Música y ópera

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Todos menos la chica: La historia de la mujer que fue más que la batería de Go-Betweens

  • Tracey Thorn
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VALÈNCIA. The Go-Betweens son lo que se suele llamar un grupo de culto. Existieron entre 1978 y 1988 e hicieron canciones fantásticas que, por desgracia, nunca tuvieron el éxito comercial merecido. Empezaron su andadura a finales de los setenta en Brisbane, en su Australia natal, pero su estilo forma parte del sonido que definía al indie en sus primeros años: amateur, despreocupado, vital. Cuarenta y cinco años después de la salida de su primer álbum siguen siendo una banda respetada y adorada, una admiración que suele recaer en sus dos principales compositores y vocalistas, Grant McLennan y Robert Forster. Como suele ocurrirles a muchos jóvenes, sabían más de la vida a través de los discos que escuchaban, los libros que leían y las películas que veían, que de la vida misma. Y como entre sus grupos favoritos estaba The Velvet Underground, una de las primeras formaciones de rock con una mujer sentada a la batería, les pareció una gran idea tener también una baterista. La instrumentista en cuestión, Lindy Morrison, es en la práctica el tercer miembro fundador de The Go-Betweens. Fue a partir de su llegada que las canciones cogieron forma y el grupo quedó consolidado. Sin embargo, cuando alguien escribe o habla de ellos, casi siempre se olvida de ella.

Tracey Thorn ya formaba parte de Everything But The Girl cuando conoció a Lindy. Fue en 1983. EBTG compartía cartel con los australianos y de repente se abrió la puerta del camerino y apareció aquella mujer alta, insolente preguntando si alguien podía prestarle un pintalabios. Tracey le tendió el suyo a la vez que se preguntaba: “¿Quién esta mujer?”. El episodio está descrito en la introducción de My Rock & Roll Friend (Liburuak), un libro en el que la Thorn explora su admiración por una mujer cuya importancia ha sido prácticamente borrada de la historia de la música pop. Conocer y entablar amistad con personas a las que admiras no siempre es fácil, pero aquí se trata de dos mujeres que se dedican a lo mismo en un entorno que no es tan favorable como pudiera parecer. Esa idea engañosa de que el rock, el pop y la música moderna son un terreno en el que las ideas progresistas que evocan las canciones y los artistas cuando los periodistas les entrevistan se corresponden con los hechos. En el indie hay tanto machismo como en cualquier otro campo, aunque estemos hablando de bandas sagradas como The Go-Betweens

Morrison eligió tocar la batería, que a principios de los ochenta seguía siendo un instrumento poco habitual para una mujer. “Eso sí es romper las reglas”, afirma Thorn en este libro que es la historia de una amistad, de una identificación y también la parte perdida del relato de un grupo al que siempre se recuerda a través de McLennan –que falleció de un ataque al corazón en 2006- y Forster. La autora nos lo recuerda cuando menciona que las memorias de este último llevan por título Grant & I: Inside and outside the Go-Betweens. Es decir, Grant y Robert, los chicos de la banda. Forster conoció a Lindy cuando los Go-Betweens aún estaban formándose. Ella tenía 28 años, él 21. Ella venía de un grupo punk y antes de eso, del activismo político -en aquellos tiempos, Australia era un país con tendencias muy conservadoras-, había trabajado por la integración de los aborígenes. Había ido a manifestaciones, había experimentado el sexo y pasado alguna noche en un calabozo. Era una mujer que abordaba cualquier reto con pasión. Forster, a su manera menos empírica y más intelectual, también. McLennan tuvo celos profesionales de ella desde el primer momento. Eso no pararía hasta la disolución del grupo original en 1988.

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“Dos flojos y una bruja”, rezaba el titular de una reseña que les hicieron al grupo en la prensa británica. Una descripción de lo más reveladora. Lindy intimidaba porque no era habitual ver a una mujer así y menos en un grupo como aquel. Como era alta y rubia, Thorn nos recuerda que cada vez que alguien escribía sobre la banda se dedicaba a destacar los grandes compositores que eran ellos y a hablar del aspecto físico o de los ademanes de ella. Pocas veces, recuerda Thorn, se habla de la importancia que tuvo su manera de tocar la batería para aquellas canciones que tanta entrega generan –con toda la razón- entre sus seguidores. Habrá que esperar a que pasan algunas décadas para que, en una caja donde se recogía la discografía de aquella formación, el periodista Peter Walsh escribiera sobre Lindy: “Ella hablaba, por no decir que vivía, exclusivamente ¡EN MAYÚSCULAS!” No contenta con ocupar un puesto que no le correspondía -Thorn la define como una intrusa-, no se inhibía lo más mínimo y se comportaba como le daba la gana. Era raro verla tocar su instrumento enfundada en unos pantalones. “Para mí y ara otras mujeres que la veíamos tocar -escribe-, la presencia de Lindy en el escenario era una revelación. Sabíamos lo que estábamos viendo. Sabíamos lo que significaba”.

En el libro, la autora mezcla datos biográficos con extractos de cartas que las mantuvieron unidas por encima de la distancia geográfica durante largas temporadas. En ocasiones, cuando Thorn habla sobre Lindy también está hablando sobre sí misma. En una carta le pide que le envié fotos de su bronceado y pullas a costa de Grant McLennan”. “Es que la crueldad -añade a continuación- a menudo puede ser un vínculo”. Las mujeres siempre necesitan y la hora de hacerlas, actúan como los hombres, no reparan en determinados inconvenientes que en nosotros se pasan por alto y a ellas las convierten en zorras. Y reivindica en todo momento a esa Lindy pionera que en uno de los primeros conciertos de su grupo ha de cambiarse y lavarse donde puede porque no tiene camerino propio. Con la perspectiva que proporciona el tiempo, resulta evidente la teoría que lanza Thorn, y es que su amiga “estableció una conexión con los grupos feministas británicos de los setenta como Au Pairs, Delta 5 o The Raincoats, con los grupos mixtos de principios de los ochenta y el movimiento Riot Grrrl de los noventa”.

El ritmo de My Rock & Roll Friend tiene altibajos, pero lo que cuenta supone un aprendizaje que va más allá de la historia del pop. Hay muchas conclusiones dolorosas y también momentos muy divertidos y hermosos. El final de Go-Betweens fue decidido por McLennan y Forster, que pactaron que cada uno de ellos le daría la noticia a su pareja (McLennan tenía una relación con la violinista Amanda Brown), una maniobra que Thorn describe como “la brutal exhibición de dónde reside el poder”. Nadie cuenta con ninguna de ellas cuando se anuncia la reunión del grupo en 2000. El escritor Jonathan Lethem, fan de la banda se revela contra ese hecho en un ensayo que firmó en 2001: “Hay algo que siempre me ha gustado sobre la negativa de Led Zeppelin a no existir ni un minuto después de la muerte de John Bonham. Y siempre he pensado lo contrario de The Who: que traicionaron a su público al continuar después de Keith Moon... Me refiero a que los compositores van y vienen, pero el batería es la banda”. Lindy Morrison fue el corazón que hacía que la sangre se distribuyera por ese cuerpo llamado Go-Betweens. Tras la separación en 1988, volvió a Australia. Ha tocado en diferentes bandas, una de ellas, Cleopatra Wong la fundó con Amanda Brown. Tiene 74 años y cuentas activas en IG, Facebook, X y Bluesky en las que informa puntualmente de sus proyectos y conciertos.

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