel (Eds.), The Social Psychology of Intergroup Relations. Brooks/Cole.