Toni Misó: “La poesía redime y la debilidad humaniza”

Teatro y danza

Este maestro de verso se ha marcado como reto conectar a las nuevas generaciones de actores con el Siglo de Oro con la mirada puesta en el público contemporáneo

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VALÈNCIA. Le llaman el Walter Matthau valenciano, pero su manera de enseñar verso no tiene nada de comedia. Los designios del oficio llevaron al actor de teatro, cine y televisión Toni Misó a encontrarse entre los poquísimos rapsodas de nuestra Comunidad. Generoso, entusiasta, imparte clases altruistas de verso a sus compañeros, porque es una forma de transmisión oral y una manera de ayudar al colectivo actoral, “y eso no se puede cobrar”. 

Tras inaugurar Sagunt a escena con la versión dirigida por Rebeca Valls y escrita por Chema Cardeña de El Narciso en su opinión de Guillem de Castro, el alicantino se halla sumergido entre romances, redondillas y silvas para incorporarse al reparto de El caballero de Olmedo en versión y direccion de Laila Ripoll que este 24 de septiembre, la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) estrenará en el Teatro de la Comedia de Madrid. 

- ¿Qué te motivó a aprender verso?

- Que me llamaron. A principios de los años noventa hubo un casting para Los mal casados de Valencia de Guillén de Castro, para la CNTC. Aquí en Valencia nadie enseñaba verso, así que no teníamos ni idea. La directora de escena y dramaturga María Ruiz me llamó un día para llevarme a Madrid, después de haber trabajado con ella en un Max Aub. Aprendí verso haciéndolo. 

- Vicente Fuentes, asesor de verso de la CNTC, solía decir: “El verso me resulta adverso”. ¿Alguna vez lo fue también para ti?

- No, para mí es un gusto. Requiere una técnica diferente, pero intento hacer natural lo que no es antinatural. A partir de la elocuencia, a veces incluso del absurdo, se encuentra una manera de decir, porque, evidentemente, en los corrales de comedias, tanto Lope como la gente de su escuela sabían cómo se decía. Con lo que yo intento disfrutar, que es lo más importante en esta vida, y trabajar sobre el actor con el objetivo de que el público lo entienda.

- La Royal Shakespeare Company se construye a partir del verso isabelino y del pentámetro yámbico. ¿Qué diferencia o equipara esa tradición con nuestro verso barroco del Siglo de Oro?

- Creo que no se parecen en nada, porque los ingleses también inventaron una forma de decir, pero aquí se hizo con la preceptiva de la lírica. El verso dramático está inspirado en la versificación lírica, así que dependiendo de qué tipo de ritmo interno hay, de si son quintillas, redondillas o si pasamos al romance o a la silva, se maraca la form de decir. 

- En la palabra rítmica, ¿cuánto pesa el cuerpo, cuánto la voz y cuánto la respiración?

- Eso ya son parámetros escénicos, más que de verso. Evidentemente, todo eso tiene que estar al servicio del actor, del texto y de lo que dice. Vicente Fuentes también decía: “En el verso, la palabra es la acción". Lo que pasa es el actor el que tiene que sacarla y traducirla.

- ¿Qué diferencia el manejo del aire cuando se habla en prosa de cuando se habla en verso?

- Yo es que soy un gran prosificador. Hay gente que difiere, pero yo siempre intento prosificar el verso. Hay veces que puedes más y veces que menos. Lo adecuas a una forma de hablar, a tu cadencia. El verso tiene que parecerse a la prosificación real de la vida. Hay elementos que tener en cuenta, como la duración de la pausa versal. Si empleas la misma cadencia o la misma pausa entre verso y verso, corres el peligro de renglonear, pero puedes hacerlo más corto, como una cesura, como una coma, ir cambiando, puesto que eso mismo es lo que hacemos en la vida. El actor se tiene que ir adecuando sin perder elocuencia ni expresividad.

- Uno de los errores más comunes es confundir intensidad con volumen. ¿Cómo se corrige ese vicio actoral?

- Si el personaje está nervioso, tiene que gritar o expresar ese nervio, e igual sucede en verso. Hay una manera más íntima y otra más expuesta. Es algo que puedes hacer en un teatro pequeño o en uno muy grande, como el Romano de Sagunto o el Hospital de San Juan en Almagro, donde primero has de estar arropado por micros, porque hay mucha distancia, y después, soltar la voz, ya que hay una energía que tiene que llegar al patio de butacas.

- ¿Cómo motivas a los jóvenes actores?

- La mejor manera es contratarlos y luego ayudarlos. En el proceso de El Narciso en su opinión he disfrutado mucho viendo cómo crecía gente como Sandra Cervera o Guille Zavala, que nunca habían dicho verso y lo han hecho estupendísimamente bien.

- ¿Eres de los profesores que, como en El club de los poetas muertos (Peter Weir, 1989), se suben a una mesa a gritar “¡Oh, capitán, mi capitán!” para despertar el interés?

- No suelo hacer cosas así, pero hay momentos épicos. Lo que odio es la palabra declamación. La odio absolutamente. Yo hago verso sin declamar.

- ¿Qué verbo prefieres entonces, recitar?

- Sí, aunque utilizo más la palabra rapsoda.

