ALICANTE. ¿Hasta qué punto los miedos aprendidos y los traumas de la infancia construyen a la persona que somos? La educación recibida en casa, las relaciones paternofiliales o las primeras experiencias sexuales moldean la personalidad de formas que casi no percibimos, especialmente cuando dejan en la psique un poso de temor que se atrinchera en ella silenciosamente durante años. No debe de extrañarnos, entonces, que, en una primera consulta, el psicólogo inicie su retahíla de preguntas interrogándonos por los primeros años de nuestra vida, puesto que en ellos se ocultan los cimientos, unas veces sólidos y otras endebles, que sostienen y configuran nuestra persona.
Acerca de estos procesos psicológicos indaga la obra Tres tristos traumes, que el pasado 8 de octubre la compañía Col·lectiu Intermitent representó en el Paraninfo de la Universidad de Alicante. Esta comedia valenciana hilarante de Pasqual Alapont, consagrado guionista, dramaturgo, actor y director de escena, ha sido adaptada en esta ocasión por Joan Nave y dirigida por Morgan Blasco.
La pieza teatral nos presenta a tres hombres de mediana edad —Víctor, Marçal y Félix— que acuden a la consulta de un psicólogo que no aparece en escena o cuyo papel puede asumir el público asistente, frente al cual se desnudan metafóricamente los protagonistas de la obra, revelando los traumas que ahora condicionan sus vidas. Con un exquisito humor, la trama entreteje las perturbadas personalidades de estos tres hombres unidos por el trabajo, los fantasmas de su infancia y una atractiva secretaria que parece haberlos reunido en esa consulta como si de un anfitrión de las novelas de Agatha Christie se tratase. Jugando con los estereotipos y prejuicios de las terapias psicológicas, el texto arranca risotadas entre un público que apunta y analiza, cual psiquiatra, las extrañas conductas de los individuos que pasean por el escenario.
En ese sentido, la dirección de Morgan Blasco se aprovecha del rol que asume inconscientemente el espectador, jugando así con los extremos cómicos que rozan los personajes y la seriedad de un tema tan universal, dando lugar a una pieza divertida y no carente de profundidad. El mismo director, junto con el anteriormente citado Joan Nave y Alberto Baño, sostienen el inmaculado trabajo interpretativo que requiere una comedia como esta. Cada uno de ellos extrae hasta la última gota de jugo de las diferentes personalidades de los personajes de Alapont y las endulza con inteligentes matices que nos advierten sobre la vulnerabilidad que los tres se esfuerzan por ocultar.
Por su parte, la escenografía, a cargo de Joan Sabas Pardo, nos sitúa en la consulta que todos tenemos en nuestro imaginario: una sala de colores neutros, un diván incómodo en el centro, un perchero donde dejar el abrigo al entrar y una mesa con agua para refrescarse. Detrás de la sala, un enorme fresco pictórico que funciona a modo de vidriera, a través de la cual se filtran los traumas de la infancia con la luz que arrojan los relatos de los protagonistas.
En esta línea onírica se encaminan también los trabajos de iluminación de Mingo Albir y el espacio sonoro de Etna Suárez, que nos transportan a un lugar donde la realidad, los sueños y los recuerdos tienen límites finísimos.
En esas fronteras de nuestro subconsciente dialogan los primeros miedos adquiridos, la violencia heredada, la culpabilidad aprendida y las inseguridades impuestas. Y si es la risa un camino saludable para llegar hasta ellas, abracemos entonces nuestros traumas y convirtámoslos en nuestros chistes.