- ¿Ayuda el rap al recitado del teatro clásico?

- Claro que sí, es una manera de expresión más bella, una forma contemporánea de decir verso de adecuarse a un tipo de rima. Yo siempre digo que el actor, cuando sale a escena, ha de tener un rapsoda en la espalda y un idiota delante para vivir la escena en presente, con la ingenuidad de la primera vez, porque la poesía redime y la debilidad humaniza.

- ¿Qué ventaja tienen los actores que cuentan con formación o con buen oído musical?

- Hay gente que es bastante lerda y le cuesta mucho la musicalidad, pero al final te haces un oído. Yo estuve ocho años en la Compañía Nacional con Vicente Fuentes y otros asesores, oyendo verso, y me hice a una música. Es importante tener un sentido del ritmo, de la melodía.

- ¿Lees los versos entonces como quien lee una partitura?

- Sí, pero sería muy mecánico. Hace falta leer con la emoción y con todos los sentidos.

- ¿Qué es eso del temporitmo?

- Esto lo dice más el señor Garbisu (Gabriel Garbisu, asesor de verso en El Narciso en su opinión) que yo. Si yo estoy en un soneto, con los dos cuartetos se establece el tema y se remata en los dos tercetos. Si tengo la agilidad de la redondilla, con versos de ocho, todo eso te da el camino, y tienes que ajustarlo al ritmo, a la expresividad, a la elocuencia y al personaje. Con todas esas marcas que te deja el autor dentro del verso puedes ir descubriendo qué es lo que quería decir, que pretendía expresar. Es apasionante. Te pongo un ejemplo, cuando hago un un romance, donde el primer verso es libre y el segundo rima en sonante, tienes una cadencia, pero puedes jugar, depende de ti también. Si te marca un ritmo y lo quieres romper, puedes hacerlo para explicar la humanidad de tu personaje. porque si no estarías dos tiradas de páginas de verso haciendo el mismo ritmo y sería aburridísimo. 

- ¿Cómo fue saber que en El narciso no solamente ibas a interpretar sino que también ibas a ser el faro y guía de tus compañeros?

- A veces muy fácil y otras un poco más complicado, porque cuando no estoy de acuerdo con algo,  la dirección también ha de estar a favor. Si, por ejemplo, no quiero que la gente tropiece siempre en el mismo ritmo y la dirección también lo ve, lo cambia. Es difícil que el asesor de verso se haga cargo de ese cambio: lo que haces es avisar de que algo no suena bien. Lo primero es la dirección, yo estoy para ayudar.

- Además de los clásicos, ¿asistes también en verso contemporáneo o el trabajo se concentra de manera exclusiva en el Barroco?

- En El agua de Valencia hice de asesor de voz. Es algo más raro, más lecoquiano, consiste en buscar impulsos, voces, juegos.

- ¿Qué ayuda a conectar el Siglo de Oro con el público del siglo XXI?

- La inteligencia y el trabajo. El significado es fundamental. Las imágenes han de resultar lógicas en la cabeza, muy orgánicas para poder expresarlas. Si yo he de decir una enumeración de adjetivos, he de tenerlos muy claros. Por ejemplo, si digo: "Es refulgente, es atrevido, es dócil, es cruel”, cada adjetivo quiere decir algo y se corresponde con una emoción.

- ¿Cómo se logra crear un hablar que sea reconocible hoy utilizando palabras de ayer?

- Yo creo que hay una responsabilidad tanto con lo contemporáneo como con lo antiguo. Hay que explicar el personaje recuperando el material de entonces para decírselo al público de hoy. Y en el caso de El Narciso en su opinión, su directora, Rebeca Valls, que es una señora estupenda, maravillosa y muy inteligente, sabía que se dirigía a espectadores contemporáneos. 

- ¿Cómo ayuda el ejercicio técnico de memorizar y estructurar el verso a la salud mental?

- Yo tenía mucha memoria, pero ahora mismo estoy estudiándome el Tello de El caballero de Olmedo y estoy sufriendo un montón, porque es mucho verso y tienes que hincar codo. La memoria cada vez va fallando, y tengo que aprenderme 30 versos al día. Es difícil, pero es placentero porque hay una expresión que tienes que ir buscando. En fin, es el trabajo del actor, el día a día, que nunca está pagado. Mi madre, pobrecita, murió de Alzhéimer hace cinco años y todavía se acordaba de la música. No sé dónde residen la música y el verso. La parte poética se almacena en una parte extraña de la memoria, entroncada con la emoción, y cuesta más borrarse.

- Hay una frase bíblica que reza que el verbo se hizo carne, ¿pero en que se convierte el verso cuando es pronunciado por un actor?

- En emoción en el público, en expresión compartida. Yo quiero que la gente que venga al Teatro Principal este otoño a ver El Narciso en su opinión se lo pase bien, entienda la función, pille los chistes, extraiga cuál es la metáfora, pero sobre todo, quiero recuperar un público que se ha perdido en València. Porque en Madrid los teatros se petan, pero aquí vamos perdiendo teatros y público. Y eso no puede ser. A la audiencia no puedes darle cuatro días de función, por lo menos hay que dedicarle un mes para que le dé tiempo de acudir. 

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